¿quién se acordará de vosotros?

Lo primero que vi al asomarme al Támesis, esa domesticada y tranquila imitación de un río, fue un pequeño grupo de rascacielos aglutinados contra la orilla. No era una ubicación casual, pensé entonces, parecían un grupo de marines que hubiesen desembarcado con la única misión de devorar los últimos restos de la historia.

Ahí estaban los rascacielos en esa primera fotografía. Presentando orgullosos las armas y mostrando con necio orgullo sus grúas, sus presencias amenazadoras y los socavones en el suelo que serían el germen de nuevas construcciones. Un avance que parecía imparable sobre los restos de edificios centenarios que serían sacrificados en el altar del Dios pagano de la modernidad que todo lo quiere más alto, más brillante, más rápido.

Mi segunda aproximación a esa orilla ocurrió al atardecer. Un ocaso azulado y sereno coronado por un viento que había barrido las nubes y traía de vuelta el olor a salitre de un mar no muy lejano. Me fije entonces en el otro lado de la foto, donde la catedral de San Pablo no parecía muy impresionada ni por las grúas ni por el avance de los rascacielos.

Entonces comprendí mi error: San Pablo no estaba asustada, en realidad encabezaba la resistencia contra los rascacielos con una especie de somnolencia retadora. Esos edificios modernos, ante la silenciosa presencia de la catedral, parecían ahora un puñado de pingüinos asustados y sin un lugar donde esconderse.

Llevo aquí trescientos años, parecía gritar la cúpula de San Pablo a las torres de cristal de los rascacielos, y aquí estaré dentro de otros trescientos. Pero de vosotros, pobres necios, ¿quién se acordará de vosotros en cien años?

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