carrusel

Los niños subidos ahí arriba, felices en su ignorancia en medio de todo ese tourbillón de luces, sonidos y colores. Los padres abajo, esperando pacientes a que sus hijos comiencen sus propias vidas. Y aquellos que no somos ni aspiramos a una cosa ni a la otra, observando la escena un poco incómodos pero sin poder dejar de contemplarla.

La vida va girando, nos expulsan de ese mágico carrusel y nuestros padres nos descubren su propia y aterradora mortalidad que anticipa la nuestra. Comprendemos entonces que ya nadie nos esperará para recogernos de nuestras caídas y besarnos las heridas.

Pero nada se detiene, la vida sigue girando y luchamos desesperados por volver a subir a ese carrusel donde nada había que hacer. Sólo dejarse llevar por ese calidoscopio de luces y colores.

Pero ya no hay consuelo en nada. La música se apaga, todo se apaga y nadie te espera al pie de las escaleras.

Imagina bajar del carrusel feliz y un poco mareado y no encontrar los brazos de tu madre para recogerte, para pasarte la mano por los cabellos y decirte que todo saldrá bien.

Esa inmensa soledad es la vida adulta.

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