un lugar donde nunca hay tregua

Las casas de los drogadictos acaban siendo un retrato perfecto de la vida de sus moradores. Van acumulando basura, suciedad y miedos en habitaciones que cierran a sus espaldas y a las que nadie vuelve a entrar hasta que llega el desahucio, o la policía, o los pocos familiares que aún aguantan deciden que ya no pueden seguir con ese lastre abrazado a los rodillas.

Los familiares, todos tranquilizan sus conciencias. Te hablan de los servicios sociales, de gente que de verdad puede ayudar en el territorio donde ellos han fracasado mil veces. No es así, nunca es así. Sólo buscan el olvido, acallar sus conciencias y empezar a conjugar en un tiempo pasado cualquiera de todas esas derrotas.

Cómo culparles por ello.

Te entregaban las llaves de la casa y el mensaje implícito era ese: por favor, haz desaparecer todo lo que he visto al entrar ahí. Necesito olvidarlo, volver a mis hijos, al trabajo sin sentido y al orfidal de cada noche porque esa puerta que he abierto, esa puñetera puerta me ha descubierto lo frágil que es toda esa vida que he construido. Al pasar el umbral he recordado una canción olvidada que era alegre pero acabó siendo triste, un mapa sin un norte y un reloj con las manecillas arrancadas que sigue intentando dar la hora correcta… pero, sobre todo me ha recordado lo cerca que estoy de ser igual que el tipo que vivía al otro lado, he comprendido lo sencillo que es empezar a caminar por ese sitio del que no se vuelve. Toma las llaves, haz que lo olvide todo.

Cómo culparles por ello.

Casi todas las pertenencias, las que tenían algún valor, habían sido inmoladas en busca de la droga, pero a veces te encontrabas pequeños objetos arrastrados por todas las etapas de su viaje como una bandera abandonada en medio del campo de batalla.

Movías toneladas de basura y encontrabas los rastros de ese extraño inventario: 1) un cuaderno escolar donde su dueño había plasmado coches de carreras sin ninguna perspectiva y coloridos retratos de familias felices, quizás la suya. 2) Una foto de cinco jóvenes, dos chicas, tres chicos, con trajes de neopreno, sonriendo y abrazados a unas tablas de surf que parecían enormes. 3) Un zapato, sólo uno, de fiesta y con una fecha de 1998 escrita en la suela con rotulador y unos corazones entrelazados alrededor.

Nunca supe que hacer con esos objetos. Mis compañeros de limpieza parecían incapaces de detectarlos y los arrojaban a las bolsas de basura que íbamos llenando en círculos concéntricos desde la puerta. Yo no, algo me impedía hacerlo. Para mi eran señales luminosas, pistas de aterrizaje trazadas en medio de la noche y que eran el único nexo de unión de sus dueños con sus antiguas vidas, las que tuvieron antes de las drogas. Unas vidas que nunca fueron perfectas, ni épicas, ni brillantes, vidas en las que siempre faltaba algo. Unas vidas que eran como todas las vidas.

Los drogadictos acaban convertidos en pequeños seres pluricelulares, poco más que bacterias cuyo único objetivo es encontrar el siguiente chute. Apenas se alimentan, ni se lavan y sus únicos movimientos son un tropismo involuntario hacia la siguiente dosis. Llevar todos esos objetos, el dibujo, el zapato, las fotos… durante tantos años y lugares supone un esfuerzo colosal.

Se aferraban a ellos casi sin saberlo porque era la última luz que les quedaba antes de dar paso a la oscuridad definitiva. Ahora que habían encontrado su lugar final entre montañas de basura, sus dueños ya nunca podrán encontrar el camino de vuelta.

Era una responsabilidad aterradora, me paralizaba. Por eso siempre los apartaba y acababan amontonados en mi casa, una casa que entonces ya era un poco menos mía porque comenzaba a ser invadida por otras vidas.

Sabía que era lo correcto, lo único que podía hacerse, aunque nunca pude entregar ninguno de esos objetos a sus propietarios.

Y así se explica la vida, un lugar en el que nunca hay tregua. Un territorio donde puedes pasar cuarenta años para tener una televisión, una nevera y una hipoteca y, cuando te dispones a disfrutarlo, pruebas por primera vez la heroína, porque consideras que tu vida ya esta encarrilada.
M. Jabois.

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