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Como este año nos hemos quedado sin vacaciones nuestro GPS ha decidido marcharse por su cuenta. Al parecer se ha juntado con un representante de cafeteras para bares, y se dedica a mandarnos fotos mientras el pobre tipo sufre glosando las maravillas de las cafeteras express y capuccino manuales de doble brazo con miles de bares (de presión, no de los otros).

Vacaciones Vacaciones

VacacionesVacaciones

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Vuelve pronto, anda, los niños preguntan mucho por tí.

grandes lecciones

Grandes lecciones de un padre alcohólico:

• Dicen que hay una urna llena de oro al final del arco iris, pero nadie te explica dónde cojones se encuentra el final, y donde el principio. Puedes estar toda tu puta vida andando en la dirección equivocada.

• No eres mejor que aquellos a quienes dices odiar.

• Odio todo lo que soy capaz de odiar.

Ya casi han cerrado el bar y sólo quedamos los de siempre, el camarero que termina de recoger las sillas con gesto aburrido, yo, haciendo una flota de barcos imposibles con palillos, y ellos dos. Mi padre y Marta, camarera y prostituta ocasional, bailando un ritmo propio en el centro de la sala. Mi padre se agarra a sus inmensas caderas y lucha por no perder los pasos con el mismo gesto ceñudo con el que intentaba ayudarme con las sumas y las restas en el colegio. Parece una pequeña chalupa que ha logrado arponear a la gran ballena blanca y esta, en medio de grandes estertores, huye y la arrastra en medio del océano provocando pequeños naufragios de sillas y mesas que encuentra a su paso.

Con cada copa que apura mi padre en el filo de la barra siempre me pregunto si será la última, y si debería hacer algo más que acercarme hasta aquí a recoger los restos del naufragio de las cinco de la mañana, cuando termina por derrumbarse y le arrastro hasta el colchón que hace años compartía con mi madre. Pero ahora, ahí en el centro de la sala, les veo tan felices que comprendo que ese es el único tributo que puedo hacerle como hijo.

O quizás sólo sea un cobarde. Como mi padre.

3-0

No se puede cambiar el resultado de un partido que terminó hace demasiado tiempo.

Esa frase fue la que me curó de una enfermedad a edad temprana. Eso y que mi familia cambiase de playa, porque yo me enamoré hasta las vísceras, como si esa persona siempre hubiese sido mía y llevase mil veces escrito su nombre en mis genes.

Se llamaba Paco y en sus ojos se contenía la inmensidad del mar.

Pero fue escuchar esa frase y remitieron las nauseas y los mareos… no se puede cambiar el resultado de un partido que tenía vencedor desde antes de comenzar… Y dejé de deambular por las calles con aspecto de tísica y unas ojeras que me hacían parecer el guerrero del antifaz en versión enclenque.

Me llevaron al médico, me analizó la sangre y me auscultó el corazón. Si aquel señor se hubiese llamado Rubén, quizás hubiese escrito en el informe “la princesa está triste, qué tendrá la princesa“; pero era médico, no más, y me diagnosticó “nervios en el estómago

Alguien se vengará en nuestro nombre

Hay una foto de tu madre tomada cinco meses antes de tu nacimiento. Sonríe alegre, casi despreocupada. Posando, quizás orgullosa, con una incipiente barriga. Los brazos abiertos, como un cristo crucificado clavado por un vaso de vodka, mano derecha, y un cigarrillo a medio consumir, mano izquierda. Hay momentos así, ya sabes, esa clase de momentos que definen una vida aún antes de su existencia.

Tu madre bailaba desnuda al ritmo de los billetes arrojados por tipos sudorosos al otro lado de la barra. Era nuestra fantasía más errática, la huida perfecta que nos dejaba siempre en el punto de partida. El secreto que puedes compartir con el resto de tipos agazapados en la oscuridad sin mirarse unos a otros, pero nunca con la almohada cuando regresas a la maldición del colchón compartido.

Tu madre era la lascivia entonando en nuestras respetables mentes una canción de huida de esas vidas ejemplares atrapadas en la rutina. Un himno a ese algo oscuro y primitivo que late en lo más profundo de nuestros corazones.

Y tú, amigo, tú llegaste tarde. La primera vez y ya llegaste tarde. Y después continuaste llegando tarde siempre. Como un sino. Como una maldición grabada en piedra de la que no puedes escapar. Siempre tarde. Llegaste tarde para ser el hijo normal con una vida normal en algún lugar normal. Llegaste tarde y ahora ya nada es normal. Y no te preocupa, y eso está bien. Vendrán tiempos mejores, dices. Y quizás tengas razón O quizás esta noche hayas apurado demasiado… a saber. Alguien se vengará en mi nombre, dices, y en el suyo, y en el nuestro, y en del tiempo y, además, nos escribirá un buen final sin esperar recompensa alguna.

Mercaderes

mercaderes

Yo los observaba colgada del brazo de mi abuelo. Eran gigantes de ojos cansados que mostraban orgullosos la captura del día para retirarse después a un rincón donde se frotaban nerviosos las manos. Esperaban el veredicto de su trabajo arrancando con esfuerzo y sudor de las mismas entrañas de la tierra.

Paseábamos entre las cajas apiladas y mi abuelo me susurraba los nombres de esas criaturas mitológicas. Ese no es fresco, ese de ahí no vale para nada… me susurraba con el guiño travieso en los ojos de quien lleva mucho tiempo en ese mundo y no ha logrado abandonarlo del todo.

Luego nos retirábamos nosotros a nuestro rincón, y dejábamos paso al extraño ritual de voces y gritos en un idioma incomprensible, gracias al cual las cajas con la captura cambiaban de manos convertidas en dinero. Gritaban y avanzaban ofendidos, siempre a punto para la pelea, heridos en su amor propio, desafiantes y sin miedo. Miedo a qué, parecían decir, ellos que se habían batido con la propia naturaleza y habían vuelto victoriosos. Pero siempre, justo en el último momento, descubrían la farsa, aflojaban los rostros y cerraban las manos aceptando la oferta.

Hoy he vuelto a la vieja lonja, y la he visto llena de de ordenadores con pantallas multicolores donde se mostraban los lotes a los que industriosos compradores iban poniendo precio en silencio con sus pulsadores. Ya no me han parecido sacerdotes de un ritual de siglos, sólo simples y sucios mercaderes poniendo precio al trabajo ajeno.

amaneceres

El loco carga su pistola con las primeras nubes del amanecer. Una bala de fogueo, una de verdad, una de verdad, otra de fogueo.

El chico de la mirada triste apunta con un ojo cerrado a las figuras recortadas por el sol sobre el horizonte, y sueña con herir de muerte a todos los soldados de plomo que nunca le regalaron siendo niño.

El era el que más rápido corría de toda la clase y tenía una chica preciosa que le esperaba a la salida. Los veíamos las tardes de los viernes subidos en la tapia del cementerio bebiendo cerveza, y pensábamos con envidia al verlos pasar que aquello duraría para siempre.

Demasiada suerte para una sonrisa tan triste.

Recuerdo que era martes porque volvíamos pedaleando de los campos de fútbol y vimos la ambulancia parada en la puerta de casa. Los engranajes de su cabeza habían hecho un último click clack antes de pararse definitivamente, y había intentando ahogarse en la taza del inodoro. Ahogarse no, al parecer, como supimos más tarde, sólo quería hablar con el espíritu que habita en todas y cada una de las cañerías. Si fuese un tipo de mundo diría que he oído cosas más raras en mi vida, pero mentiría, es la cosa más jodidamente extraña que he escuchado nunca.

No volvimos a jugar con él los martes ni supimos mucho de su vida desde entonces. Era sólo una sombra que veíamos pasar cumpliendo con la vida como un autómata, hasta que lograba llegar a casa para pasar las horas muertas subido en el tejado cargando su pistola con las primeras horas del amanecer. Una bala de fogueo, una de verdad, una de verdad, otra de fogueo.

Allá abajo le esperaba una vida. Unos padres angustiados y una chica preciosa vestida de luto. Pero el no encontraba un motivo para bajar de las alturas.

Nos mudaremos, dijo el padre, a una ciudad sin azoteas.

Era de los que pensaba puedes huir de ti mismo si corres lo suficiente.

D.A

La clase de derecho autonómico me pone triste. Entro, me siento en la mitad del aulario, y espero unos segundos. Sigilosamente va posándose en mis entrañas, en mis ojos, en las comisuras de mis labios, en los poros de mi piel. Lenta y segura se instala. La tristeza. Un chico me sonríe dos filas más allá. Principio de inclusión. Artículo 46 del Estatuto de autonomía. No es una tristeza traducida en llanto. Es algo más sereno y permanente. Régimen de incompatibilidades. Artículo 52. Tras hora y media, dejo el pupitre con sensación de resaca, de abandono, de desesperanza. Y no hay vacuna para la tristeza de las clases de derecho autonómico.

tocando fondo

habitacion

Estabas apoyado en el quicio de la puerta con el dedo posado sobre el timbre, quizás sin recordar que estaba apoyado ahí. Barba de semanas dibujada con desorden y un montón incomprensible de ropa sobre el cuerpo, pero aún así desnudo como un chiquillo recién nacido. En la otra mano, colgando inútil, una bolsa de un gran supermercado, dentro una cuchilla de afeitar y un paquete de tabaco.

Me aparto de la puerta y te dejo pasar. No hace falta que me digas que has vuelto a tropezar, perdido una vez más en los rincones torcidos que siembran el camino recto que era tu vida hasta no hace mucho. Has entregado tu existencia a la dura tarea de naufragar sin dignidad en el mar de una vida incomprensible, y no habrá, ya lo has comprendido, una orquesta tocando con orgullo hasta el final mientras las luces se funden contigo en el agua.

Yo sé volar, me confesaste avergonzado una vez, y desde entonces te veo mirando por la ventana el lento caminar de una ciudad sin corazón, moviéndose al ritmo de esas pequeñas luces que se apagan y se encienden en la distancia como las almas de sus dueños.

Me siento a tu lado y nos miramos sabiendo que algún día te saldrán las alas y podrás huir de todo esto.

Redentor

Un hombre durmiendo postrado a los pies de un cajero automático es el reflejo perfecto de esa ambigua modernidad en la que hemos elegido vivir.

Esa y no otra debería ser la imagen que sustituyese a la música clásica y los complejos problemas matemáticos en la próxima sonda espacial. Así, si una inteligencia extraterrestre tuviese la desgracia de chocar contra ella, sabría perfectamente hacia la mierda de mundo al que se encaminan sus pasos.

2 years ago

Lua

No recuerdo si alguna vez tuvimos un motivo claro para empezar a escribir… la fama, el dinero fácil, ser el blues que hiciese bailar a toda una generación perdida… A saber.

El caso es que ya va para dos años sin dejar de hacerlo, y hemos decidido empaquetarlos de alguna forma por aquello de ir cerrando puertas.

Ahí queda eso(↓) pero… antes de gastar un par de horas en leerlo, piensa que es más que probable que no sea cierta la posibilidad de una segunda vida.

Por motivos de presupuesto hemos tenido que reducir el gasto en los festejos y celebraciones, y sólo hemos dejado el pregón a cargo de Amaral, quien amablemente nos ha dedicado una canción en su último disco:

A la hora de cerrar los bares el artista del alambre habla de la gloria de su propia sombra.
Han pasado demasiados años desde los días dorados  cuando fue portada  de todos los diarios.

Capital del reino de mentiras llenas,
Todos eran buenos chicos ..Y ahora quien se acuerda…

Y ahora que todo ha acabado  Que tu vida cae en picado
¿Quién te va a querer ahora?  ¿Quién te va a querer ahora?

La ciudad debía ser Madrid, una de las pocas ciudades a donde todas las almas perdidas regresamos para sentirnos un poco como en casa. Yo estaba en el mismo bar de siempre y un poco más borracho que de costumbre, ella estaba casi al fondo, sentada sin esperar a nadie y con la mirada perdida en una incomoda cerveza, de esas que lucen una rodaja de limón en lo alto. Yo estaba con mi discurso de siempre, pero esta vez estaba más motivado que de costumbre y había adornado hasta lo inverosímil la misma historia que llevo siglos deshilachando, no se la voy a repetir porque ya la habrán leído ustedes en cualquier diario. Tenía a la escasa clientela en vilo de mis palabras, moviendo al unisono las cabezas en la dirección en que mis manos trazaban descripciones de mis hazañas y dibujaban lugares en los que, para que engañarnos, nunca he estado. Ellos viajaban conmigo, sufrían a mi lado y yo, por un pequeño instante, me sentía parte de algo mucho más grande.

Eva escuchaba al fondo con la sonrisa torcida, mucho más hermosa que cuando posa para las fotos y finge ser esa mujer fatal a la que el mundo no le viene grande, quizás por eso supo desde el primer momento que era un embustero, pero no dijo nada. Se limito a seguir sentada con la cerveza en la mano y a mirarme con esos ojos que lo decían todo.

Si todas esas palabras que me acompañan desde hace años fuesen ciertas. Si tan sólo pudiese por un instante ser el protagonista de mis mejores historias nunca te habría dejado marchar…

Ah, que esa canción no tiene nada que ver con nosotros..

Vaya, mira que me extrañaba…

Olviden pues la historia…

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