los cielos en Irlanda

En Irlanda saben perfectamente que sus cielos no siempre acompañan a los espectaculares paisajes desperdigados por toda la isla. Para los nativos no supone un gran problema porque apenas prestan atención a lo que tienen sobre sus cabezas; no hay nada menos interesante que lo conocido. Sin embargo, es un tremendo inconveniente para los aficionados a la fotografía, que plantan sus trípodes y sus cámaras llenas de filtros al pie del acantilado para comprobar, con gran desolación, como una nube negra cubre todo el paisaje.

Las autoridades, conscientes del problema y de la importancia del turismo, han distribuido una red de furgonetas que, usando los cables de la electricidad como canal de transmisión, llevan cualquier tipo de cielo al desesperado fotógrafo.

Además de irredentos y sufridos fotógrafos, el sistema puede ser usado por cualquier persona. No hay más que mirar el catálogo que ofrecen donde brillan las paletas de colores con el azul cobalto de Turner, los salvajes brochazos amarillos de Van Gogh, el sereno color de la tierra de Constable, o las nubes color ceniza que pastoreaba Lars Hertervig.

Sublimando con destreza esos elementos es posible dibujar luminosos amaneceres para los inmarcesibles madrugadores, atardeceres románticos para los enamorados empedernidos y cielos de tormenta para los suicidas insomnes que quieran fundirse en un fatídico abrazo con los acantilados (*).

*Nota (eso último conviene hacerlo con moderación por los motivos obvios: es complicado seguir contemplando el paisaje una vez que has fallecido. Para más información, consulte la sección: cosas que hacer en Irlanda cuando has muerto)

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