leer

conmigo

Tiene diecisiete mensajes sin leer, me recuerda un globo en la esquina inferior de la pantalla con forma de diálogo de comic. Pero me lo dice, of course, en inglés. En los formularios internos y en las arengas de los directivos lo dice muy claro: somos una empresa de vocación internacional. Por eso todos nuestros informes se encuentran plagados de assets, targets, currency, ASAP, y otro montón de palabras que los manchan como un millón de moscas defecando con furia sobre un mantel de lino.

Me duele la cabeza. Un dolor que late sordo tras los ojos. Apago con rabia el ordenador y salgo al pasillo donde una mullida alfombra borra mis pasos, y un puñado de luces de emergencia guía mi camino de baldosas a amarillas hasta la conserjería donde habita el guardián del edificio. Esta vez no me lanza un saludo ritual desde la seguridad de sus dominios y viene hacia mi con un sobre en alto. Lo trajo un mensajero, dice mientras lo sujeta con los dedos y hace amago de ponerlo sobre mis manos. Casi se ha desprendido de su carga, pero yo lo miro sin entender y algo en mi interior me impide recibirlo.

Es un sobre color crema, las malas noticias nunca vienen en un sobre de ese color, pienso estúpidamente. Pero, aún así, sólo puedo extender mis brazos unos centímetros hasta casi tocarlo. Tiene su nombre, insiste el conserje incomodo sin saber como convencerme. Al final, con gran habilidad, lo deja caer y por puro instinto me veo obligado a recogerlo. Al levantar la cabeza el conserje ha desaparecido y me ha dejado a solas con el trozo de papel.

Nos miramos desafiantes y el sobre parece ganar la primera partida porque no soy capaz de abrirlo. Postergo ese momento mientras le doy la vuelta sin encontrar el remitente; en su lugar hay la lista de de ciudades por las que ha pasado en mi búsqueda. Como un perro de presa la carta ha recorrido media Europa, de sucursal en sucursal, tras mis pasos. Algunas veces, compruebo al repasar la lista de lugares, he logrado escapar por menos de dos días a las iras del Dios de la papiroflexia. Parece obvio deducir que estábamos predestinados a encontrarnos en algún momento y lugar.

Al abrirlo descubro una cartulina plagada de esas letras que pretenden ser desenfadadas pero valen su precio en tinta al pasarlas al papel. Es una invitación de boda con forma de tríptico; la primera parte es una mapa de una iglesia en una ciudad que reconozco de inmediato: ella siempre quiso casarse allí. Aunque el tiempo ha doblegado la realidad que era, hace ocho años, ella siempre quiso casarse allí, conmigo. Por más que el ahora haya desterrado a ese conmigo de la oración y lo haya sustituido por otro pronombre personal que me resulta ajeno. Sólo para estar seguro, soy un tipo metódico, despliego el resto de la invitación y releo el nombre un par de veces. No, no soy yo, seguro. Sólo es un apellido Alemán que no conozco de nada.

Todos sin excepción somos supervivientes de algún naufragio. Algunos logran llegar a una isla desierta y enseguida lo llaman hogar y afirman estar felices allí. Otros fingimos estar siempre de paso y no dejamos de trazar enajenados planes de huida para justificar nuestra existencia. El tiempo ha demostrado lo acertado de la primera opción, pero sólo si logras sostener la fantasía el tiempo suficiente.

El guardián me mira desde su garita extrañado de ver mi figura allí, parada en medio del vestíbulo. No estoy transmitiendo la imagen adecuada. Representamos a los ganadores, la cima de la pirámide alimentaria en esta empresa. Un simple sobre, color crema, no puede cimbrearnos hasta rompernos, o al menos no en público. Cincelo una sonrisa ganadora y guardo el sobre en lo más profundo de mi abrigo, lo abrocho con brío y pongo rumbo a la salida donde caigo en brazos del viento y el frío que me azotan sin piedad.

A la derecha, mi casa, digno catalogo de IKEA, con un montón de aparatos eléctricos que tintinean sin pausa en la oscuridad para recordarme mi soledad. En la izquierda, la zona vieja, erigida ahora en estandarte de la modernidad y el buen gusto una vez erradicadas las prostitutas y los ancianos con sus pensiones y moteles ruinosos que han dado paso a locales convertidos en parques temáticos. Y en ellos, como figurantes de alguna representación, se hacinan gentes sin pasado y camareros que corren prestos con sus camisas negras a buscarte un taxi cuando la penúltima ginebra borra el último grado de conciencia de los Ulises cansados.

Izquierda o derecha. Ni Hamlet se enfrentó a tan terribles decisiones. Paro un taxi y me deslizo en su interior cálido y acogedor como el útero materno.

– ¿Dónde le llevo? . me pregunta Caronte desde la oscuridad del asiento delantero y, justo en ese momento, tomo una decisión preñada de esperanza.

– ¿Qué le parece si retrocedemos en el tiempo y nos vamos ocho años atrás?

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