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    nunca llueve así en Madrid

    Nunca llueve así en Madrid. Era una lluvia de tiempos mucho más antiguos. Un vendaval extraviado que había cubierto Madrid de unas nubes insondables que atronaban y descargaban con furia puñados de agua contra los cristales de los coches y amenazaba con arrancar del suelo a los peatones parapetados tras paraguas vencidos. Nunca llueve así en Madrid. Tu conducías y fingías sentirte seguro pero notaba tu nerviosismo como un pequeño arco eléctrico establecido entre los dos. Movías la cabeza a un lado y al contrario buscando resquicios entre los limpiaparabrisas que no daban a basto y manoteabas entre los mandos del salpicadero intentando encontrar las luces antinieblas. Sólo las luces…

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    cazadores de tormentas (imaginarias)

    Es fácil reconocerlos, aparecen los fines de semana en las zonas de montaña vestidos con ropas de camuflaje y toneladas de equipos electrónicos a sus espaldas. Aunque la verdadera diferencia con el resto de excursionistas ocasionales es la forma en la que se apean de sus vehículos y olfatean el aire, entre nerviosos y confundidos, al tiempo que orientan las fosas nasales en todas las direcciones víctimas de un tropismo que no pueden evitar. Buscan averiguar la dirección del viento que perciben en constante movimiento. Analizan las nubes en formación sobre sus cabezas, los colores, las formas… todos esos pequeños detalles que pasan desapercibidos para los padres con niños que…

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    inevitabilidades

    Eligieron un candado como símbolo de su amor. Un cierre, un territorio, un lugar privado, definido y seguro. Algo férreo y eterno como el amor que sentían. Eso os dirán. Al final de mes, la mujer encargada del mantenimiento recorre el puente desde un extremo hasta el contrario. Su capa es un chaleco fosforito con el nombre del municipio y en vez de guadaña porta unas tenazas gigantescas con las que va arrancando los candados que llenan la verja del puente. Si nos fijamos en ella podemos ver aparecer una ligera sonrisa de satisfacción ante la tarea que tiene encomendada. Click, clank, los va mutilando y caen al fondo de…

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    la abeja más triste del mundo

    La abeja más triste del mundo lleva media hora revoloteando entre las flores de plástico del hotel y comienza a ponerse nerviosa. Lo noto en sus zumbidos enfadados y en las trayectorias erráticas que dibuja sobre nuestras cabezas. Su pequeño cerebro sospecha que algo no funciona bien con aquellas flores, pero el instinto, ese algo pequeño e inasible, empuja incansable para seguir intentando sacar algo de polen de unas flores yermas. Nadie hace caso al cerebro cuando el corazón se sitúa tras el volante. Golpeamos una y otra vez las mismas puertas que siempre permanecen cerradas esperando ese instante de magia que nunca acaba de llegar. Nunca dejamos de llamar,…

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    la vida de un insecto

    Todas las tardes, con la puesta del sol, el pequeño insecto de la foto sube a lo alto de esa espiga para pasarse las horas que restan hasta el anochecer cobijado en ese frágil caparazón. Allí, acunado por el viento, sueña que salta los muros inmensos de su miedos y trepa muslo arriba por las piernas de sus actrices de cine favoritas. Sus diminutas antenas tiemblan de puro gusto con sólo pensarlo. Cuerpos perfectos, trampolines erectos lubricados con el sudor que impregna las largas noches de Verano. Mi amigo es un insecto pequeño pero tiene grandes sueños. Sé que no me creeréis, que ese insecto que yo vi no sería…