sombras en los trenes

_11 de marzo de 2004

No recuerdo gran cosa de aquellos días. Vienen de vuelta a mi memoria un puñado de jirones atrapados a manotazos entre la niebla pegajosa del tiempo: caminar por las calles sin un rumbo en la brújula, las manifestaciones silenciosas con los puños apretados, el zumbido metálico y constante de las noticias… una rabia calmada y triste que amenazaba con convertirse en compañera inseparable de nuestras vidas.

Creo que muchos perdimos la inocencia en aquellos días. Descubrimos de golpe lo grande que era el mundo, lo poco que importábamos ante las ruedas implacables de la historia. Entendimos sin entender como la política haría cualquier cosa con tal de asegurar su propia supervivencia.

Hice muchas fotos aquellos días, también escribía, lo hacía todo el rato, era mi forma de unir todas las piezas de un mundo desconocido. Había mucha gente a mi alrededor, rostros grises y confundidos como el mio. Nos apiñábamos entre los altares de flores que brotaban de forma espontanea y a veces alguien contaba una historia, su historia, la historia de aquel día. La mayoría no hablaba, la mayoría guardábamos silencio incapaces de unir todas las piezas que alguien había desordenado de un golpe.

Algo se había roto en nuestro interior. Un frasco con veneno corrosivo que hasta entonces había viajado seguro envuelto entre las entrañas, y que ahora se había liberado exponiéndonos sin antídoto posible ante el sufrimiento y la barbarie.

Borré todo el rastro de aquellos días. Todos los escritos, todas las fotografías. Pensaba que no hacía falta añadir nada más a aquel horror, que no era necesario documentarlo porque nunca lo olvidaríamos.

Han pasado veinte años de aquellos días y veo lo equivocado que estaba. El animal del olvido ha salido de su madriguera tras un largo invierno y busca cobijarse en nuestros corazones. Oigo los tambores de guerra, los rostros encendidos y un extraño agitar de banderas sobre nuestras cabezas.

Son bustos parlantes los que nos hablan. Son los mismos que lo hacían aquellos días, he aprendido a reconocerlos porque son siempre los mismos. Hay que escuchar en sus silencios para entender sus verdaderas intenciones. Hay que mirar sus bocas crispadas para entender que no hay un corazón latiendo bajo esos trajes caros, que no hay verdad escondida tras el maquillaje.

Como en aquellos días, nadie se acordará de los que sufrimos las consecuencias de sus actos. Somos los nadie, los que pagan las decisiones, los que ponen los muertos. Los que sólo somos noticia cuando saltamos por los aires por centenares, o por miles, si has tenido la mala suerte de nacer en la otra esquina del mundo.

No lo olvidemos. Por favor, no olvidemos nunca lo que aprendimos en aquellos días.

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