• leer,  mirar,  otra vida

    nunca os vi sonreír

    Estabais muertos. Lo sé porque os vi sonreír. En mis sueños siempre os veo sonreír. Sonrisas perfectas, congeladas en ámbar. En la vida real no era así. Nunca hubo espacio para las risas en nuestros días. Tuvisteis que morir para verlas aparecer en vuestros rostros de piedra. Así de cabrona es la memoria, siempre dispuesta a poner un velo, a cubrirnos con bellas mentiras los recuerdos para hacerlos más llevaderos. Cómo fiarse de algo tan frágil, tan dispuesto a engañarnos para evitar hacernos daño. A poner una sonrisa donde nunca hubo otra cosa que mentiras y reproches. Recuerdo la última noche que te vi. Abrí la puerta y ahí estabas,…

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    lugares en los que he muerto

    He cambiado a la gitana que leía mi futuro en las bolsitas del te por un nigromante de algún país africano perdido en los mapas. No puedo evitarlo, siempre me han fascinado las personas que sostienen un mapa en lo alto y afirman saber el lugar exacto donde se encuentran. A veces veo a mi nuevo taumaturgo en la frutería vistiendo sobrios trajes oscuros combinados con unos estupendos calcetines blancos, todo conjuntado a la perfección con unas elegantes sandalias de cuero falso. Ese es su atuendo de persona corriente, un anodino disfraz de Clark Kent en nada parecido a su adlátere de la consulta que me recibe envuelto en túnicas…

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    hoy he pensado en ti

    Hoy he pensado en ti. No me mires así, para mi también ha sido toda una sorpresa. Ha ocurrido de noche, a traición como siempre ocurre. Te tumbas boca arriba, en la cama con la guardia baja y acaban entrando todas esas cosas que no debían entrar y que has logrado mantener en sus jaulas durante la vigilia. Los animales lo tienen claro, por eso nunca enseñan la tripa a desconocidos. Es lo malo del olvido, ¿verdad? Necesitas recordar de forma constante aquello que querías olvidar. Ha sido algo fugaz, apenas un destello aleteando sobre la cama. Nos hemos mirado con curiosidad, sin rencor alguno y he logrado atraparlo por…

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    81

    Había nacido en el año ochenta y uno. Para mi un año como otro cualquiera, para él algo especial. Se sentía orgulloso de ese algo tan aleatorio que es nacer en un dígito concreto. Le parecía el mejor año posible para venir al mundo y magnificaba cualquier acontecimiento ocurrido durante su adolescencia como si fuesen hitos marcados en rojo en los libros de historia. La mejor música, equipos míticos de fútbol… Muchas de esas cosas de las que hablaba pasaron antes incluso de que pudiese tener consciencia o recuerdos de ellas, pero eso no parecía importarle, se había apropiado de toda su mística. Le gustaba la montaña y los días…

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    cincuenta y siete vacas

      En el pueblo quedan cincuenta y siete vacas, ocho perros y quince vecinos. En cuanto a bondad e higiene corporal las vacas van ganando por goleada. Lo afirma con una sonrisa que no logra ocultar toda la amargura de quien creyó nacer en el lugar equivocado y ha pasado toda una vida intentando demostrar que tenía razón. Consiguió escapar de aquel lugar siendo muy joven, apenas era una niña cuando empezó a trabajar en casa de unos de los propietarios de las fábricas que empezaban a florecer a las afueras de la ciudad. Fabricas enormes de ladrillo que lanzaban penachos de humo negro al aire y engullían campesinos de…

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    cuando todo se derrumbe

    Casas llenas de fantasmas, de pasillos vacíos donde a veces resuenan pasos de gente que ya no existe. Escucha, presta atención y enciende una vela, ¿ves como se mueve? Parece que alguien respira junto a ti, ¿verdad? Cuando la luz del sol es apenas una línea agonizante al fondo del horizonte puedes escuchar los pasos de aquellos que se fueron para siempre. Casas llenas de tristeza y soledad. Lugares donde un día, quizás, se oyeron risas y huellas diminutas acompañadas de gorgojeos pero que poco a poco se apagaron en un susurro hasta dejar un vacío inmenso alrededor. Todas las casas antes de venirse abajo adquieren ese aspecto pesado e…

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    un tiempo detenido

    De niño los relojes me daban un miedo terrible. Supongo que me parecía absurdo que alguien hubiese inventando algo capaz de medir el tiempo. Creía, en mi infinita inocencia, que sin relojes el tiempo no existiría. Que seríamos libres, eternos. Trace un ambicioso plan, consistía en sobrevivir. (Nacho Vegas)

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    el libro negro

    Por aquel entonces había llegado a mis manos un libro llamado Rayuela y lo había convertido en compañero solidario de todos mis pasos. Me encontraba en uno de esos momentos en que asumes que has perdido el control sobre casi todo lo que rodea tu vida y decides entonces buscar cobijo en otros sitios: libros, canciones, instantes fugaces que te niegas a dejar en el olvido.. casi cualquier cosa puede ser un refugio cuando las cosas dejan de tener sentido. Yo decidí vivir en Rayuela, me movía al ritmo de sus personajes y entablaba densos circunloquios con los protagonistas en los que, sobra decirlo, siempre salía perdedor. Recuerdo que compré…

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    los hombres vencidos

    – Ahí, justo ahí Acerco el coche al arcén y mi padre se escapa por la puerta del copiloto antes de que haya logrado pararlo del todo. Me enseña exultante un pequeño hito de piedra donde en un rojo descolorido se nos informa que nos encontramos en el kilómetro veintinueve de una carretera comarcal desconocida. Hemos estado horas dando vueltas hasta dar con el lugar donde mi padre asegura, aunque nadie en el coche recuerde ese episodio, que pasó una buena parte de su infancia. Una época idílica de la que mi padre ha estado hablando desde el inicio del viaje con tanto misticismo que ha logrado que olvidase nuestro…