la paloma de Churchill

Es un dato a menudo olvidado en los libros de historia que Winston Churchill iba a todas partes con una paloma subida al hombro. Una paloma torcaz bastante común, de color gris plomizo y mirada malévola a la que alimentaba con granos de maíz que llevaba siempre en los bolsillos.

Es a esa paloma, de la que no tenemos muchos más datos, a quien le debemos la redacción de los enfervorizados discursos de sangre, dolor, lágrimas y sacrificios sin final que Churchill declamaba con perfecta dicción desde la seguridad de su búnker de hormigón y con un billete de salida al lado -por si el curso de la historia lo colocaba en el lado incorrecto y tocaba batirse en retirada-.

Disculpad mi cinismo, es una deplorable costumbre que nunca logro domesticar. Soy consciente de la importancia de Churchill en nuestra historia reciente; sin su empeño casi suicida todos, al menos todos los que hubiesen sobrevivido, habrían terminado bailando el paso de la oca al ritmo marcado por el ridículo bigote de Hitler.

Pero mi cinismo, esa pequeña fiera montaraz, me dice que sí, que es cierto, pero que haría bien en desconfiar de esos líderes y próceres de la patria pidiendo sacrificios ajenos que para ellos serán, en el peor de los escenarios, ligeras incomodidades. Ya sabéis, a ti pueden matarte un hijo, ellos quedarse sin un café decente. Tú puedes encontrarte tu casa convertida en un socavón en el que ha desaparecido toda tu familia, ellos tener que vestirse unos zapatos con un agujero en la suela.

¿Veis la diferencia? Ellos juegan a las cartas contigo pero sin explicarte las reglas.

Llegas a una habitación llena de humo y un puñado de tipos trajeados te invitan a sentarte y te entregan unas cartas que empiezan a mover a toda velocidad encima de la mesa. Entre el humo de los puros dan golpes sobre el tablero, se insultan y maldicen de forma velada mientras quitan y ponen cartas en tus manos a un ritmo imposible de seguir.

Y ganan, claro, siempre te ganan. Es porque somos mejores que tú, te explicarán con paciencia y palabras muy sencillas. Somos más inteligentes, más fuertes, los orgullosos hijos de Darwin mirando sin miedo al futuro. Si lo piensas bien nos lo merecemos, concluirán tras repartirse las ganancias y empezar otra partida. Oh, vaya, mira esas cartas. Eres una persona muy afortunada, esta vez te ha tocado morir por la patria, el mayor honor posible. Ojalá alguna vez me cayesen unas cartas tan llenas de gloria pero, ya sabes, tengo que quedarme aquí, en mi búnker acorazado leyendo los discursos de la puñetera paloma.

En fin, no hagáis caso a mi cinismo, ya se ha tranquilizado y ronronea feliz al lado del fuego tras su minuto de atención. Yo sólo quería hablaros de ella, de esa paloma tan injustamente olvidada… ¿el resto?, el resto es historia, la historia de los vencedores, la única que queda grabada en piedra. Para los vencidos el polvo de la huida, las tumbas sin nombre y el olvido.

Y sí, la de hoy es otra pequeña pieza de la crónica londinense que he retomado con mi nula capacidad de ordenar las cosas siguiendo un calendario:

Por cierto, otro dato poco conocido: tras la muerte de Churchill sus pertenencias fueron sometidas a un saqueo muy disciplinado y acabaron repartidas en cientos de asociaciones, colecciones y museos de todo el mundo. Imaginad el susto de muerte que se llevó uno de los pobres empleados de una de ellas cuando, de un precioso gabán de Harris Tweed, comenzaron a brotar largas espigas provenientes de un grano de maíz olvidado entre las costuras.

Aunque finalmente el suceso se acabó silenciando, en su momento generó mucha división entre los que veían en esas espigas una especie de milagro o premonición -un aviso a las generaciones futuras exigiendo más sangre, más dolor y más sacrificios- y los que simplemente veían a la naturaleza siguiendo su curso inmutable e indiferente al destino de las criaturas que habitan en ella.

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