una feliz amnesia

Estaba ante la puerta de casa de mi madre, a punto de poner fin a la visita quincenal que suelo acabar convirtiendo en mensual, cuando mi madre me ha encasquetado una bolsa enorme y negra de basura.

Toma-, me ha dicho a modo de explicación. –Son algunas cosas tuyas de cuando eras pequeño, algunos juguetes, fotos y cartas. Ya sabes-, ha concluido como si dictase una sentencia, –cosas de esas-.

Eso es algo que hace mucho mi madre en los últimos meses, rebusca cosas por las casa, las mueve, las etiqueta, intenta encontrar nuevos dueños para las viejas cosas. Se está despidiendo de sus posesiones, de la casa… supongo que de todos nosotros.

Mi madre ha dejado de creer en las cosas, en la fuerza de esos objetos acumulados por generaciones de personas que pasaron por las habitaciones de una casa que empieza a sentir demasiado grande.

Con cada pieza que quita la casa parece desmoronarse un poco más, pero sólo los ladrillos del hogar, la parte física. Nuestra familia como institución, como un grupo unido de personas, hace mucho tiempo que desapareció ahogada en el tiempo, en nuestras discusiones, en las viejas rencillas… las familias que sobreviven son las que logran engañarse, el resto acaban devoradas hasta los huesos.

Quizás mi madre yo yo acabaremos por ser dos extraños que se cruzan sin reconocerse y ahora sólo estamos tomando posiciones, repartiendo el terreno donde se producirá el asalto definitivo

He arrojado la puñetera bolsa sobre al asiento del copiloto sin atreverme a mirar en su interior. Casi toda mi infancia se basa en una feliz amnesia. Un proceso de derribo del que sólo han quedado un puñado de dichosos fogonazos inconexos. Mi hermano corriendo en el huerto detrás de unas gallinas, un beso robado a mi primera novia, el primer viaje fuera de España… Quizás ni tan siquiera sean mis recuerdos, quizás sean recuerdos prestados, construidos a través de viejas historias y fotografías mohosas. No lo sé, tampoco quiero saberlo.

No hay tristeza ni alegría en mis recuerdos. Es lo que he elegido.

Abrir esa bolsa que yace muda a mi lado, concluyo, me obligaría a unir la línea de puntos hasta componer la foto final de algo que no quiero ver. Freno en seco en el arcén y el coche que viene detrás me lanza un puñado de ráfagas enloquecidas mientras el conductor, me resulta gracioso, grita mudo tras los cristales del coche.

Tomo la bolsa entre mis manos decidido a lanzarla por la ventanilla del copiloto, hacerla desaparecer como algo que no ha existido nunca. Pero algo me lo impide, en el último instante el rostro de mi madre me lo impide. ¿De verdad ella quería deshacerse de esas cosas, o quería salvarlas?, entregarlas antes de que el tiempo y el olvido las devorasen.

Sobrevivir, para qué, ¿para ver aquello en lo que te has convertido?, qué ignominia. Joder, joder.

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