una canción para Carla

La última noche de mi niñez fue la noche en que descubrí que algún día moriría. Esa noche en que mi propia mortalidad se abrió paso ante mis pies la pase llorando aterrado en brazos de mi madre que me abrazaba y susurraba palabras llenas de amor aunque ella apenas entendiese nada.

Desde aquel día ya no hubo lugar para el consuelo en mi vida.

Las primeras fiestas, los estudios que no has elegido, las chicas que iban y venían sin darse cuenta de mi existencia. Ya no había consuelo en nada, era como vivir en un agujero negro que se llevaba consigo cualquier sensación de satisfacción o felicidad.

La primera vez que me pusieron un vodka mezclado con algo entre las manos, mi mundo se eclipso y las cosas empezaron a ir demasiado deprisa, sin apenas control sobre ellas. Sólo eran un puñado de momentos y situaciones que siempre ocurrían de la peor manera posible.

Todas las mentiras, las armas cargadas, tanto caer y levantarse, esa rabia siempre a flor de piel zumbando en la punta de los dedos rogándote, obligándote a que hagas algo, lo que sea lejos de esta absurda inmovilidad de calendario.

Si la muerte era el final inevitable, bramaba cada fibra de mi cuerpo, entonces quizás sería mejor adentrarse de manera definitiva en ella.

Me he despertado en la parte de atrás de un coche rodeado por una tapicería blanca muy bonita, imitando a cuero. Conduce un tipo con bigote al que no recuerdo haber visto en mi vida. Le miro un rato y una galaxia de puntos brillantes se desplaza a través de mis ojos en una cenestesia de dolor. Los cierro de nuevo y en la oscuridad me envuelvo entre una canción triste que sale de la radio y el traqueteo de las ruedas traseras sobre el asfalto.

Todo es confuso y extraño, la vida de otro.

El tipo me mira por el retrovisor y me dice que no me preocupe por manchar la tapicería, no es su coche. Se ríe ante mi cara de sorpresa y me dice que estuvo muy bien, que nunca había visto a alguien tan pequeño con tan poco respeto por su integridad física. Noto la sangre reseca en la labios y palpo un vacío de dolor en donde debería tener un diente.

No me molesto en responder, la vida nos acaba llevando por caminos extraños y todo me acaba pareciendo increíblemente gracioso, como una película llena de chistes gastados y fáciles. Al final no queda otra que lidiar con una vida que no hemos elegido, y lo hacemos con la torpeza de los actores que dejaron de creer en el guión al pasar la segunda página.

Como siempre que siento mi ánimo flaquear busco la cartera en el bolsillo trasero donde imperecederamente, entre billetes y papeles arrugados, aparece tu foto. Una polaroid casi sin color convertida en un pequeño borrón de otros tiempos. Apenas es un boceto de un recuerdo borroso, algo que ya no debería estar ahí, pero al mirarte no dejo de pensar si todas esas cosas estúpidas con las que he llenado mi vida las he hecho sólo para impresionarte. Una forma absurda de gritarte que era especial, alguien digno de ocupar el resto de tu vida, pero tú buscabas domingos comprando en el supermercado, absurdos trabajos de supervivencia y sexo a escondidas para que no nos oyesen los niños y yo sólo esperaba ver un gran incendio por el retrovisor.

No dejo de soñar con la idea de una segunda oportunidad. Ahora, que ya sabemos que no tendremos nuestra Sierra Maestra, que no habrá desembarco alguno en Normandía o nuestro palacio de la moneda en llamas. Ahora, cuando hemos comprendido que no moriremos jóvenes y trágicos en la sierra de Guatemala ni tendremos nuestra historia de amor escrita por Ken Loach, ya nada de todo esto tiene sentido. Es la muerte inevitable quien escribe el guión sin preguntarnos, y quizás ahora mismo, en la siguiente curva, salga a nuestro encuentro.

Y tras nosotros no quedará nada: un gran vacío existencial que intentaremos llenar con un puñado de ideas e ideales que nos prestaron nuestros padres y en los que no podemos, ya no, creer. Es imposible crecer sin matar a nuestros padres, cada generación necesita la ruina y la destrucción de la anterior para poder crecer creyéndose libre.

Mi madre murió aquella noche que pase llorando en su regazo; ya no pudimos volver a mirarnos a los ojos sin ser unos extraños. ¿El resto?, el resto ya no tiene importancia.

Es la vida de otro.

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