el año en que conocimos la nieve

el año en que conocimos la nieve

Éramos como dos gatos observando desde la ventana el desastre que se nos venía encima; juntábamos las cabezas, estirábamos perezosos nuestros cuerpos y dejábamos que los calendarios nos acechasen sin conjurar un motivo para la rebeldía.

Todo cambiaría el año en que conocimos la nieve. Ese año decidimos que era el momento de apostar muy en serio en contra de nuestras siete vidas.

Allí, en las montañas, dijiste la noche que escapamos, el aire es tan frío que cuesta respirar.

Éramos pobres aún sin ser conscientes de nuestra pobreza y la vida, nuestra vida, ya entonces estaba planteada como un largo sprint del que nunca saldríamos vencedores. Teníamos un Renault que habíamos logrado rescatar del desguace y un puñado de guías que había dejado tu padre al morir como una lista de tareas pendientes. Las guías estaban plagadas de señales y símbolos grabados al borde los mapas. Tu padre, comprendiste al verlos, había muerto sin ver la nieve. Una decepción más en una vida que sólo parecía creada para acumular desastre tras desastre.

Las derrotas de los padres siempre acaban en manos de sus hijos que rara vez saben como manejarlas.

El coche bufaba, el coche gruñía y la palanca de cambios saltaba esquizofrénica, pero se negaba a entregarse a una dulce rendición. En su penúltimo estertor seguía buscando la épica de una muerte digna sobre el asfalto.

La nieve sólo es agua, pero si intentas beberla puedes morir deshidratado.

Casi siempre pasábamos las noches dentro del coche. Febriles y medio alucinados consultábamos mapas con las direcciones cambiadas y señales que no apuntaban a sitio alguno. Una noche dormimos en una casa abandonada. A ti te visitaron todos tus fantasmas, yo no deje de escuchar un teléfono sonando en la lejanía.

Si prestas atención cualquier cosa acaba siendo una señal.

El Renault derrapaba en cada curva, las luces del salpicadero lanzaban al éter señales de auxilio codificadas en morse.

Descifre el mensaje: la carretera quería atraparnos, hacernos desaparecer. Condenarnos a la vida de nuestros padres, la vida de los que nunca fueron nadie.

A veces pienso que lo hizo, que nunca llegamos a ver la nieve. Que en alguna de todas esas curvas el viejo coche decidió despeñarse con nosotros dentro y todo eso que hemos llamado vida desde entonces sólo es una mentira de la que, con suerte, algún día despertaremos.

Quizás entonces sepamos hacerlo mejor. Quizás entonces sea cierto y al final de ese largo sprint haya besos y aplausos para los perdedores.

13 thoughts on “el año en que conocimos la nieve

  1. Escribes taaan bien y sin embargo es tan descarozanador y amargo el regusto que deja leerte – en largo o en corto- que me pregunto qué lleva a alguien inteligente y con altas capacidades como es tu caso a sentir la desilusión y escepticismo vital que destilan siempre tus letras… me lo pregunto en tu caso y siempre q siento, mastico y huelo la infelicidad en letras… aunque sea ficción. Lo siento mucho… q sientas así. Lo que escribes es un gustazo para los que tenemos la suerte de leerte.
    Para qué queremos aplausos y besos al final?.. mejor durante, pero estate seguro de una cosa, si los hay al final es que nadie pierde 😉

    Cuídate mucho por favor!…es una orden!

    😉

  2. Los blogs, María, sirven un poco de terapia. Son una magnífica forma de tener un patio de recreo para todos esos demonios que arañan bajo la puerta intentando escapar.

    ¿la verdad?, no me considero una persona triste, quizás sí desencantada, pero no creo que eso sea malo, simplemente que haces las cosas por hacerlas, no porque esperes que salga algo de ellas. Creo en la pelea diaria, creo en perseguir las cosas, pero cuando no salen como espero me digo que eso, el que las cosas no salgan como uno quiere, es lo normal, lo raro sería lo contrario… no llamaría a eso tristeza.. o sí, no lo tengo claro 😉

    Las letras dicen muchas cosas, mucha, pero sí, si juntas todas seguro que no distan mucho de la realidad 😉

    Sabía, Toro Salvaje, que si alguien hacía el chiste sería usted 🙂 por eso dejé la foto con un vw y en el texto puse renault, si es que… Aunque eso sí, creo que eso del turbo y las curvas era una leyenda urbana, el problema era la conjunción del poco peso, la mucha potencia y el escaso cerebro de algunos conductores…

  3. No, no.. me expliqué mal si has entendido que noto tristes tus letras, no, justamente eso q me cuentas… llenas de desencanto y escepticismo, de hecho creo que tienes un humor muy sutil q me gusta mucho. Q no esperes nada de lo q haces es bueno, así no habrá desilusión. Disfruta haciéndolas, eso es lo único importante.

    Desde luego a nosotros nos haces disfrutar un montón! gracias.

  4. Un gusto conocer tu espacio.
    Tu narración me encantó…

    …si prestas atención cualquier cosa acaba siendo una señal…

    Abrazos.

  5. “Las derrotas de los padres siempre acaban en manos de sus hijos que rara vez saben como manejarlas.”

    Es cierto, una humareda que se adhiere a la piel desde la cuna, y con ella algunos besos en la memoria y desmemoria para intentar redimir con ellos al des(a)tino.

    Un placer leer lo que vas hilvanando con palabras y sensaciones.

  6. Escribes sabiendo que lo haces con aquellos recuerdos ingratos, y no tanto, los hijos siempre miramos el proceder de nuestros Padres, que quizás nunca pudieron sobresalir de ese largo listado que la vida trae aparejado para cumplirlo a rajatabla. Eres muy bueno y tu relato sobresale, me alegro poder leerte.
    Abrazo

  7. Muchas gracias, María.. a veces me pongo a la defensiva, pero te entendí bien, tranquila 🙂 no estoy seguro de tener sentido del humor, al menos nadie parece reírse mucho a mi lado..

    Un placer verte por aquí, Adriana Alba, me gusta ese nombre… Quizás eso sea una señal 😉 Cualquier cosa, hija, cualquier cosa puede serlo…

    Ser padre debe ser una sensación abrumadora, Athe, es tanta la responsabilidad y tan pocas las herramientas con las que te puede enfrentar a ello. Son herencias que se quedan pegadas, que no ves que están ahí hasta que un día, zas, en cuanto bajas un poco la guardia te sorprenden a traición… Cuesta mucho adivinarlas y no tomarlas muy en serio, al fin y al cabo debemos perdernos en nuestros propios caminos, ¿no?

    Sé que soy demasiado cruel con ellos, María del Rosario, al fin y al cabo esto no deja de ser una ficción, pero es cierto, son nuestro primer modelo a seguir, los que moldean nuestro mundo y cuesta mucho comprender que no eran perfectos, que se equivocaron algunas veces y, bueno, que incluso podían ser humanamente mezquinos… Muchas gracias por tus palabras, ayudan.

  8. “dejábamos que los calendarios nos acechasen sin conjurar un motivo para la rebeldía”

    Cuantas veces nos dejamos atrapar por la cotidianeidad, como si que los calendarios se repitan, fueran en realidad el conjuro para que nosotros repitamos sin plantearnos que podemos hacer las cosas de manera diferente incluso cuando son las mismas. No nos revelamos, puede que porque la domesticación a la que nos van sometiendo día tras día tenga unos efectos secundarios muy superiores a los que somos capaces de imaginar.

    Tus escritos guardan mucha sabiduría en cada frase, es como si las dejaras al azar, bellas pero llenas de contenido.

    Un fuerte abrazo.

  9. De alguna manera esta narración me recuerda las cosas que he estado publicando en último tiempo para liberarse de los patrones mentales y emocionales inconscientes que nos han heredado la familia. Sin duda el que queden cosas pendientes, son cosas que hay que solucionar para sentir que no estamos inacabados, viviendo la vida de otro que no somos nosotros mismos. Vivir así es duro, complicado, insano e injusto, pero así actúa el inconsciente familiar y así, me parece, lo permite el universo como la oportunidad de reparar dichos programas para que no se sigan perpetuando en nadie y la sangre y la memoria y la historia misma se sanen.
    Gran narración.

  10. Gente que aprende, Isaac, o gente que acepta. A veces las cosas, simplemente, vienen de una determinada forma, con las cartas marcadas y no se puede hacer mucho más.

    Mucho tiempo sin verte por aquí, Brisa, gracias… sí, creo que es lo que dices, nos acostumbramos a la rutina porque, supongo, en el fondo no nos gusta que nos hagan pensar. Es más cómodo dejarse llevar y, si vienen mal dadas, culpar a las circunstancias. Y sí, lo aceptamos sin pensar en las consecuencias de nuestros actos. Un abrazo.

    Me ha resultado curioso, kadannek, porque al leerte pensaba que, de dos maneras distintas, en muchos casos hablamos de lo mismo. En este caso escondido en historias, digamos, más literarias. Al vivir vamos llenado una mochila de un montón de cosas, el problema es que esa mochila rara vez viene vacía, muchas veces la cargamos con las cosas de los que llegaron antes de nosotros…

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