un puerta a un lugar mejor

Sigo volviendo al mar y sigo fascinándome con el simple acto de pararme a su lado y hacer fotos mientras siento esa tranquila presencia que late constante a mi lado.

Observo el mar como quien espera algo. Como si una vez, siendo niño, hubiese contemplado salir de sus entrañas una extraña y benevolente criatura que me hizo entrega de un preciado don y ahora, ya un adulto y con ese don desaparecido, espere una y otra vez que se repita el viejo truco de magia.

Quizás la explicación a esa fascinación se deba al haber nacido en una ciudad sin mar. Siempre valoramos más las ausencias, el hueco entre los dientes que no podemos dejar de hurgar hasta hacernos sangrar.

El mar funciona como una puerta que siempre me lleva a un lugar mejor, más feliz. Hay algo en su su ronca respiración, en su manera de estar que me reconforta… y me limpia.

Esta vez me he alejado un poco de la orilla, hasta las afueras del puerto donde encontré algunos barcos fuera de su elemento.

Extraños y varados como esqueletos de tiempos pasados. Estructuras incomprensibles y totalmente inútiles al haber perdido su misión esperaban el olvido definitivo tirados en esa extensión de cemento. Juguetes arrojados sobre la alfombra por un dios caprichoso y cruel, he anotado en el cuaderno.

¿Un recordatorio del cambio climático que seca una esquina del planeta y anega la contraria?, ¿del paso del tiempo?

La mar nunca se hace esas preguntas, es una criatura anclada al presente, sin pasado y sin futuro. Ahí seguirá cuando ya no quede nadie para hacer fotografías y no le importará nuestra ausencia porque ni tan siquiera habrá sabido de nuestra existencia.

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