ia rzds

sopa de letrasCada vez que siento entre los dedos el olor a química y plástico de los preservativos, vuelven a mi memoria fragmentos inconexos de aquellos veranos adolescentes en el pueblo de mi padre, en donde aprendí, con más empeño que habilidad, a follarme a mis primeras novias.

Aunque entonces, claro, no follaba, hacía el amor. Sería el tiempo siempre vigilante quien me sacaría pronto de mi error. Para hacer el amor se necesitan años de convivencia, de silencios compartidos, pequeñas derrotas y victorias un poco más grandes. Algo para lo que, ahora lo comprendo, nunca tuve paciencia y que, de alguna forma, explica el estar aquí sentado, entre las sabanas sudorosas al lado de una perfecta desconocida. Por más que intente refugiarme en la cómoda excusa de no haber encontrado a la persona correcta. El momento exacto, la persona precisa, tú, yo, ellos, la misma mierda de siempre, ya no engaño a nadie.

Al principio recorría las viejas callejuelas detrás del viejo estadio para celebrar las victorias, más tarde lo hice buscando consuelo en las derrotas. Ahora ya no, ahora siempre intento llegar antes de los partidos, cuando todo se encuentra mucho más tranquilo, y puedo caminar por estas calles derrotadas sintiéndome un amante furtivo. Sí, lo sé, tampoco en eso logro engañarme, sólo soy un viejo en potencia que intercambia unos sucios billetes a cambio de un frágil refugio en medio de la noche. Esta puta noche rasgada por los mudos reproches de una ciudad maldita ahogándose en la lejanía.

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