diario

Mi abuela fue llenando con plantas de todas las especies los huecos dejados por las personas que desaparecían de su vida. Cada vez que quedaba una habitación libre en aquel piso enorme y atestado del centro en el que vivían casi como una comuna, mi abuela ocupaba el territorio con una maceta en cuyo interior latía un pequeño esqueje, la promesa de algo mucho mayor.

Era su forma de esquivar el vacío que lo devoraba todo a su alrededor. Por eso nunca cerraba ninguna de esas habitaciones, intentaba fingir que aún había un hueco para aquella normalidad que tanto añoraba.

Pero el vacío siempre encuentra la forma de abrirse camino entre nuestras esperanzas, aunque necesite toda una vida para lograrlo. En sus últimos meses de vida las plantas ingratas no paraban de secarse a su alrededor y ella empezó a tropezar con los viejos muebles que tendían emboscadas a las pantuflas que arrastraba por toda la casa.

Mi abuela no entendía nada de todos esos cambios que llegaron sin ningún aviso. Observaba sus manos que no dejaban de temblar llenarse de una miríada de puntitos y nos miraba aterrada sin poder decir una palabra en busca de una respuesta que no supimos darle. La oscuridad, casi al final del todo, ganaría ese territorio defendido con tanto ahínco porque la oscuridad no tiene prisa, nos deja que corramos, que luchemos y nos desesperemos en pequeñas batallas que son un simulacro de existencia. La vida, como el olvido, siempre serán de esa oscuridad que percibimos acechando en cada paso que damos.

Llevo las últimas cuatro semanas conviviendo con un rosal como única compañía. He trabajado, comido y leído a su lado. Con el paso de los días he visto brotar capullos apretados como el puño de un recién nacido que, sin apenas darme cuenta, se han ido convirtiendo en puñados de hojas marchitas.

También la luz del sol ha cambiado estas semanas, ha rotado unos centímetros creando sombras y reflejos donde al inicio todo era claridad.

Es inevitable pensar que si ese pequeño mundo a mi alrededor ha cambiado yo también debo hacerlo hecho de alguna manera ajena a mi voluntad.

Tampoco puedo evitar pensar que el final de todas esas transformaciones será, con la llegada del invierno, un puñado de hojas marchitas que tuvieron un breve periodo de esplendor justo en el medio.

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