la chica triste

Cada día me suicido un poquito, no mucho, lo justo para hacerme soportable al otro lado del espejo cuando me despierto por las mañanas. Soy tan cobarde que con ese ritmo me costará toda una vida morirme, pero no tengo prisa.

Me gustaría desaparecer, fundirme en algo mejor. Me habría encantando fundar una cuidad con mi nombre, un sitio al norte de todos los mapas y que estuviese siempre nevado, ¿te imaginas?. Pero nadie abandona una vida construida con tanto esfuerzo para intentar algo más grande, ¿verdad?

la chica triste

Era tan cierto todo lo que decía como cierto era que no sabía que hacer con nada de todo aquello. No había manera alguna de encontrar la estantería donde poder colocar esas palabras para poder clasificarlo. O quizás no clasificarlo, pero sí al menos situarlo en el lugar de las cosas conocidas como una barrera contra ese olvido que se impone sobre los días.

Al final ella tenía razón: sólo nos acordamos del nombre de los barcos que se hundieron.

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el cantante

El cantante toca cada noche en ciudades que no conoce para un público que se aferra a los acordes como enfermos colgados a sus botes de pastillas.

el cantante

Nos movemos al ritmo de una música que nos traslada a otros lugares, otras vidas que creímos vivir. Aunque quizás no sean más que simples reflejos de nuestros sueños distorsionados, cerramos los ojos y nos hundimos en un breve momento de escapismo, un instante efímero donde todo parece encajar en su sitio.

El cantante nos mira desde las alturas, mueve la cabeza y empieza a descifrar con su voz el rastro dejado por nuestras viejas cicatrices. Lo hace con el cansancio inabarcable de un anciano que dictase su biografía en el lecho de muerte.

Cuando empuña su guitarra y nos empuja el último bis parece infinitamente triste. Una tristeza dócil y pegagosa como un dulce rendición.

En la otra esquina de la ciudad una mujer agoniza mientras abraza la portada de su último disco. Hay algo de verdad rotunda e incontestable en los gestos de un suicida, y ella ha elegido que su último instante en la tierra transcurra envuelta en una canción que habla de una chica triste que piensa seriamente en su reencarnación.

Todos nos sentimos un poco fuera de lugar cuando se encienden las luces de la sala y unos tipos aburridos nos arrastran con firmeza hasta el exterior. Parpadeamos, ciegos e indecisos y nos miramos un poco avergonzados ahora que se ha roto el extraño vínculo que nos unía.

Alguien me pasa un cigarrillo que enciendo sin ganas y agradezco con un gesto. La mayoría nos conocemos de vernos en otros conciertos, nombres, caras y gestos fáciles de olvidar. Entre todos ellos compruebo que no aparece el de mi vecina de un piso más arriba. Una mujer pequeña y agradable que parecía estar siempre camino de otro lugar y a quien había dejado el último disco unos días atrás.

Había prometido acercarse al concierto, pero quizás encontró cosas mejores que hacer.

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el final del camino

El final del camino es un inmenso mar del que ya no se vuelve y al que te enfrentas con las manos desnudas y en completa soledad. No más juegos. No más bombas. No más caminar. No más diversión.

Olvida el resto porque ya apenas queda nada. Sólo ese azul eterno que te mira sin descanso, y esa luz y toda esa furia bullendo en la punta de los dedos.

Ahora, justo ahora, cuando toda esa rabia ya no te sirve para nada.

¿Cómo has podido ser tan idiota?

perro guardian

«No más juegos. No más bombas. No más caminar. No más diversión. No más nadar. Sesenta y siete. Eso es diecisiete años más allá de los cincuenta. Diecisiete más de los que necesito o deseo. Aburrido. Estoy siempre cabreado. No hay diversión para nadie. Sesenta y siete. Te estás volviendo codicioso. Actúa en consonancia a tu (vieja) edad. Relájate.Esto no dolerá».

Hunter S. Thompson (nota de suicidio)

 

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