• historia, memoria,  leer,  mirar

    el champán de los viejos tiempos

    El país se enfrentaba a su mayor crisis del último siglo. Las empresas cerraban al ritmo marcado por inversores devenidos en adivinos, las deudas sólo valían el papel en el que se habían impreso y nadie se fiaba de los balances presentados en bonitas carpetas de alegres colores. Era el caos, la voladura sistemática de un sistema nacido para ser eterno. Así lo creían, eterno, de verdad lo hacían. Pobres necios. En la bolsa, cada mañana un puñado de ejecutivos trajeados rechinaban sus dientes. Miraban aterrorizados las gráficas en caída libre y no dejaban de discurrir estrategias y planes para reanimar aquel cachalote varado en la playa y herido de…

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    gatos para días de perros

    Cuando decides vivir con un gato (*) firmas un contrato por el cual te comprometes a alimentarlo, acariciarlo y a permitir que desordene tu vida, y ellos… bueno, ellos por su parte te esperan cuando vuelves a casa tras otro día sin sentido, y te miran y maúllan a la espera de que te sientes en su sofá favorito para subirse encima tuyo y recordarte que las cosas no son tan malas con un gato esperando en casa. Hablo de esos días desperdigados por el calendario que son como asomarse al pozo donde desaparecen los años en busca de una respuesta que nunca termina de llegar. Días que finalizan siempre…

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    territorio hostil

    Las ciudades, convertidas en territorios hostiles, no invitan al juego ni a ningún tipo de esparcimiento que no vaya asociado al gasto monetario. Las aceras, cada vez más estrechas, arrinconan a los peatones convertidos en simples espectadores de escaparates o futuros clientes de comercios que prometen satisfacer todo tipo de necesidades. No queda espacio para mucho más, se trata del territorio de los adultos y de su dinero. Sin embargo, cuando los niños entran en ese espacio logran llenarlo con sus juegos. Por un momento consiguen que los adultos cedan y abran la corriente de sus recorridos para dejarles un espacio libre en el que poder seguir siendo niños. Las…

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    cuando hayamos ganado la guerra

    Los kamikazes duermen arrullados por la suave estática que brota a trompicones de los altavoces mientras, acurrucados en sus crisálidas de tela no dejan de soñar con cielos infinitos sin una sola nube de tormenta a la vista. En algún momento la tenue música se detendrá y un locutor con voz cansada susurrará, “las amapolas ya no florecen en otoño”. Esa frase, grabada a fuego en sus subconscientes durante eternas sesiones de entrenamiento provocará espasmos en las articulaciones dormidas: se levantarán como autómatas asustados y romperán los sobres lacrados que han dejado a los pies de las camas, justo al lado de las botas negras y relucientes listas para la…

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    una línea de puntos

    En aquellos días todo estaba conectado, al menos así es como lo recuerdo. Cada acontecimiento que se cruzaba en mi camino, cada gesto recibido… todo formaba parte de algo mayor que el universo me permitía vislumbrar en breves fogonazos sin llegar a descubrir el plan completo. Quizás no era eso, quizás me creía más especial de lo que era y no era más que otro adulto asustado de no entender nada. Fue entonces cuando empecé a hacer fotografías. Eran una forma de ordenar todos los componentes de ese caos y trazar la cartografía de algo que aún no tenía nombre pero cuya existencia no me estaba permitido dudar. Acabábamos de…

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    aves que no saben volar

    Llevaba el traje de un hombre muerto para acudir a una ceremonia a la que no había sido invitado. No importa lo lejos que hayas llegado en la vida ni la velocidad a la que lo hayas hecho, cuando vuelves al lugar donde creciste vuelves a ser ese niño perdido en el mundo lleno de reglas de los adultos. Te dicen que debes arreglarte, que eres un desastre, que toda tu vida es el perfecto reflejo de ese desastre, que tus ropas no son las adecuadas… te dicen todo eso y ni tan siquiera rechistas: acabas vestido con el traje de un hombre muerto. Era de mi talla, pero no…

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    la caída de Roma

    Lo dijeron las vísceras abiertas de los corderos y lo confirmó la ruta trazada por las estrellas sobre la bóveda celeste: cuando los cuervos abandonen el Coliseo, caerá Roma y cuando caiga Roma, caerá el mundo. Qué hay que ser idiota, me dice, para no acertar a distinguir un cuervo de una gaviota. No parece ofendida, se atusa las plumas con indiferencia y continúa con su desahogo. Los cuervos son unos presumidos que no saben nada del trabajo duro. Somos nosotras, las gaviotas, las que vigilamos este puñetero montón de piedras y hacemos que todo funcione. Pero, oye, si tu dices que son cuervos, ¿qué sabré yo de cómo hacer…

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    la chica del pelo lila

    Hace meses que no escribo. Quiero, pero no puedo. O quizá es que no quiero, yo qué sé. Pero, hilvano todo el tiempo historias en mi cabeza. Ayer, por ejemplo, estuve diez minutos en la cocina, contemplando el bodegón que formaban sobre la mesa la taza del café, el paquete de tabaco y el teléfono móvil. Disparo un flash mental y busco, sin querer,  un pie de foto. Esta mañana ha venido al despacho donde trabajo una chica con el pelo lila, ligeramente desteñido ya. Se ha sentado en la mesa que ocupa mi compañero y han estado un rato gestionando asuntos, supongo. No le he prestado más atención que…