guarda tu silencio una tumba extraña

Un payaso, cara blanca, labios rojos y unos ojos enormes carentes de vida, masturba el pene semiflácido de un octogenario al que masajea con la misma dedicación que la dedicada a esos globitos infantiles que adoptan formas de animales. Es el cumpleaños del anciano y ha pedido el servicio especial, quizás sea extraño, quizás no. Cada uno pelea su vida como puede y el payaso hace mucho tiempo que dejo de hacerse preguntas.

La vida trascurre a otro ritmo en las residencias de ancianos. Allí se acumulan existencias e historias tan trágicas como un accidente de armas que se lleva por delante al heredero legitimo del trono, mientras el mundo real, el que quedaba ahí fuera, se ha olvidado por completo de ellos.

No siempre pelearon desde el olvido. Alguna vez esos ancianos formaron parte de ese lugar tan luminoso, tuvieron trabajos e hijos, pelearon con lo que tuvieron y con mayor o menor fortuna llevaron adelante algo parecido a una vida. Todo eso desapareció el primer día que cruzaron aquellas puertas y se convirtieron en espectadores de historias ajenas que les llegan en fugaces fotogramas desde el exterior. Las breves visitas y los gritos lanzados por los televisores que viven en las zonas comunes componen su única visión del mundo real.

En la frontera que delimita ambos mundos, el jardinero de un sólo ojo repasa los arbustos con unas tijeras de podar tan viejas, oxidadas y cansadas como si estas fuesen una extensión del resto de su cuerpo. Su falta de visión espacial y el pulso desbocado provocan que los setos adquieran aspectos extraños y un poco inquietantes. Recuerdan vagamente lo que quieren representar, un cisne, un conejo… pero parecen agonizar en medio de terribles sufrimientos.

Los pocos visitantes que pasean por los jardines observan esos setos y los comparan con almas condenadas a la eternidad del infierno. Ninguno de ellos podrá explicar el motivo, pero saben que existe algo muerto y retorcido que anida entre esas raíces. Los árboles parecen moverse a un ritmo que no es el marcado por el viento, corrientes de aire se cuelgan de las ropas como dedos ansiosos intentando llamar tu atención y la tierra de color ceniza parece retorcerse al pisarla. Y esas flores… ¿habéis visto esas flores?, no son flores normales, están podridas y aún así vivas, los colores, el aroma dulzón que desprenden… nada parece lo que debería ser. Las nemesias de tonos azules y amarillos mortecinos, las gazanias de hojas afiladas que crecen a la sombra de los cerezos y los almendros de ramas vencidas, casi arrastradas por el suelo. Toda la vida vegetal parece fuera de lugar, ni sus formas ni sus colores son los esperados. Parecen ejemplares venidos de otra dimensión donde todo es igual pero más triste y gastado.

Nadie aguanta mucho rato allí fuera, salen a fumarse un cigarrillo o hacer alguna llamada y en seguida notan un frío intenso que se cuela entre los pliegues de la ropa, o notan ese olor pútrido que es el de la vegetación en descomposición pero que parece tener algo más intenso flotando alrededor. Cuando le preguntan, el jardinero compone una sonrisa bobalicona sin inteligencia y se mece al ritmo de la preguntas hasta que se cansan y se marchan de vuelta a sus vidas. Después se acerca a las flores, las acaricia con cariño y mueve la cabeza apesadumbrado.

El geriátrico esta compuesto de tres edificios apoyados unos sobre otros como intentando defenderse de alguna amenaza, son antiguos, muy antiguos y no siempre se dedicaron a almacenar ancianos. En sus inicios, según los papeles que aparecen en los planos, aquello fue un orfanato aunque, y eso no aparece en ningún papel, también era un discreto lugar donde las señoras de la alta sociedad podían deshacerse de sus descuidos. Descuidos, así es como se referían a los niños no deseados nacidos fuera del matrimonio, o niños con malformaciones, o con cualquiera de las miles de circunstancias que te colocan en el lado incorrecto de la vida.

Detrás de esos edificios, en un pequeño patio empedrado, existe un pozo más antiguo aún que las construcciones. Ese pozo es el encargado de regar los jardines del complejo gracias a un pequeño motor diésel que el jardinero pone en marcha cada mañana.

Todos esos niños, los destinados a la riqueza y los destinados al hambre y las enfermedades, morían sin descanso entre aquellas paredes. Fueron los tiempos del hambre, de las guerras y de la locura. La muerte incansable recogía cosechas enteras de almas en aquel lugar y todas, sin excepción, acababan silenciadas en aquel pozo que ahora riega los jardines. Eran arrojados allí por los sacerdotes sin plegarias ni preguntas, nunca miraban las extremidades fracturadas, los golpes o las zonas entumecidas y violadas. Nadie se cuestionaba nada, eran gente importante, tenían derecho a divertirse y todo el dinero del mundo para comprar el silencio entre los gritos de aquellos niños convertidos en mercancías.

El jardinero lo sabe porque participó en aquellos actos… asesinatos, en realidad no existe otra palabra para aquello. Su cuerpo enteco y un ojo apagado le ayudaron esquivar la lascivia de aquellos seres que desde entonces danzaron en sus pesadillas. Pero, como le recordaban siempre las monjas entre golpes y susurros, la salvación siempre tiene un precio. El suyo fue formar parte de aquel horror, acarreaba los cuerpos, quemaba las pertenencias y más tarde cuidó aquellos jardines sembrados con las vidas arrancadas.

No se considera una persona supersticiosa, ni tan siquiera religiosa tras tantos años viendo a los enviados de dios entregados con gusto a todo tipo de barbaridades, pero sabe que el agua de ese pozo es un veneno que lo cubre todo. Lo que crece allí es un grito de dolor, el último intento de luchar contra el olvido por parte de aquellas almas sepultadas en una tumba extraña.

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