leer,  mirar,  otra vida

diario

Mi abuela fue llenando con plantas de todas las especies los huecos dejados por las personas que desaparecían de su vida. Cada vez que quedaba una habitación libre en aquel piso enorme y atestado del centro en el que vivían casi como una comuna, mi abuela ocupaba el territorio con una maceta en cuyo interior latía un pequeño esqueje, la promesa de algo mucho mayor.

Era su forma de esquivar el vacío que lo devoraba todo a su alrededor. Por eso nunca cerraba ninguna de esas habitaciones, intentaba fingir que aún había un hueco para aquella normalidad que tanto añoraba.

Pero el vacío siempre encuentra la forma de abrirse camino entre nuestras esperanzas, aunque necesite toda una vida para lograrlo. En sus últimos meses de vida las plantas ingratas no paraban de secarse a su alrededor y ella empezó a tropezar con los viejos muebles que tendían emboscadas a las pantuflas que arrastraba por toda la casa.

Mi abuela no entendía nada de todos esos cambios que llegaron sin ningún aviso. Observaba sus manos que no dejaban de temblar llenarse de una miríada de puntitos y nos miraba aterrada sin poder decir una palabra en busca de una respuesta que no supimos darle. La oscuridad, casi al final del todo, ganaría ese territorio defendido con tanto ahínco porque la oscuridad no tiene prisa, nos deja que corramos, que luchemos y nos desesperemos en pequeñas batallas que son un simulacro de existencia. La vida, como el olvido, siempre serán de esa oscuridad que percibimos acechando en cada paso que damos.

Llevo las últimas cuatro semanas conviviendo con un rosal como única compañía. He trabajado, comido y leído a su lado. Con el paso de los días he visto brotar capullos apretados como el puño de un recién nacido que, sin apenas darme cuenta, se han ido convirtiendo en puñados de hojas marchitas.

También la luz del sol ha cambiado estas semanas, ha rotado unos centímetros creando sombras y reflejos donde al inicio todo era claridad.

Es inevitable pensar que si ese pequeño mundo a mi alrededor ha cambiado yo también debo hacerlo hecho de alguna manera ajena a mi voluntad.

Tampoco puedo evitar pensar que el final de todas esas transformaciones será, con la llegada del invierno, un puñado de hojas marchitas que tuvieron un breve periodo de esplendor justo en el medio.

13 Comments

  • galerna

    Ahora ya se cuál… las rosas amarillas son mis favoritas. Ahí lo dejo.
    En cuanto al post… intenso, certero como una lacerada mortal. Pero ya sabes que yo me revuelvo con esa filosofía del poder de voluntad.

  • Mucha

    Que linda entrada tan linda como las palabras que mezclas con gracia
    y mientras te leo, disfruto el momento, de estar contigo y vos…
    Brindemos hoy por tu maravilloso blog

  • María

    Este texto de hoy… me transmite tanta sensibilidad… El recordar a la abuela las cosas que hacía, como en este caso, llenar las habitaciones vacías con macetas… ¡qué original! pero claro algún día esas flores también morirán, sus hojas se marchitarán, como las personas, porque nada hay eterno, y resulta nostálgico recordar a los seres queridos que ya no están con nosotros. Aunque resulta una brillante idea, dar vida de esa forma a las habitaciones, llenando ese vacío.

    Un placer leerte, Beauséant.

    Besos y feliz festivo.

  • Paloma

    Siempre estamos cambiando y transformándonos hasta cuando no nos damos cuenta. Ese es el fucionamiento de todo lo que vive y su destino final la desaparición.
    Hay que aceptarlo con naturalidad aunque nos duela. Esa flor se marchitará pero nacerá otra cuando corresponda.

    Por cierto, preciosa la rosa y la foto que le has hecho.

  • Beauséant

    Aún quedas unas pocas rosas por aparecer, **GALERNA**, esta será la semana de las rosas 😉 La filosofía de la voluntad, me gusta ese título tan pomposo 🙂 me ha sonado a Nietzsche.

    Gracias, **MUCHA**, mezclar palabras no siempre es fácil, el resultado nunca acaba de gustarme, así que gracias..

    Lo jodido, **TORO SALVAJE**, es que los que hemos nacido con esa maldición en el fondo no ganamos nada. Sabemos algo, sufrimos a diario por ese conocimiento… y no lo logramos evitar.. a veces saber que lo peor llegará no ayuda cuando finalmente aparece., ¿verdad?

    Gracias, **MARÍA**, cada uno lucha con lo que tiene, supongo. Pero no son más que barricadas en el aire. Al final queda muy poca cosa de nosotros, algunas cajas y trastos que alguien se encargará de desmoronar… Es verdad que, si tienes suerte, alguna de esas cosas no acabará en la basura, alguien la guardará con cariño y cada vez que la vea se acordará un poco de ti…

    Intento hacer mías esas palabras, **PALOMA**, de verdad que lo intento, pero eso no hace que deje de doler. Soy de esas personas que acepta las cosas a regañadientes.. a patadas… La foto costo un poco, pero me gustó ese amarillo en medio de la oscuridad, gracias.

  • Alma

    ¿Y qué sería de la vida sin ese eterno y continuo ciclo de nacimiento, crecimiento y muerte? …tal vez sólo tengamos que aprender a ver las cosas desde otra perspectiva; tal vez tengan razón quienes dicen que en todo final está encerrado un principio. Hoy justo escribía que somos una mezcla de claroscuros, nos guste o menos… y algunas pérdidas duelen más que otras, eso es tan cierto como que sale el sol cada mañana; y nadie dice o se espera -creo yo- que olvidemos, que nos resignemos o que hagamos como si nada, aceptar no es nada de eso… aceptar es saber que no podemos hacer nada para cambiarlo y poder continuar seguir adelante, aún si cada tanto debamos mirarnos las cicatrices de las espinas de rosas.

    Un beso.

  • krudo

    Me gustó demasiado la entrada, me hiciste recordar a mi abuela materna, ella también tenía demasiadas plantas, platicaba con ellas mientras les echaba agua o si las cambiaba de maceta o las enterraba en la tierra, tenía sus tiempos para ver sus plantas, hasta sus últimos días le preocupaban mucho sus plantas.

    Te dejo un abrazo de esos que te hacen sentir vivos los recuerdos…

  • Beauséant

    Me ha gustado mucho la reflexión que haces, **ALMA**, tengo cierta tendencia a confundir la aceptación con la resignación y, como bien dices, son cosas diferentes. Una es una obligación casi moral para seguir adelante, mientras que la otra es casi una derrota que te impide seguir. También estoy de acuerdo con los de las pérdidas, no todas duelen igual, aunque suene duro reconocerlo. A veces, personas que apenas estuvieron en tu vida dejan más dolor que aquellas que eran una presencia diaria… es duro reconocerlo, pero es absurdo negarlo.

    Hay algo de magia en saber cuidar los planas, **KRUDO**, mi problema es que siempre las trato como un problema matemático: regar cada x días, mover al sol cada tanto… y me parece que no funcionan así, hay que saber entender su psicología 🙂 Muchas gracias por tu comentario.

  • Frodo

    Las flores son metáforas perfectas de nuestras vidas. Debemos aprender de ellas, gozar con su belleza, y saber que todo esplendor más tarde o más temprano se marchita.
    ¿Leíste “Una flor amarilla” de Cortázar. Si no lo hiciste te lo recomiendo mucho. Explica en lenguaje literario casi poético lo que quiero decir ahora, y no me sale

    Abrazo

  • Beauséant

    Creía, ya ves, **FRODO**, que había leído todo lo posible de Cortázar y al menos una vez al año me encuentro con algo que no conocía.. eso me hace sentir mal por no haberlo leído y bien porque me queda algo por leer 🙂 No, no conocía el relato. Nunca deja de sorprenderme la capacidad de contar tantas cosas en tan poco sitio de este hombre, el carrusel de la persona que narra, la búsqueda de algo y el miedo cuando logra ese algo… Lo dejo aquí por si alguien más se anima:

    https://www.literatura.us/cortazar/amarilla.html

  • Myriam

    Vengo con un poco de retraso a leerte pero desde el inicio de esta magnífica serie.
    Ya sabes que a tus hermosos textos reflexivos me gusta saborearlos con calma y no a las apuradas sólo por cumplir. También yo he meditado sobre ese invierno previo al final.

    Un gran abrazo

  • Beauséant

    Me gusta mucho que hagas eso, **MYRIAM**, quiero pensar que este es un sitio para estar tranquilo. Como una de esas viejas tiendas de anticuarios donde nadie te atiende y puedes perderte por los pasillos, tomar piezas de una estantería, verlas con calmas y, si de verdad te gusta, llevártela a casa para observarla con calma 😉

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