las paredes en Glasgow

Glasgow

Glasgow, como toda ciudad moderna y orgullosa de serlo, pone a disposición del viajero un buen número de callejones sórdidos y oscuros donde el turista despistado puede ser apuñalado con saña con el único fin de robarle su preciado equipo fotográfico.

Vas caminando por la calle principal, Buchanan Street o alguna de nombre parecido, con sus japoneses, sus ruidos llenos de olores y sus escaparates de sueños imposibles y, casi sin remedio, no puedes evitar reparar en un estrecho callejón lleno de porquería, suciedad y turbias miradas que lo mismo acaban con tus huesos en la cama de algún hostal de mala muerte que en la de un hospital donde experimentar una muerte menos metafórica.

Ya nos lo contaron los clásicos: adentrarse en el corazón de las tinieblas tiene su recompensa, aunque esa recompensa no siempre sea la anhelada y otras veces aparezca en forma de maldición. En Glasgow, agazapados en muchos de esos callejones nos esperan pintadas, grafitis tatuados entre los ladrillos de edificios a punto de caerse y que son de una extraña belleza. Parecen algo fuera de lugar, como bosquejos realizados en algún momento anterior a la fundación de la ciudad y por personas que nunca llegaron a entender la modernidad que arañaba sus puertas y amenazaba con devorarlo todo.

Esas pinturas nos hablan de los anhelos de sus creadores, sus miedos y sus esperanzas. Cosas que palpitaban al fondo de corazones inquietos y que quizás no comprendieron hasta que las vieron fijadas en esas paredes.

Son historias de huidas a sitios que nunca existieron, preciados instantes que viven lejos de las aceras y del ritmo de metrónomo de los semáforos. El ruido, el olor, las eternas prisas, los callejones que no llevan a parte alguna… a veces parece que sólo vivimos en las ciudades para poder soñar con huir de ellas.

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