pequeños tristes milagros

El destino la tiene amarrada a una silla de ruedas desde hace años y no quiere liberarla. Quizás no sea el destino, quizás sea mala suerte. Hay vidas que parecen una deuda pendiente que nunca se termina de pagar.

Apenas parece un ser vivo cuando la mujer dominicana que se encarga de ella tres días por semana empuja por la acera el artefacto metálico. Casi no se mueve, y cuando lo hace se diría que lo hace mecida por el propio viento porque no parece quedar un soplo de vida en sus pulmones ni una gota de sangre en los labios blancos y llenos de heridas.

Pero no siempre es ese cuerpo roto, a veces parece recuperar un atisbo de su antigua energía y sus ojos, glaucos, pequeños y velados, te persiguen fugaces mientras hablas con ella y te cuenta su historia que es la historia de otras muchas. Postrada en esa silla por el peso de toda una vida luchando, un matrimonio desdichado, unas manos deformadas de tanto limpiar casas ajenas y un hijo no deseado que nació demasiado prematuro. Con el cerebro sin conectar, dice ella, y que parece condenado a no crecer nunca. Se quedó atrapado en una edad cercana a los diez años y ahí sigue, cuarenta años después, con la misma sonrisa bobalicona y la misma risa que es una risa honesta y siniestra a la vez. Una risa de niño que nace en la boca de un hombre.

Todo lo que le queda de esa pelea con la vida es un cuerpo vencido y hueco que sólo tiene fuerzas para ir restando los minutos hasta su desaparición definitiva. Estoy cansada, es la conclusión a la que llegan todas nuestras conversaciones. El lugar común donde desembocan todas las vidas, las felices y las tristes.

Su hijo, un gigante torpón y retrasado, se mueve a su lado como un simio peludo y no muy inteligente pero fiel como un enorme perro guardián. Le encanta sacar a pasear a su madre a la que venera con cariño animal. En cuanto puede agarra la silla de ruedas por detrás, imita el sonido de una motocicleta y comienza a correr como poseído por la avenida con la silla en precario equilibrio saltando sobre los adoquines. Su madre ríe y da palmadas como la niña que nunca pudo ser mientras es empujada por el hijo que nunca creció. Como si ese destino, por un breve instante, hubiese permitido cruzar sus vidas en el mágico momento en que todo tenía algún sentido.

La vida, a veces , parece llenarse de esos pequeños milagros. Pero son milagros tristes, flores que crecen en un invierno nuclear, los cantos de los vencidos ante el pelotón de fusilamiento… prodigios gastados en las manos equivocadas que no terminan de funcionar. No son otra cosa que trucos baratos de un ilusionista harto de hacer la misma función una y otra vez ante un publico que bosteza sin disimulo.

Qué viejo y cansado suena todo ya.

pequeños y tristes milagros

12 Replies to “pequeños tristes milagros”

  1. Que extraña combinación de dulce y amargo tienen tus letras hoy.
    Son duras, porque son reales… se clavan en el alma, como espinas en la piel. Será porque un@ ha conocido historias así, y no puede evitar recordar…

    Un beso de lunes.

  2. People high in Machiavellianism—sometimes called high-Machs—are manipulators. They enjoy deceiving others, and they are willing to do almost anything to get their way.
    Machiavellians are motivated to manipulate others, but they are not necessarily any more skilled at manipulation than anyone else is.
    Bsos y abrazos

  3. Muchas gracias, Maria Dorada, era una historia que llevaba tiempo esperando para salir. Así es, Alma, es una historia que son trozos de varias historias, pero reales.

    Ains, Toro Salvaje, bendita ingeniudad, Dios estaba ahí, haciendo el guión, fraguando la tragedía. ¿Qué crees?, que estaba mirando para el otro lado, no hijo no.

    Los maquiavélicos están motivados para manipular a otros, pero no son necesariamente más hábiles en la manipulación que los demás.… Esa frase tiene mucha miga, Mucha. Al final todo depende de eso, de la motivación que uno le ponga.

  4. La realidad es triste, vivir así da mucha pena pero quizás en ello se encuentre la luz que pocos vemos, excelente historia.
    Abrazo

  5. Has escrito una tragedia con aire de cuento. O quizá sea al revés; pero sea como sea, me ha gustado mucho.
    La escena del gigante torpón empujando la silla a la carrera y la mujer riendo y divirtiéndose es a un tiempo conmovedora y escalofriante, y tú has hecho unas reflexiones muy bellas.

    Por cierto, si esa escena clave fuese de un cuento de R. Carver, ya imagino qué final dejaría entrever…

  6. Supongo que eso es lo que se busca siempre, Anonymous, una luz a la que poder aferrarse. Aunque quede muy lejos o sea muy pequeñita.

    Muchas gracias, Ángeles, sospecho que sé por dónde iría Carver, pero me encantaría leer tu versión del tema…. si te animas, es tuyo 😉

    Creo que esa era la idea del texto, Carmen Troncoso Baeza, buscar ese equilibrio entre la locura y la realidad que impone su propio ritmo y sus normas. Muchas gracias.

  7. Ay, qué tristeza! Hoy que me animé a las visitas, me encuentro una historia impecablemente escrita (como sueles), pero tan amarga, tanto…
    Besos te dejo, unos cuantos.

  8. Una vez un profe de arte del instituto nos dijo una frase que recuerdo a menudo: “el Buey Desollado de Rembrandt puede ser más hermoso que un un paisaje o un bodegón.” Este relato encaja a la perfección con esa afirmación. Un abrazo.

Leave a Reply

Your email address will not be published.