la casa del fin del mundo

Construimos una casa en el fin del mundo. Un lugar apacible donde nadie podría encontrarnos, una extensión de tierra aún sin escribir a la espera de nuestros torpes codos emborronando la tarea que nos habíamos encomendado.

Allí, entre los restos de la última marea, intentamos reconstruir los restos de lo que aún éramos: unas pequeñas bolsitas llenas de tristeza en busca de un lugar donde olvidarse; dos náufragos exhaustos cantaleándose las manos en una hoguera que ardía con la madera de nuestros ataúdes.

El mundo era aún sencillo en aquel rincón. Al amanecer oscuros pájaros de tormenta cruzaban las nubes de color bronce y regresaban al atardecer, más pausados y alegres, casi livianos, como si hubiesen encontrado algo valioso en su viaje. Eso es la vida, nos dijimos, un viaje del que intentamos volver con algo entre las manos.

Así era el ritmo de nuestros días. Primero las líneas doradas amanecer dibujadas en la lontananza, luego el atardecer, un ocaso limpio y frío del norte. Y así todos los días, uno tras otro, como piezas consecutivas de un domino que caerían sin ruido en el día sin amanecer ni anochecer que sería la muerte. Reglas sencillas, un mundo fácil de seguir como una rayuela en la que no te han permitido contemplar el final.

He vuelto a aquella casa y sólo quedaba en pie la ruina y el olvido, presentes como algo vivo entre los restos de ladrillo de la chimenea. Reúno a mi lado el triste inventario de mi pasado, los mismos pájaros volando indiferentes, los atardeceres honestos y fríos del norte. Todo es igual que entonces pero visto con otros ojos, unos ojos cansados de seguir mirando sin entender nada… que contemplan un enigma, una pintura, una fotografía… algo que no entienden.

Allí, entre los restos de todo lo que pudo ser, me he enfrentado a la complicada tarea de haberte sobrevivido.

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