alas negras

Desde el principio de la humanidad la existencia de los druidas y de los cuervos ha estado unida en una simbiosis sobrenatural que trasciende los límites del tiempo. En la penumbra del bosque eterno, los cuervos son heraldos silenciosos, guardianes de secretos ancestrales y depositarios de la esencia misma de la magia que permea nuestras vidas. Cada rama susurra leyendas olvidadas, y el viento lleva consigo el eco de un conocimiento antiguo que sólo los cuervos comprenden.

Porque son ellos, los cuervos, los encargados de guardar en su interior toda la magia del mundo. Son ellos los que susurran los hechizos en los oídos de los druidas, quiénes señalan las plantas que deben ser recogidas y el momento idóneo para hacerlo. El druida no es más que el elemento transmisor de la voluntad del cuervo: un autómata con una sensibilidad y habilidades especiales que los cuervos saben aprovechar.

No sirve cualquier humano, la mayoría de esas pálidas y lampiñas criaturas son ciegas ante la magia. Los cuervos lo saben, tienen un instinto especial para detectarlo. No es la juventud o la apariencia lo que los guía, buscan un alma que lata en sintonía con la tierra. No tienen prisa, puede ser el joven que dedica horas a contemplar el lento masticar de un río, o la alegre muchacha que detiene su andar para enderezar con ternura un arbolito recién brotado al borde del camino.

A lo largo de las estaciones que danzan entre las hojas del tiempo, los cuervos aguardan en la penumbra. Sabios y pacientes observan las idas y venidas, las muertes y las guerras, el lento devenir hacia la nada de las vidas humanas. Esperan en silencio al humano predestinado, aquel que será su compañero en el tejido místico de la existencia.

Así, los druidas se convierten en custodios sabios de la tierra y sus misterios. Sus capas de musgo y cabellos trenzados con hojas de roble danzan al compás de los graznidos que resonaron desde tiempos inmemoriales. En la arboleda eterna, los druidas se convierten en conductos vivos de la magia del mundo, canalizando el poder ancestral de los cuervos para proteger la tierra que aman.

Una alianza condenada a no ser eterna. Los druidas, con su sabiduría y su vínculo profundo con la naturaleza, fueron tildados de herejes y brujos por aquellos que desconocían la verdad detrás de sus actos. La magia que una vez fluía libremente en los rincones de la tierra fue sofocada bajo el miedo y la intolerancia.

Y así murió la magia del mundo, con la muerte del último druida. Perseguidos sin descanso por un sistema brutal fueron desapareciendo. Arrojados a las arenas del circo, muertos en batallas olvidadas, sepultados entre las cenizas del último bosque en llamas.

Ya no caminan druidas entre nosotros. Hemos cambiado de dioses, ahora adoramos nuestras pantallas que nos muestran vidas ficticias en las que nadie contempla las nubes. Ciegos sin estar ciegos, sordos sin estar sordos. Embelesados ante nuestro propio reflejo, atrapados en un mundo que parece infinito pero que es cada vez más pequeño.

Los cuervos huyeron, se camuflaron a la vista de todos esos ojos incapaces de ver el mundo. Irreconocibles entre otros muchos pájaros, borrones negros que aletean en las alturas de las ciudades contaminadas. Ahí siguen, en las áreas de servicio de autopistas atestadas, convertidos en gárgolas entre las chimeneas de los edificios, o paseando a saltitos por los jardines públicos mientras miran con estudiada indiferencia el que mundo que les rodea.

No se han rendido, nunca lo harán, siguen buscando un druida perdido en el tiempo, un ser humano que comprenda la danza eterna entre la magia y la tierra. La conexión ancestral espera ser reavivada, y en las alas oscuras de los cuervos reside la esperanza de un renacer que traiga equilibrio de nuevo al mundo.

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