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Museo del prado

Unos segundos después de pulsar el obturador el niño levanta la cabeza, alertado supongo por puro instinto animal, y me descubre en el momento de guardar la cámara en la mochila.

Fuera de plano, a la izquierda de nuestra escena principal, le veo venir con una sonrisa enorme en la cara y ondeando al viento con orgullo un mapa en el que ya ha marcado la posición inicial del recorrido con la misma precisión que si se tratase del desembarco de Normandía.

Hay momentos de la historia que convocan a este tipo de personas: gente capaz de tomar decisiones y señalar un norte que nadie más vislumbra. Expertos en nadar contracorriente con la elegancia de peces particularmente estúpidos. Esa clase de tipos, en definitiva, que en tiempos de grandes guerras sacan todo su ingenio a relucir y rubrican con sangre ajena un par de párrafos en los libros de historia, pero en épocas de paz languidecen organizando aburridas excursiones de domingo al Museo del Prado.

Al levantarme para ir tras los pasos de mi Rommel me despido con la mano del niño anónimo y él, sorprendido por mi desconocido instinto maternal, se olvida por un instante del plano y me dice: ¿qué, quieres decirle algo?

Que huya ahora y no vuelva nunca la vista atrás.

Por suerte ya no me oye. Se ha entusiasmado con un enorme punto rojo trazado en el suelo en el que se hacinan un puñado de obedientes japoneses, y que marca punto inicial de la visita.

La vida es más sencilla cuando tienes un flamante plano lleno de flechas. Llega incluso una edad en la que ni tan siquiera importa donde hacia donde apunten: basta con la estúpida seguridad de saber que el camino lleva hacia alguna parte y que otros pasos antes que los tuyos lo siguieron con la misma convicción.

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