leer,  mirar

el lenguaje de la naturaleza

La naturaleza siempre ha intentado comunicarse con los humanos.

Durante mucho tiempo fue fácil. Hablábamos el mismo idioma.

El vuelo de un pájaro.
La forma de una nube.
El movimiento de las mareas.
Una rama que cruje cuando no debería.

El mundo era un lugar nuevo lleno de señales, todo tenía significado.

Pero los humanos éramos una raza especial. No nos interesaba jugar a ningún juego en el que no pudiéramos ganar. Empezamos a cuestionar las viejas leyes, el orden establecido. Las reglas que habían mantenido todo en equilibrio durante millones de años.

Queríamos comprenderlo todo. Y, después, controlarlo. Queríamos reinar sobre el mundo, aunque para conseguirlo tuviéramos que convertirlo en cenizas.

La naturaleza sigue intentando comunicarse, pero es inútil: hemos perdido ese lenguaje común.

Ya no sabemos leer el vuelo de los pájaros.

Miramos las nubes y solo vemos nubes.

Escuchamos el viento y oímos viento.

Un bosque arde y buscamos una explicación.

El mar retrocede,
la tierra tiembla,
los animales desaparecen…

y seguimos esperando que alguien nos lo traduzca.

Así que la naturaleza ha tenido que cambiar de estrategia.

En algunos lugares,en mitad de la selva,en la falda de un volcán, aparecen señales.

Carteles.

Pictogramas.

Mensajes que, a primera vista, parecen no tener ningún sentido. Pero aparecen más.

Y más.

Como si alguien estuviera intentando aprender nuestro idioma. Como si, después de tantos siglos, la naturaleza hubiera comprendido que ya no somos capaces de entenderla.

Así que ahora nos habla como nosotros hablamos.

Con símbolos

Con advertencias

Con señales de peligro

Un último y desesperado intento de mostrarnos algo. Algo que quizá sea demasiado importante para ignorarlo.

Algo que quizá llevemos demasiado tiempo sin querer ver.


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