los cementerios en Irlanda

Existe una hora del atardecer en que cada cementerio de Irlanda parece una postal sublimada de la efervescente materia gris de Edgar Allan Poe.

Cuervos que vuelven del exilio y picotean en morse los nombres de las lápidas, una niebla densa y húmeda que ulula entre las estatuas penitentes… la habitual parafernalia de terror Victoriano que Poe convirtió en inevitable.

Pero esas estampas no son fruto de la casualidad. Tras ellas existe un pequeño ejército de funcionarios que, cuando el sol comienza a decaer, se distribuyen por los cementerios asignados siguiendo una férrea planificación semanal. Un grupo será el encargado del encendido de las máquinas de niebla, el otro colocará con mimo una imagen de la virgen que parece flotar evanescente sobre el resto de lápidas.

Siempre parece una variación de la misma figura emergida de un cuadro del Greco. Alargada, pálida, con las manos extendidas sorprendida a medio camino de un rezo que sus labios se niegan a conjurar y mirando con tristeza toda la muerte que se extiende como una alfombra a sus pies.

Si tienes suerte también puedes ver aparecer un cuervo que se posa indiferente sobre la lapida; pero eso será puro azar. Los cuervos son criaturas de inquebrantables principios y no forman parte de la plantilla municipal.

Me encontré a la pálida figura de la virgen en muchos de aquellos camposantos. Guardo en mi libreta la primera impresión que tuve al verla:

He visto algo extraño en su mirada. Pareciera que busca entre los restos de piedra el nombre de su hijo grabado en alguno de aquellos epitafios.

Hay algo en esos ojos que me dice que aún no nos ha perdonado lo que hicimos. Son los ojos de una madre que busca a los asesinos de su hijo.

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