apoptosis

El viento mueve las rosas como frenéticas banderas de rendición. Un fondo oscuro atravesado por estelas blancas que dejan un rastro de pétalos incompletos, retazos de estambres y ramas que conforman un tejido de fantasmas.

He descubierto algo sobre los rosales: es mejor no prestarles mucha atención. Si plantas un rosal y pasas horas buscando al nematodo que lo devorará, o midiendo la humedad de la tierra que lo abrasará, el rosal, de manera inevitable, acabará muriendo.

Es mejor plantar el delicado esqueje y olvidarlo. Ya encontrarás las herramientas y la fuerza que te ayuden a sobrevivir, repito siempre mientras cavo el agujero donde establezco su hogar, y que recuerda demasiado a una pequeña tumba. Lo recito casi como una plegaria, una oración para desearte suerte en tu nuevo hogar.

Quizás sólo estoy intentando renegar de mi responsabilidad sobre el mundo. Esa especie de deber sagrado que nos impusieron al nacer bajo el signo de la “raza superior” y del que nunca he querido hacerme cargo.

Dicen que somos la única especie consciente de su final. Hemos descubierto la muerte programada en cada una de nuestras células, comprendido, aunque no aceptado, el fin como algo necesario para que haya un principio en esa serpiente uróboros en la que no es posible distinguir inicios de finales.

Apoptosis, es el nombre que le dieron los griegos a ese final; no es extraño que fueran ellos quienes la concibieran. Los griegos fueron los primeros en querer comprender el mundo que pisaban y por eso lo llenaron de palabras, para intentar hacerlo suyo. Sabían que nombrar algo es tomar posesión de lo nombrado.

La apoptosis es la muerte natural provocada por el cansancio y el agotamiento de la materia. En griego, la palabra significa «caída de pétalos». Al mundo se le han caído los pétalos.

Olga Tokarczuk

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