El Dios de los muebles de pino

Hasta donde se pierde la vista unas manos industriosas han erigido un altar de troncos en ofrenda al Dios de los muebles de pino.

Cada mañana, hombres rudos de pocas palabras armados con brillantes herramientas, van dejando un reguero de ramas partidas y surcos que nos llevan hasta una fila de árboles. Si los miras desde lo alto de la colina esos hombres y sus herramientas se asemejan a hormigas de terribles mandíbulas que van apilando los troncos con paciencia infinita hasta formar enormes trincheras a ambos lados del camino. Listos para las pinzas de acero que, unos días más tarde, los elevarán sin esfuerzo para llevarlos lejos del lugar donde les vieron nacer. Su destino final es una fábrica en las afueras donde perderán los últimos restos de su personalidad para transmutarse en sillas, estanterías, o cualquier otra cosa que un simio evolucionado pueda imaginar de un trozo de madera.

Al otro lado de la colina esas mismas manos, o unas muy parecidas, han plantado unos diminutos esquejes, pinos en potencia, que algún día sustituirán a sus compañeros caídos en la desigual batalla,

Es la contabilidad suicida y depredadora de una raza a la que un día dejaran de salirle las cuentas.

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