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    aún podemos escuchar el mar

    El mar es un viejo poeta de la naturaleza que murió de un ataque al corazón dentro de una letrina pública. Su fantasma aún acecha los urinarios. De noche se le puede escuchar caminar descalzo en la oscuridad. Alguien robó sus zapatos. (Richard Brautigan).

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    última noche en la ciudad

    La última noche en la ciudad los teléfonos no dejaban de comunicar y no había nadie en ninguna parte, las calles estaban vacías, los coches parados. Todos escondidos, esperando algo que no acababa de llegar. Y todo era extraño porque la noche anterior había soñado contigo y me decías que todo saldría bien justo antes de despertar. La última noche en la ciudad la pasé en un hotel lleno de grifos que goteaban y cañerías que se desperezaban en medio de la noche con un ruido infernal. Yo estaba en medio de una cama enorme tapándome la cabeza con las sábanas y fingía que ya nada podría asustarme. Hubo un…

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    ya no engañamos a nadie

    Siempre he sabido que mi últimos días los pasaré en un asilo, solo, un poco tronado y siendo maltratado por robustas enfermeras con acento polaco. Y no hicieron falta adivinos ni sortílego alguno para armar semejante conclusión, es el espejo que cada mañana devuelve mi reflejo el que ha terminado por delatarse. Con ese destino ya marcado en todas las cartas de navegación decidí no tenerle miedo a los cambios. Pensaba, no sin cierta ingenuidad, que cualquier deriva en el rumbo no me llevaría a ningún sitio peor y es que, al contrario de lo que cantaban los clásicos, es en la asunción de la derrota donde somos realmente libres.…

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    desaparecer

    En cada ser humano mirando fijamente campos inmensos de cereal hay un escapista. Un primate con ínfulas que sueña y busca versiones alternativas de sí mismo lejos de la oficina, de los atascos y de los rituales pegajosos de esa rutina impostada que devinimos en sucia metáfora de realidad. Dejar una vida, dinamitar todo. No, no todo: dinamitar el metro cuadrado que uno ocupaba entre la gente. Más bien: dejar sillas vacías en las mesas que se compartían con las amistades, no a modo de metáfora, sino en verdad, dejar una silla, volverse un hueco para los amigos, permitir que el círculo de silencio en torno a uno se ensanche…

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    magia

    Hay algo de magia incomprensible en que un niño te haga entrega de alguna de sus posesiones. Es un gesto tan abisal, tan lleno de absoluto desprendimiento que, sea cual sea el objeto entregado, el adulto que lo recibe tiene la imperiosa necesidad de exhibirlo como un trofeo de caza. Ese gesto de desprendimiento apenas tiene algo que ver con el mundo de los adultos donde cada acto de entrega, cada gesto altruista, espera su contrapartida. En el caso de los niños ellos no esperan nada, es un simple gesto de adoración. Él, a pesar de todas sus limitaciones emocionales, debe haberlo comprendido porque lleva ese pequeño origami con la…

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    la memoria de las cosas

    Hemos llegado al pueblo poco antes del atardecer. Según todos los folletos se trata de una Arcadía fuera de los mapas en la que apareces tras un vuelo eterno y una discusión no mucho menor hasta lograr un coche, pequeño y rojo, que una vez en la carretera apenas es un diminuto coleóptero cruzando campos inmensos de cereal. Justo antes de llegar a nuestro destino hemos salido del vehículo, rotos y contrahechos, para contemplar desde una playa casi desierta los últimos instantes de la puesta de sol. El mar estaba totalmente calmado y el sol comenzaba a hundirse al otro lado del mar dibujando una bonita postal que en cualquier…

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    la hora de la siesta

    Un punto a favor de compartir vida con un gato: la hora de la siesta se convierte en una dura competición por alcanzar el bostezo más escandaloso, la mayor permanencia bajo las sábanas y, mi disciplina favorita, lograr estirarse con el mayor ruido de vértebras colocándose. No es por presumir, pero de momento voy ganando de largo.

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    Tatuaje

    Camina con los zapatos llenos de lluvia y cada paso acaba convertido en una tarea desagradable que requiere un montón de cábalas y dudas antes de poder realizarse. Sigue teniendo ese aire tímido de quien sospecha que nunca encontrará su lugar, pero ha ganado peso y sus ojos parecen haberse retirado muy dentro entre grandes pliegues de piel. En realidad ya no parece tímido, sólo triste. Hemos salido de la oscuridad de la iglesia recorriendo torpes como insectos ciegos el camino de grava que lleva hasta el pequeño cementerio hasta situarnos, incómodos como guardianes de un reloj de cuco, ante la tumba de nuestra madre. Es fácil adivinar que ninguno…

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    cronopios viajeros

    Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: “La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad”. Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios. Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que…