una luna inmensa

Una luna inmensa y plateada nos recibe en el camino de vuelta a casa. Te veo dormida a mi lado, encogida en el asiento del copiloto con el ceño fruncido y el puño apretado cerca de la boca. El sueño de una niña que pelea contra fantasmas sin rostro.

Hay un velo que cubre tu mirada, los restos de una antigua luz que sólo puede alcanzarte en la oscuridad de tus pesadillas. No puedo ayudarte a escapar, en nuestras pesadillas siempre peleamos en soledad.

Muevo un poco el hombro para despertarte y durante un instante contemplamos sin palabras un pequeño milagro que parece puesto en escena sólo para nosotros dos. Un milagro compuesto de luz y de un silencio que nos envuelve como en el instante previo a un cataclismo.

¿Cuándo fue la última vez que levantamos nuestras cabezas de primates apesadumbrados para contemplar algo tan incomprensible?

La luna se va quedando atrás, diminuta ahora en el espejo retrovisor pero iluminando aún el camino a casa. Seguimos sintiendo su presencia, seguimos sumidos en el lento horadar de nuestros pensamientos.

Una respuesta a la espera de una pregunta. Una mentira que desea ser creída y acaba por convertirse en una realidad.

Esa luna era la esencia de todas esas cosas.

Todo parece diferente, igual pero distinto. La autopista de tres carriles, los carteles luminosos que anuncian sueños y descuentos. Todo es como lo recordaba pero todo ha cambiado. No sabría explicarlo, las cosas cambian cuando dejas de mirarlas. Las personas no, las personas no cambian, las personas se desvanecen.

Te estiras felina en el asiento del copiloto y antes de volver a cerrar los ojos me preguntaste:

¿Crees que nos habrán perdonado?

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