el cuaderno gris

Tu abuela insistía que era en aquella pared desconchada junto al mar donde habían fusilado a su marido y a dos de sus hijos en tiempos del general. Y que era allí mismo —justo donde caían los cuerpos— donde el general aparcaba su lujoso Fiat, todo cuero y cromados brillantes, desde el que saludaba orgulloso en los desfiles. Decía que el coche pisaba la sangre aún fresca de los caídos. Que los neumáticos, manchados con ella, dibujaban dos hilillos paralelos que recorrían todo el país, porque el general no descansaba nunca: lo atravesaba de punta a punta arengando, ordenando, fusilando. Dos hilos que pronto serían río, sentenciaba tu abuela. Y luego un océano donde acabaríamos ahogándonos todos nosotros, la generación maldita que no conoció la guerra pero cargaba con ella como un pecado original.
Lo soltaba de golpe, agotando el aire de los pulmones. Al terminar, su cuerpo se desplomaba vacío y sólo ardía algo de vida en sus ojos de un extraño color azul. Recuerdo eso, sus ojos, y en la barbilla el brillo de las gotas de saliva que habían salido disparadas en su delirio.
Para cuando la conocí ya nadie la escuchaba. Solo yo, que aparecía un par de veces por semana con algo de comida para oír, otra vez, el inventario de sus desgracias. A veces añadía detalles. Hablaba del hijo pequeño, cuyo delito fue enseñar a sumar a los niños. Un pecado imperdonable, porque el general no quería que nadie llevase la cuenta de los muertos. O del marido, aquel «idiota idealista» —decía ella con rabia—, que se inscribió en un sindicato con su nombre real porque no sabía mentir; otra condena a muerte en una época donde solo había lugar para el engaño.
¿Lloró alguna vez al contarme esas historias? Creo que no, al menos no lo recuerdo. Solo el odio parecía poder germinar en un corazón tan reseco.
Cuando fuimos a buscar sus cosas a la residencia nos entregaron un cuaderno de tapas grises que recibimos con sorpresa, pues siempre la tuvimos por analfabeta. Al abrirlo no encontramos palabras, sino una topografía del dolor. Las páginas estaban heridas. Eran trazos de un color ocre, seco, el mismo tono de la sangre vieja que se queda pegada a la piedra. Un puñado de curvas y picos esquizofrénicos se agolpaban en los márgenes, como el electrocardiograma de un demente o el sismograma de un terremoto que solo ocurrió dentro de su cabeza.
Eran surcos tan profundos que se podían leer con las yemas de los dedos; el lápiz había taladrado el papel con una furia física, rompiendo las fibras, dejando tras de sí jirones de celulosa. En algunas hojas, los trazos se amontonaban unos sobre otros hasta formar manchas negras, nudos de grafito imposibles de desatar donde la mano ejecutora se debió quedar bloqueada, atrapada en el mismo espasmo una y otra vez. En medio de aquel laberinto asomaba, de vez en cuando, una letra solitaria y absurda. Una «A» mayúscula, perfecta y aislada, o una «M» que se deshacía en un trazo largo hacia el vacío. Letras náufragas, faros absurdos en un mar de delirio. Más que un diario, lo que tenía entre las manos era un grito mudo fijado con grafito.
Me quedé con el cuaderno. Lo salvé de un destino que era el cubo de la basura, y aún hoy desconozco el motivo de ese gesto romántico tan alejado del pragmatismo que parece gobernar mi vida. A veces lo llevo al malecón y me siento frente a aquel paredón que sigue ahí, mirando al mismo mar de hace décadas, indiferente a eso que llamamos Historia.
Abro las páginas y dejo que el viento juegue con sus hojas heridas. Al tacto, el papel cruje como si estuviera hecho de huesos secos. Entonces, cuando la última luz del atardecer baña sus hojas, sucede algo extraño: las líneas vibran. Siento que el cuaderno intenta, con un esfuerzo agónico, escribir la historia que ella no supo articular: la crónica de los vencidos, de los que se quedaron sin voz y sin tumba, y que solo encontraron refugio en el odio y la rabia de una mujer que murió mucho antes de que se detuviera su corazón.
Cierro el cuaderno. El mar sigue ahí, indiferente.
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la Sombra del Guerrero
35 Comments
Patricia Plaza
Me
Patricia Plaza
No sé lo que he hecho arriba. Borrralo tú si puedes.
Quería decirte que el relato me ha cautivado.
Estoy leyendo a Nazareth Castellanos y habla de cómo las guerras de nuestros antepasados dejan huella en nuestro ADN. Y, bueno, tu relato me ha parecido que cuenta esto, pero muy bien contado. Me ha traído también de vuelta a algunos pasajes mágicos de Isabel Allende. Y luego la foto tan TAN para poner el punto y final a una historia que acaba en puntos suspensivos.
Andrea
Dicen por ahí que la memoria es traicionera. Cuando va pasando de cabeza a cabeza se pierden detalles, pero la verdad permanece, sobre todo cuando duele tanto…
Me ha gustado muchísimo. 🩷
Alfred Comerma Prat
Pensaba que ibas a soltar algo a lo Pla, o sobre él. Y me encuentro con este desgarrador homenaje a la gente sin voz; ella sufre todas las maldiciones de los humildes sin voz. Creía que el final de cuaderno era el mar, pero mejor dejarlo como seco grito, testimonio del horror.
Bonsai con Bayoneta
Muy buen texto. Da hasta envidia.
BDEB
Tus letras hoy traspasan al interior y tocan la fibra. Me has hecho recordar a una abuela que a pesar de ser cariñosa no recuerdo su sonrisa, siempre un semblante serio y triste. No tenía cuaderno pero si lo hubiese tenido a mí también me hubiera gustado conservarlo, esa imagen al lado del mar…ya sabes.
¿La imagen?… qué te voy a decir 😉
Un abrazo enorme Beauseant.
Joselu
El texto es una herida abierta en la memoria colectiva: en esa pared desconchada junto al mar se concentran todas las injusticias, los silencios y el rencor petrificado de una España que no supo llorar a sus muertos. Al leerlo, pienso en mi tía, monja humilde, torturada y asesinada en una cheka madrileña; sin tumba, sin nombre ya. Su dolor, el de tu abuela y el de tantos, conforma un mismo llanto que atraviesa generaciones.
La guerra civil fue una tragedia sin vencedores morales: si los papeles se hubieran invertido, el horror habría cambiado de signo, no de naturaleza. En esas páginas surcadas por la furia de una mujer sola, percibo el temblor de una tierra que aún no encuentra paz, ni consuelo. Cuánta razón había en sus “dos hilos paralelos” de sangre convertidos en río y océano: seguimos navegando sobre ese mar de rencor sin aprender la lección.
Tu relato me conmueve profundamente. Ojalá que, al nombrar y recordar, podamos disolver tanta oscuridad heredada. No más guerras, no más partidos que siembren odio. Solo el deseo de que ninguna pared, junto al mar o en el interior del alma, vuelva a empaparse de sangre.
Saludos.
Mónica Frau
Conmovedor. Profundo. No puedo agregar algo más que no opaque los sentimientos que has conseguido hacer brotar. Un abrazo
Frodo
A veces intentamos atesorear la melancolía, el paso del tiempo, los sentimientos en cuadernos, en lienzos, en papel fotográfico. Lo hacemos por unos momentos. Pero nada es para siempre, el mar sigue ahí.
Estos días estuve paseando por la Costa Atlántica que tenemos por aquí a unos 300 km de Buenos Aires (que en la llanura pampeana parece cercana) y me econtré con algunas casas frente al mar en venta, que corren peligro por la crecida del mar… todos sabemos que no van a poder venderlas al precio que piden, todos sabemos lo que tarde o temprano pasará.
Abrazos, Beau!
Beauséant
A veces me pasa, Patricia Plaza, que se va la tecla y publicó a medias. Una guerra es una herida tan profunda, me da igual el bando elegido por los familiares, que acaba impregnando a todos los que llegan detrás. Si hablamos de una guerra civil, esa herida, además, supura odio por el de al lado. Muchas gracias por tus palabras, cuando escribo algo un poco largo y confuso siempre tengo dudas de si habré logrado explicar algo…
Muchas gracias, Andrea, me alegra que te haya gustado. Tenemos la verdad que nos han contado, la que ha pasado de generación en generación y que tardamos mucho en cuestionar -algunas personas nunca la cuestionan-. Y luego tenemos esa verdad que es la que nos “pica” dentro, la que nos dice, yo creo que esto era así, o siento algo que lleva la contraria a esa verdad “impuesta”.
Uno de esos cuadernos de color plomo con hojas amarillentas que crujían al pasarlas.. Alfred Comerma Prat, quizás el de Pla era así, eran muy comunes, al menos así los recuerdo. Creo que era mejor conservar el cuaderno, ¿quién sabe?, lo mismo alguien logre descifrar las palabras que nunca logró pronunciar y tenga voz, por fin, los que fueron acallados.
Vaya, Bonsai con Bayoneta, eso es todo un halago, muchas gracias 🙂
Una generación demasiado seria, BDEB, les impusieron demasiadas cosas, nadie les preguntó nada y siempre había alguna amenaza sobre sus cabezas. Llevaron esa tristeza como muchas abuelas llevaron el luto, durante demasiados años con un peso demasiado grande.. El mar, al menos, quizás lograse quitar algo de sus pesares. ¿La foto?, cuando vi el coche frente a esa pared, no sé, algo me hizo click, empecé a escribirlo en ese momento… a veces me pasa 😉
Quizás eso es lo peor, Joselu, el no poder llorar a los muertos. Soy una persona muy desapegada, no creo en cementerios ni en ceremonias, pero sí entiendo ese dolor, ¿verdad? El tener un lugar, una explicación, algo a lo que aferrarse. Crecer sin saber qué ocurrió con tus padres, con tus abuelos, de alguna forma te deja una vida mutilada.
Los que pudieron elegir bando, los que fueron arrastrados a un lado o al otro, todos ahogándose en esos dos hilos de sangre que crecieron y crecieron hasta ahogarnos a todos… Lo peor no es el horror, no sólo el horror, es la ganas que parecen tener muchas personas de repetirlo. Demasiados paredones, demasiadas cunetas para que siempre ganen los mismos y el resto se quede sin voz.
Gracias
Muchas gracias, Mónica Frau, me alegra mucho, a veces salen textos más largos y no tengo palabras para decir lo mucho que agradezco las molestias de leerlos.
Nada dura, ¿verdad?, Frodo, todo lo que creemos eterno es apenas un parpadeo, por mucho que nos aferremos. Lo son nuestras vidas, lo son nuestras pequeñas creaciones, pero también las grandes obras de la pintura, de la escultura, los edificaciones que creemos eternos… Nada, no serán nada, tardarán un poco más pero hasta ellos llegará el mar… En España ocurre lo mismo con muchas edificaciones del levante, pero aquí hemos peleado durante muchos años, tirando arena, montando diques de hormigón mientras el mar se reía y esperaba su momento… ¿No tendrás fotos?, lo has descrito de una forma que me gustaría hacerlas un poco más eternas tus palabras 😉
Karen M. Paramio
Yo estoy tan tocada que no encuentro las palabras, salvo: gracias.
Eva
A veces he pasado por lugares que guardaban el dolor y lo he percibido. No importa dónde, en qué guerra, en qué bando… tu relato es estremecedor hoy, Beauseant, porque nos resulta cercano, aunque no lo hayamos vivido de primera mano y no tengamos un cuaderno del horror que nos lo cuente.
POETAS EN LA NOCHE
Me ha encantado y emocionado mucho lo que has escrito… sobre todo esa imagen del coche pasando por encima de la sangre, se queda ahí.
Y lo del cuaderno… es como si todo lo que no pudo decir se hubiera quedado atrapado dentro. Da cosa hasta imaginarlo.
La abuela… tiene algo que se te mete dentro al leerla.
Genial!!
Feliz noche. 🌷
José A. García
El mar permanece, indiferente testigo de nuestras tragedias.
No hubo guerra civil en Argentina, como algunos quieren hacernos creer, hubo una masacre de unos pocos contra todos los demás. Y esos pocos ganaron, siempre ganan.
Saludos,
J.
Citu
Me gusto el relato un poco melancólico. Te mando un beso.
el Fantasma
Lo peor de todo es cuanto se ha perdido por tan solo el miedo a contarlo. Y no lo digo de oídas.
¿Odio?
Sí.
Lo que ocurre es que terminaríamos por ponernos al mismo nivel. Y entonces si que este puto mundo estará perdido del todo.
Cabrónidas
Lo triste es que la guerra no ha acabado. Ahora se libra en los platós de televisión; en las emisoras de radio y en las redes sociales. Tan solo han cesado las torturas, los fusilamientos y los disparos. Ahora hay nuevos adeptos a la causa roja y azul; hijos y nietos cometiendo el mismo error de padres y abuelos.
Beauséant
Gracias a ti, Karen M. Paramio, me alegra mucho compartir algo y encontrar alguien al otro lado, ya lo sabes.
Algunas personas parece que lo olvidan, Eva, pero creo que cualquier persona con un mínimo de sensibilidad es capaz de captar esa esencia que queda atrapada en algunos lugares. Y, claro, un poco de inteligencia para saber que no debemos repetir esos pasos porque los de abajo nunca sacaremos nada bueno de una guerra, sólo hambre miseria y muertos, miles de muertos que lubriquen los engranajes de la historia.
El cuaderno, POETAS EN LA NOCHE, supongo que representa eso, el grito ahogado de los que no tuvieron voz, el relato escrito de los que no tuvieron medios ni capacidad para escribirlo. Casi un objeto vivo y con las heridas abiertas para quien quiera leerlas. Muchas gracias por tus palabras.
En España algo parecido, José A. García, unos ganaron la guerra y ganaron la posguerra, y el resto, a un bando y al contrario, perdieron -unos perdieron mucho más, claro-, pero ninguno pudo sentarse en la mesa de los ganadores porque sólo eran carne de cañón. Y fuera, en esa Europa que revindicamos, todos frotándose las manos y viendo como probar armamento con los muertos de otros.. se parece tanto a la guerra de ucrania que asusta. Ganan, siempre ganan, esa es la única verdad.
Se nos ha colado un poco de melancolía, eso es cierto, Citu, muchas gracias.
En algún momento conviene cortar la cadena del odio, el Fantasma, no sé si sería capaz, pero creo que es necesario. Cuando oyes hablar de algunas victimas de ETA me asombra esa capacidad que tienen de poder romper esa cadena, cuando lo normal sería pedir venganza. Por suerte aún hay gente que es capaz de hacerlo, cierto.
Me temo que es algo cíclico en el ser humano,Cabrónidas, una generación sufre los horrores y los transmiten a los que llegan después, pero algún punto esa transmisión se rompe y olvidan lo ocurrido. Entonces vuelven los de siempre a agitar un avispero sabiendo que saldrán ganadores aunque lo hagan reinando sobre un montón de cenizas….
Dalianegra
Qué maravilloso y terrible relato!!!
Me has conmovido.Una vez más.
Gracias!!!***
Carlos Perrotti
Emociona, mejor dicho conmociona, tu historia a la par de tu destreza para narrarla. Chapeau!!
Abrazo hasta vos!!
Miquel
Me ha gustado mucho, de verdad.
Un saludo
Judit C.
Yo también me habría quedado con ese cuaderno.
Me gustaría que hubiera una manera de que esas abuelas y abuelos pudieran transferir toda su memoria llena de dolor, horror y pena a esas personas que olvidaron la historia o que simplemente no les importa.
Que pudieran tocarlos simplemente y pudieran sentir en su cuerpo (como si de una película de ficción se tratase) una descarga de miles de sentimientos. El miedo sobre todo. El odio llevado de generación en generación. Pero sobre todo el dolor de las pérdidas y del olvido.
Piel de gallina Beau…tu manera de escribir siempre va directo al corazón…
Un abrazo gigante
Toro Salvaje
Jo…
Me duele.
Cuánta injusticia, cuánto horror…
Ufffffffffffffff
Cuánta miseria moral en los vencedores.
Aquí, en el Forum, hay un monumento con los nombres inscritos de cientos de fusilados.
Cada vez que paso por ahí me detengo y leo algunos nombres al azar….
Y pienso en ellos, en sus familias, en sus descendientes… y me da una pena… ufffffffff
https://metropoliabierta.elespanol.com/vivir-en-barcelona/20250129/el-forum-esconde-un-homenaje-mas-de-fusilados-del-franquismo-fue-centro-ejecuciones-en-barcelona/920158097_0.html
Gabi C S
Es la abuela de Munch?
Abrazooo
Ángeles
Me parece obligatorio destacar dos imágenes de este texto: “un grito mudo fijado con grafito”, y “el papel cruje como si estuviera hecho de huesos secos”. Son crudas y al mismo tiempo líricas, me han encantado.
Y por supuesto, yo también habría conservado el cuaderno. Como dice Sasha Abramsky en La casa de los veinte mil libros, “las palabras no se tiran”.
Saludos!
Doctor Krapp
Hermoso homenaje. Me has hecho recordar un muro semejante al que llamaban el Campo de la Rata, mirando al Atlántico donde aquellos heroicos patriotas practicaban el tiro al blanco o al rojo. Mi padre un adolescente dentro de aquellas celdas, oía los disparos cada noche y se preguntaba quien echaría de menos al día siguiente.
Beauséant
Muchas gracias, Dalianegra, me alegra haberlas compartido.
Una historia, me temo, Carlos Perrotti, demasiado “común”, muchas gracias por tus palabras, era una historia que quería contar.
Gracias, Miquel, me alegra leerte 🙂
Algunos objetos se convierten casi en obligaciones morales, ¿verdad?, Judit C., casi un poco como una maldición de la que te tienes que hacer cargo. Demasiadas personas mudas, demasiadas historias que no fueron contadas y, sí, eso que comentas, el odio que pasa entre generaciones. Esa necesiad de tú debes odiar porque yo odio.. Es imposible vivir así.
No lo conocía, Toro Salvaje, y me extraña que no lo hayan querido quitar, la verdad. Son vidas truncadas, seguro que la mayoría se merecían algo mejor que una muerte anónima en nombre de unos ideales. Me pasa algo parecido con los nombres de los cementerios, leo los nombres, calculo las fechas… invento historias, quién sabe, así lo mismo no mueren del todo.
Esa es muy buena, Gabi C S, un grito mudo casi, casi a punto de ser real…
He caminado un poco en esa línea, Ángeles, buscaba el lirismo, pero no quería caer en lo “blando”, ya me entiendes (creo)… Para mi la palabra escrita es algo sagrado, como si algo, simplemente por estar escrito, ya tuviese un componente de verdad. Creo que nunca he tirado un libro, ni los rotos, los puedo regalar y relegar al olvido, pero nunca tirar.
Y esos, Doctor Krapp, son los conocidos, los que lograron hacerse un hueco para escapar del olvido, cada guerra engendra sus propios lugares del horror… Imagina la vida de los lograron escapar de allí con vida sin saber el motivo, esa sensación de alivio y culpa… Qué horror.
Marisa Alonso Santamaría
Me ha emocionado mucho tu relato, Beauséant.
Espero que tengas un buen día.
Yo celebrando la primavera en mi ventana.
Un beso
Milena
No se aprende, no aprendemos, ¿no aprenderemos?… es una terrible calamidad que contrasta con el ritmo del viento, de las olas olas, del mar
Sabius
Conmovedor y emocionante. Me quedo sin palabras. Excelente narración. Saludos.
Beauséant
Muchas gracias, Marisa Alonso Santamaría, me alegra mucho leerte, y saber que la primavera ya se acerca…
Creo que no, Milena, no aprendemos, nunca aprendemos. Tropezamos con las mismas piedras y, aún peor, a veces nos colocamos esas piedras ante los pies para tropezar con ellas…
Etienne
Los eventos con extrema violencia (una guerra, una dictadura, un enfrentamiento), dejan indelebles secuelas en quienes participan y en quienes esperan en casa. Algunos sobreviven con el odio como combustible, aunque como bien dices, dejan de vivir mucho antes de que se les pare el corazón.
El texto es profundamente conmovedor, aún para quienes no hemos experimentado esas vicisitudes; es claro y contundente, sin dejar la belleza literaria que se suele encontrar aqui 🙂
Beauséant
Es un tema que me resulta complicado porque, Etienne, entiendo el odio, claro que lo entiendo. Una parte de mi ha desterrado el odio en casi todos los aspectos de su vida, pero no sé si se pueden atravesar ciertas situaciones y que el odio no lo arrase todo hasta impedirte vivir. Por eso, creo, es importante no olvidar, aprender, leer, reflexionar sobre ciertas situaciones. Cada guerra, cada dictadura, si las miras traen casi siempre los mismos resultados… Entiendo que los de “arriba” a veces agiten esas banderas y quieran esa sangre, lo que me sorprende es que los de abajo aceptemos esos discursos sin comprender que nos va la vida en ellos….
Me alegra mucho que te haya gustado la “literatura”, ya sabes que, para mi, es lo primero que intento buscar…
MJ
Conmovedor. Un giro el descubrir una libreta escrita a la manera de quien no conoce las letras, pero que quería expresarse y contar sus sentimientos, describir sus heridas. Están las palabras, pero también hay otras formas de contar las cosas. Esta abuela las encontró.
Beauséant
Imagina, MJ, lo que debe sentirse, tener tanta rabia, tanto que decir, y no encontrar la forma de hacerlo. En la historia de este país, y en la de tantas otros, hay personas a las que les negaron el derecho a contar su historia.