Nadie contará nuestra historia

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Casi todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas, hemos marcado en un mapa del mundo los lugares ya visitados. No es algo que nos dure mucho tiempo, es algo que hacemos hasta que nos comprendemos demasiado pequeños y dejamos de intentar abarcar un mundo inabordable. Luego, pasados un puñado de años, nos avergonzamos al encontrar esos viejos mapas olvidados como una promesa rota en los lugares más insospechados, al acecho, esperando encontrarnos con la guardia baja para recordarnos todas aquellas cosas en las que juramos no convertirnos.También podemos hacer justo lo contrario: conocí a un persona que llenaba el globo con todos los lugares que quería conocer e iba desmarcando los ya vistos. Era una batalla desigual porque el número de chinchetas no dejaba de crecer año tras año al ritmo en que leía revistas de viajes o los protagonistas de los libros que leía incansable se dispersaban por el globo.En muchos de aquellos viajes estuve yo con mi cámara siempre colgada al hombro, la necesitaba para hacer todo aquello real; era el contable práctico y sin imaginación que coleccionaba lugares para poder poner otra chincheta en un mapa.

Cada vez que nos plantábamos delante de algún monumento sacaba la cámara e intentaba abarcar toda la superficie posible. Él me esperaba fuera de la toma mientras yo encuadraba la torre Eiffel, la puerta de Brandenburgo o ese niño tan feo que orina ante los turistas. Nunca decía nada, sólo sonreía con esa sonrisa que era tan suya que no he vuelto a encontrarla en ningún otro lugar.

Una vez le pregunté el porqué de aquella sonrisa cada vez que hacía una foto. Él se sacó de la mochila un puñado de postales que había estado escribiendo, las coloco sobre la mesa y me dijo: porque para hacer esas fotos es mejor comprar una postal. Ves esto, me enseña una foto de la torre Eiffel, ¿de verdad crees que podrás hacer una foto distinta, no mejor ni peor, a las miles de fotos que ya han sido hechas de ese enorme pararrayos? pero, ¿ves esto?, posaba su dedo sobre una pequeña mancha totalmente fuera de foco en una esquina, quizás sea una bolsa de plástico o un periódico abandonado. Eso sí es algo único, nadie lo ha fotografiado nunca.

A partir de ese día un adoquín roto a la entrada de un puente sobre el rio Moldava o un puñado de flores abandonadas en una catedral de Palermo se convertían en algo más que una foto, formaban parte de nuestra historia. Tan única y especial que nunca nadie la había fotografiado.

Tengo cajas llenas de pequeños retazos imposibles de cartografíar en ningún sitio concreto que duelen con su sola presencia en lo alto del armario. Esa era nuestra historia, tan única y especial que ya no queda nadie que la cuente.

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