mi padre fabricaba fantasmas

Cuando todo se derrumbe yo estaré allí.

Esa fue la última promesa que no pudiste cumplir.

Mi padre fabricaba fantasmas, pálidos eidolones holográficos que nos llevaban de vuelta a un pasado mejor gracias a una tecnología que llevaba sin cambios más de diez años y que mi padre revolucionaría de manera definitiva.

Mi madre sería su primera y más perfecta creación, aunque mucho antes de todo aquello, de su marcha definitiva, mi madre ya era un fantasma. Una figura hermosa que me llevaba al parque construido sobre ruinas en cuyo centro se alzaba el monumento a los caídos.

Mira hija, me decía, ¿los ves? Señalaba a su padre y mi hermano, dos aparecidos entre la interminable estantigua que narraba la estupidez humana. Al seguir la dirección marcada por su dedo yo sólo veía las garzas volando indiferentes entre los sauces. El terreno de los muertos aún me estaba vedado, pero mi madre se había situado en ese punto en que vives con un pie y una maleta en cada lado de la puerta.

Nuestro mundo, poco a poco, iba dejando de ser el suyo, y no había nada que pudiésemos hacer para retenerla.

Cuando ella desapareció mi padre se derrumbó en una locura serena, apenas perceptible encerrado como estaba en su propia cúpula de irrealidad. Me mandaba al centro de la ciudad, a recorrer las tiendas de moda en busca de aquellos juguetes que acababan de salir: sistemas holográficos que capturaban pequeños trozos de vídeo de los seres queridos; los reproducían de manera aleatoria e incluso, los modelos más avanzados, portaban módulos básicos de iteración capaces de cambiar los fondos y las situaciones además de mantener toscas conversaciones prefabricadas llenas de bucles sin salida.

No me importaba hacer de recadera, allí, deambulando por los bulevares de la zona de negocios, conseguía sentirme un poco más libre, lejos del extraño con el que vivía. Paseaba con cientos de catálogos y direcciones febrilmente garabeteadas, y observa pasear ajena a los silenciosos trajes que salían un instante de sus madrigueras a fumar sustancias prohibidas para aguantar el tipo, o a los que veía volver a sus casas en coches con nombres de estrellas del rock muertas hace veinticinco años. Más tarde, cuando regresaba en el metro abrazada a las bolsas, sentía que de alguna manera llevaba conmigo todos los sueños del mundo, y eso me entristecía; todas nuestras esperanzas estaban puestas en el próximo avance tecnológico, el siguiente juguete que invadiría nuestra soledad para levantar un poco más los muros que nos refugiaban y nos asfixiaban.

Nos habían robado el alma o, peor, la habíamos vendido a una falsa modernidad. Aún se veía el miedo, una sustancia palpable en los ojos de los ancianos y en los pocos edificios que aún lucían las cicatrices dejadas por la guerra, pero poníamos todo nuestro empeño en evadirnos de aquello y entregarnos a a la soledad de millares de aparatos eléctricos de las que aquellas estúpidas madagañas que llevaba en mi regazo eran sólo el penúltimo intento.

Mi padre diseccionaba y asimilaba aquellos aparatos con el fervor y el miedo de un cirujano ante una especie desconocida. Largas noches de aprendizaje programando a ciegas, de quemar circuitos en el altar de su locura mientras las llamadas del trabajo dejaban de producirse y un pequeño ejército de deudas se levantaba inmarcesible ante nuestra puerta.

Una vida que se hunde intentando vivir. Una casa, una madriguera, un agujero donde el tiempo y el espacio contenían el aliento.

Aún hoy me resulta imposible imaginar que mezcla de enfermedad, delirio y amor logró extraer de mi padre tan titánico esfuerzo. Cuando salió de la buhardilla aquella tarde de otoño portaba en su mano una diminuta consola con forma oblonga. Hedía a días sin ducharse y parecía flaco y cansado, pero era hermoso ver en su cara una sonrisa de triunfo que nunca más volvería a repetirse.

Estuvimos horas, o quizás fueron días, atrapados ante aquella pequeña consola. Mi madre estaba de nuevo con nosotros, perfectamente definida, charlando alegremente de cualquier tema, recordando las conversaciones y coqueteando con los vestidos. Era el recuerdo perfecto de mi madre, remodelado y pulido por una imaginación benigna; más parecida a la madre que añoraba que a mi madre real.

Al principio aquello fue nuestro secreto, pero las deudas acabaron imponiendo su propia lógica, y al final vi a mi padre con su mejor traje, asustado y cansado, pasear el fantasma de mi madre, su perfecta creación, entre aburridos hombres de negocios que anhelaban encontrar la manera de hacer inmortales sus pequeñas y miserables vidas. Entregaron a mi padre el dinero, sus fotos y vídeos más preciados, la argamasa y los ladrillos con los que mi padre erguiría una legión de fantasmas para cuando sus cuerpos no pudiesen reclamarlos. Ninguno aceptaba las primeras versiones, la risa era demasiado estridente, sus ojos muy vacíos. De amanuense de vidas ajenas, mi padre se convertiría en cirujano y confesor de aquellos hombres que lo tenían todo pero no eran capaces de encontrar sentido a la muerte.

Y los fantasmas llenaron la casa, vivíamos con ellos, compartíamos nuestros pequeños trozos de vida. La atmósfera era opresiva en aquella casa donde las creaciones de mi padre susurraban sus secretos. Secretos que alguien demasiado importante se arrepintió de haber entregado y todo se vino abajo. Hombres de negro, impasibles como arañas zen, esperaban en la puerta de casa, y mi padre que aguardaba el momento, me entrego una maleta y un beso de despedida.

Cuando todo se derrumbe yo ya no estaré allí.

Viajo rumbo a Berlín con tarjeta de identificación y datos biométricos falseados,

y, mientras surcamos un mar de nubes, yo acuno en mi regazo el fantasma de mi madre.

En breve, en apenas un suspiro de este universo tan cansado, tú, yo, todos nosotros, seremos fantasmas.

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