murieron los dioses

murieron los dioses

Murieron los dioses, los nuevos y los antiguos, el día que llegaron los hombres armados. Fusiles relucientes, rostros barbudos, ni un atisbo de piedad en ellos. Cada una de esas caras contaba una historia que no había nacido para ser escuchada.

Si la muerte tuviese un rostro sería la de aquellos espectros que aparecieron aquella mañana en el poblado.

Los pusieron en fila a todos bajo el sol inclemente del medio día. Una hilera interminable de niños desnudos. Los brazos levantados, esperando sin entender. Todos los que presentaban algún indicio de incipiente vello bajo las axilas fueron rematados a golpes con las culatas de los fusiles. Allí mismo, ante sus madres.

Los niños supervivientes fueron sacados a empujones, golpes, gritos y llantos. Estaban vivos porque era muy jóvenes, apenas unos críos, y no tendrían memoria de aquel día. Serán entrenados en el odio, tratados como prisioneros hasta que un futuro no muy lejano se conviertan en hombres barbudos que matan a niños desnudos con los brazos en alto.

Sin un atisbo de piedad.

Las mujeres fueron divididas. Las más viejas apenas valían nada, podrían morir allí mismo si aquello les diese alguna diversión. Irían a la intendencia, serían las criadas, lavarían la ropa y cocinarían para aquel ejército que solaba la tierra. Las más jóvenes eran un preciado botín de guerra. Esclavas sexuales vendidas al que pudiese pagar por ellas, sobre todo las vírgenes.

Algunas lo comprendieron al instante. Supieron adivinar su futuro en aquellos rostros cetrinos y decidieron sellar su destino allí mismo, ante los cuerpos de sus hijos. Se arrojaron crispadas sobre aquellas armas que relucían en manos expertas.

Ellas fueron las primeras en ser violadas.

Sus aullidos se escucharon por todo el valle y tardaron semanas en extinguirse. Sus gritos cayeron sobre la tierra como cae la simiente sobre la tierra maldita.

No quedaban dioses ni plegarias para conjurar aquella maldición.

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