la pantera murciélago

Llevo tres días sin poder salir de casa porque hay una pantera haciendo guardia ante la puerta de la entrada. Cuando intento salir se abalanza sobre mi y se muestra boca arriba enseñándome el mechón blanco de su tripa que marca el lugar exacto donde quiere recibir las caricias.

Mi madre me corrige al otro lado del teléfono, no es una pantera, dice, se parece más a un murciélago y, sin dejar espacio para la replica, añade que debería buscar otras compañías porque, además, esos bichos traen muy mala suerte.

Enseguida, como ocurre cada vez más a menudo, los engranajes de en la cabeza de mi madre se saltan un par de dientes y me habla del cura del pueblo, cómo corría por las eras con los pantalones medio bajados y perseguido por un gato negro que nadie había visto nunca.

Detiene ahí su inconexa historia y se ríe a traición, una risa extraña que resuena fuera de lugar a través de la línea. Suena como una risa benevolente que ha hibernado entre los recuerdos felices de los cientos de álbumes de fotografías desperdigados por la casa y que ahora, convertida en mariposa, aletea hasta posarse sobre el auricular del teléfono.

Esa risa, una criatura frágil y hermosa que no llegará viva al próximo invierno.

Antes de despedirnos prometo solemnemente acercarme a comer el próximo Sábado con ella. Y, aunque no se lo digo, me hago otra promesa a mi misma para no salir corriendo nada más terminar de comer y quedarme con ella viendo alguna vieja película en esa televisión tan pequeña en medio de un salón demasiado grande, demasiado atestado de objetos que desbordan recuerdos y que imagino como esas cajas sorpresa que abres sin saber lo que contienen y que siempre acaban por decepcionarte.

La pantera me mira ladeada y dibuja un enorme bostezo que casi le vuelve la piel de la cara del revés. Si tanto te aburro, digo en voz alta, quizás debería mandarte una temporada con mi madre. Antes de poder añadir nada más, la panterita ha entrado corriendo enfurruñada en la casa para buscar refugio bajo la banqueta de la cocina.

Para que mi madre diga que los animales no entienden nada de lo que les decimos.

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