caminando en círculos

Dónde iremos a parar caminando en círculos. Nos aferramos a nuestra última oportunidad como fieras afilando los colmillos. Dónde iremos a parar calculando el vértigo de los sueños que quedaron detenidos.

El calor de la pista nos envuelve y proyecta espejismos de plata sobre el asfalto. El cielo es un cuadro de Turner lleno de nubes que no van a ninguna parte y se disuelven plácidas en la distancia.

Nos miramos sin palabras y te veo ensayar una tímida sonrisa en mi dirección. Después te pusiste el cinturón con gesto firme y me dijiste: ey, nadie podrá con nosotros.

Te devuelvo la sonrisa envuelta en el final de la frase, pero estuvieron muy cerca ayer.

Entonces sí, sonreíste con superioridad y ahí fue cuando comprendí que estabas atemorizado. Siempre intentando hacerte el valiente, siempre buscando una sonrisa en los bolsillos. Cuántas veces más nos buscaríamos la vida queriéndonos lamernos las heridas.

El piloto nos habla desde las alturas en un idioma incomprensible como la mismísima voz de Dios recorriendo con un zumbido eléctrico todo el fuselaje. Un último rayo de sol se abre paso a través de las ventanas de plástico y todo tiene ese aire de premonición, de algo a punto de cambiar a nuestro alrededor.

Duelen las heridas invisibles y no podemos hacer más que esperar a que culminen la escena mortal, antes de sobrevivir pisando tierra firme.

El avión acelera los motores y devora la cinta inmensa de la pista. Todo ruge, todo tiembla alrededor. En nada romperemos esas nubes tan quietas que no van a ninguna parte, quedarán atrás junto a todo lo demás. Nadie podrá detenernos, nadie podrá con nosotros.

Somos kamikazes enamorados. Como pistoleros de sangre caliente… juégatela un poco, valiente.

Todas las frases en cursiva pertenecen a canciones de Quique González que fueron saltando en modo aleatorio durante el vuelo.

Un vuelo Dallas-Memphis, por supuesto.

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