la ciudad de los poetas

la ciudad de los poetasTodo lo que nos rodeaba se ha convertido en un inmenso vertedero del que ya no recordamos cómo salir.

No nos hacen falta palabras ni oraciones por más que sea lo único que sabemos conjurar; para escapar de aquí necesitamos fontaneros, gente sin escrúpulos y capaces de llenarse hasta los hombros de mierda para que todo fluya y podamos seguir con nuestras vidas como si nada hubiese sucedido. Y no hace falta decirlo, queremos que hagan todo eso sin esperar nada por nuestra parte porque no queremos ser conscientes de la podredumbre ni su nauseabundo olor. Nada que nos recuerde toda esa mierda, la sangre, el semen y el sudor que corre bajo nuestros pies.

Necesitamos la amnesia de los perdedores.

El tipo que vivía dos pisos por encima se ha vuelto completamente loco. Como todos nosotros. Aquella maldita ciudad se había colado en nuestro interior y nos había metido de lleno en una parodia de vida. Sin embargo parecíamos perfectamente normales cuando nos saludábamos por la escalera y la mayoría incluso teníamos trabajos que apenas nos permitían malvivir en aquellos cuartuchos apestosos donde era imposible respirar entre aquella mezcla de olores y cuerpos amontonados y usados sin orden ni pudor en una mezcolanza impúdica de géneros y fluidos.

Era de locos, ni se nos pasaba por la cabeza marcharnos a otro lado.

La culpa de todo aquello la tenían las malditas postales y los jodidos escritores de siglos pretéritos que habían creado con sus relatos una ciudad única en donde todo era posible. Un cementerio con lápidas a medio grabar lleno de historias y de belleza que cubrían en una quebradiza pátina la sucia realidad del día a día.

Una ciudad que sólo existía en sus estúpidas cabezas llenas de sífilis, alcohol y absenta, pero que supieron crear con tanta fuerza que acabó resultando más real que nuestras propias vidas. Nosotros, los que lo dejamos todo para llegar hasta aquí atraídos por su canto mágico, convocados ante su luz como un puñado de polillas suicidas. Nosotros, los que inmolamos nuestras vidas en el templo de esta detestable ciudad que nos devora y nos roe el alma para poder seguir con vida, perpetuándose en su leyenda.

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