el maestro relojero

Alguien ha arrojado al suelo el despertador cósmico que rige nuestras existencias y la primavera ha adelantado su llegada un par de meses.

La naturaleza, tan asenderada ella, se ha desperezado sin ruido para empezar a poner en movimiento la ya vieja maquinaria de nuestro pequeño universo. Los insectos, las flores, todos puestos en marcha a toque de corneta para cumplir con su sagrada misión.

Hay pocas cosas más delicadas que los estambres de las flores, casi todo puede romperlos. Sin embargo, las abejas se zambullen en ellos sin apenas molestarlos para salir brillantes, felices y cubiertas de polen como alegres nadadoras.

Es casi imposible no ver una intención, un mecanismo oculto tras la orquesta del universo. Es casi imposible no acabar jugando con la idea de un Dios, pero no un Dios omnipotente, omnipresente y bienintencionado colocando con avaricia en una balanza cada uno de nuestros actos. No, mi Dios sería un anciano paciente de mirada amable que nos observa tras unos gruesos cristales.

Un maestro relojero que lo puso todo en marcha y luego, aburrido, o quizás decepcionado, nos abandonó a nuestra suerte.

Sí, lo sé, seguro que estuvo algún tiempo vigilando atento como marchaba su nueva creación, ajustando algunas cosas aquí y allí, divertido y emocionado con su nuevo proyecto. Imagino que no hablaría de otra cosa, de su gran diseño: un mecanismo perpetuo que se movía libre dentro de unas reglas inamovibles. Las reglas del universo.

¿Cuánto duró esa emoción?, no lo sé, pero en algún momento lo dejó de lado, nos abandonó. Encontró sin duda mejores cosas que hacer o quizás, como gritaba furioso el filosofo enajenado por las calles de Praga, el maestro relojero murió sin encontrar a nadie que continuase con su creación. Una creación ya sin dueño que siguió girando fiel a sus reglas inmutables, pero atrapada sin remedio en la espiral de la decadencia.

Lo vemos a diario, los engranajes empiezan a fallar. Las delicadas piezas que daban equilibrio amenazan con caer contra el suelo. Ya no hay alegría en los movimientos de esas coloridas piezas y todo parece al borde de una ruina inminente.

He dejado de creer; ni en el terrible Dios de la balanza, ni en el amable relojero. Viendo nuestros actos en el mundo, me parece que les hacemos un favor a ambos si les quitamos toda la responsabilidad sobre nuestros actos.

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