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Redentor

Un hombre durmiendo postrado a los pies de un cajero automático es el reflejo perfecto de esa ambigua modernidad en la que hemos elegido vivir.

Esa y no otra debería ser la imagen que sustituyese a la música clásica y los complejos problemas matemáticos en la próxima sonda espacial. Así, si una inteligencia extraterrestre tuviese la desgracia de chocar contra ella, sabría perfectamente hacia la mierda de mundo al que se encaminan sus pasos.

2 years ago

Lua

No recuerdo si alguna vez tuvimos un motivo claro para empezar a escribir… la fama, el dinero fácil, ser el blues que hiciese bailar a toda una generación perdida… A saber.

El caso es que ya va para dos años sin dejar de hacerlo, y hemos decidido empaquetarlos de alguna forma por aquello de ir cerrando puertas.

Ahí queda eso(↓) pero… antes de gastar un par de horas en leerlo, piensa que es más que probable que no sea cierta la posibilidad de una segunda vida.

Por motivos de presupuesto hemos tenido que reducir el gasto en los festejos y celebraciones, y sólo hemos dejado el pregón a cargo de Amaral, quien amablemente nos ha dedicado una canción en su último disco:

A la hora de cerrar los bares el artista del alambre habla de la gloria de su propia sombra.
Han pasado demasiados años desde los días dorados  cuando fue portada  de todos los diarios.

Capital del reino de mentiras llenas,
Todos eran buenos chicos ..Y ahora quien se acuerda…

Y ahora que todo ha acabado  Que tu vida cae en picado
¿Quién te va a querer ahora?  ¿Quién te va a querer ahora?

La ciudad debía ser Madrid, una de las pocas ciudades a donde todas las almas perdidas regresamos para sentirnos un poco como en casa. Yo estaba en el mismo bar de siempre y un poco más borracho que de costumbre, ella estaba casi al fondo, sentada sin esperar a nadie y con la mirada perdida en una incomoda cerveza, de esas que lucen una rodaja de limón en lo alto. Yo estaba con mi discurso de siempre, pero esta vez estaba más motivado que de costumbre y había adornado hasta lo inverosímil la misma historia que llevo siglos deshilachando, no se la voy a repetir porque ya la habrán leído ustedes en cualquier diario. Tenía a la escasa clientela en vilo de mis palabras, moviendo al unisono las cabezas en la dirección en que mis manos trazaban descripciones de mis hazañas y dibujaban lugares en los que, para que engañarnos, nunca he estado. Ellos viajaban conmigo, sufrían a mi lado y yo, por un pequeño instante, me sentía parte de algo mucho más grande.

Eva escuchaba al fondo con la sonrisa torcida, mucho más hermosa que cuando posa para las fotos y finge ser esa mujer fatal a la que el mundo no le viene grande, quizás por eso supo desde el primer momento que era un embustero, pero no dijo nada. Se limito a seguir sentada con la cerveza en la mano y a mirarme con esos ojos que lo decían todo.

Si todas esas palabras que me acompañan desde hace años fuesen ciertas. Si tan sólo pudiese por un instante ser el protagonista de mis mejores historias nunca te habría dejado marchar…

Ah, que esa canción no tiene nada que ver con nosotros..

Vaya, mira que me extrañaba…

Olviden pues la historia…

Perros callejeros

¿Pedigrí? ¿Pedigrí? ¿Y a quién demonios le importa eso del pedigrí? ¡No es más que cuestión de raza y de antepasados! Por si no lo sabes, yo también tuve un padre. Y dos abuelos. Y cuatro bisabuelos. Y hasta te puedo decir que muchos de ellos eran el mismo perro. Así que no vengas a decirme que yo no tengo pedigrí.

Terry Pratchett. Imágenes en acción.

Perro callejero

Pobre perro callejero, vives en una sociedad de clases que te rechaza de forma sistemática y aún crees posible una democracia.

La peor ciudad del mundo

La humedad de esta ciudad me va a matar. O quizás lo haga el sol de las tres de la tarde en la peor ciudad del mundo. Esa donde la selva es un jardín público lleno de chinos que han venido en jet privado con sus serpientes para que estas negocien directamente con los vendedores de zapatos caros.

Me va a matar esta ciudad, o alguno de sus viernes negros, de esos en los que cruzo la mirada con algunos gánsters y fingimos que no nos hemos visto porque sus pistolas no están para pamplinas.

Y sin embargo, me limito a insistir, implacable, recorriéndola una y otra vez, sospecho que buscando todavía ese número sin portal, o las certezas que el paisaje me niega continuamente.
Insisto. Y ya bajaré mañana a primera hora al kiosco, a recoger mi esquela en algún periódico.

lluvia enferma (.2.)

(Primera parte)

¿Te has equivocado de tipo, imbécil? Improviso sobre la marcha. Tus amos te están poniendo a prueba ¿Sabes? Y ahora estás perdiendo muchos puntos a sus ojos. No es gran cosa, pero suficiente para notar la duda colgando en la otra punta del arma como un trasto inútil. Es lo malo de estos chicos, han oído demasiadas historias y tienen demasiado que perder como para permitirse decepcionar a sus amos. Aparta el arma unos centímetros y me gira para comprobar si es mi cara la que busca. Apenas un instante, una gota de lluvia que se cuela a través de sus gafas oscuras, y mis manos que se lanzan sobre su cuello sin tiempo para reaccionar. Es mi grito el que cubre el callejón cuando siento las agujas desgarrando mi carne mientras se lanzan desde mis muñecas directas hacia su cuello, anhelando entrar en el torrente sanguíneo. Le veo ahí, clavado como un insecto delante de mi, y siento como poco a poco va entrando en un ciclo sin salida…

…primero te paraliza por completo mientras tu cerebro intenta ordenar al cuerpo que se mueva, que dispare, que haga algo, pero nadie responde al otro lado. ..

…Luego son tus pulmones los que dejan de llevar aire…

… y al final, justo al final, tus ojos delatan que ves la muerte cruzando por ellos.

Siempre es así.

Dejo el cadáver en el suelo y me alejo dejando tras de mi un reguero de sangre que brota de mis muñecas; duele demasiado para intentar tapar la hemorragia, duele como duele siempre, duele como la primera vez, duele como nunca.

Es un implante anticuado, me lo han dicho muchas veces, tecnología obsoleta de hace diez años. Podrían ponerme piel sintética a lo largo del brazo y matar el nervio. Así, dicen, las agujas podrían brotar sin dolor de mis entrañas. Quizás sea cierto, pero ese es un paso que no quiero dar porque ese dolor es la delgada frontera que me permite ser mejor que aquellos a quien afirmo odiar.

Ellos no pueden entenderlo, necesito que algo mio quede al lado de cada cuerpo tendido en el asfalto. Si dejase de sentirlo, si no lo perdiese, el arrebatar una vida pasaría a ser pura rutina, y eso me alejaría aún más del humano que fui.

Soy el fuego, soy el miedo, soy la soledad.

Esperemos que los abogados de William Gibson sepan encontrar en sus corazones la palabra homenaje antes que la palabra plagio…
Un abogado con corazón… Esa si sería una buena historia de ciencia ficción.

lluvia enferma

La lluvia impregnada de química y amarilla como la orina de un enfermo, resbala en gotas suicidas, gordas y pesadas por el gris oscuro de los edificios. Al otro lado, cruzado el nudo imposible de las autopistas, en pleno centro de negocios, las cúpulas cubren todo el cielo y son limpiadas a diario por un pequeño ejército de oficinistas obedientes. Aquí nadie se ocupa de ellas ni de nosotros: las cúpulas desaparecieron apedreadas con maniática precisión por Los Herederos de la Vida Auténtica hasta borrarlas del cielo, y ahora el frío y la lluvia nos golpean con saña para recordarnos que no podemos controlarlo todo.

Pero no importa, al final sólo es lluvia, una lluvia enferma. Abro los brazos y la recibo sobre mi rostro  demasiado perdido en mi mismo para fijarme en la estela plateada de un BMW cruzando la cortina de agua con su quilla de barco de lujo. Dentro habrá tres tipos, sé como funcionan. Dos de ellos hechos a medida de sus trajes oscuros con la arrogancia de una pieza prefabricada, y el otro, el que debe preocuparme, vestido con ropa deportiva y apurado hasta arriba de potenciadores, listo para la caza. No quiero decepcionarte, así que me lanzo a los estrechos callejones como si me azuzase el mismísimo Satanás.

Los minutos siguientes son un montaje de planos cortos que acaban con mi cara aplastada sobre el asfalto mojado y una pistola que zumba a carga máxima sobre mi nuca. No te muevas, me grita desde las alturas poniendo una rodilla sobre mi espalda, aunque eso, el moverme, se encuentre a años de luz de mis pensamientos ¿Te creías más rápido que yo? Habla con el acento de los barrios del norte, haciendo inflexión en las aes y con el tono preciso de voz. Se nota que ha leído el manual; buen chico, no quieres decepcionar a tus amos ¿verdad? ¿Dónde coño lo has metido? Ahora tu voz ha subido una octava, y no puedo evitar sonreír, porque eso sólo puede significar una cosa: no lo habéis encontrado. Los otros chicos, los de las camisas horteras y la tecnología, el software, han husmeado en la Red sin éxito y te han tenido que mandar a ti, pobre imbécil, el hardware, para solucionarlo todo.

[continuará] Lamento dejar las cosas a medias. Espero que sepan perdonnarlo.

jaque mate

Juego al ajedrez. Soy mi propia contrincante. Mi rival. Es una buena forma de relativizar el éxito y el fracaso. También es útil para amortiguar el lento paso del tiempo en esta habitación. Cada hora viene una señora a tomarme la temperatura… ¿Quién gana?… pregunta… Yo… qué bien, y qué color pierde…. El que juego yo… Y no acabo de entender a qué viene su media sonrisa estúpida y condescendiente cuando se marcha. No importa. Vuelvo al tablero bicolor. Blanco y negro. Todo es fácil. Desde que estoy aquí, desde la última crisis, desde que pasé a engrosar la lista oficial de renglones torcidos… todo es tan fácil como decidir si soy víctima o verdugo en cada jaque mate….

Die kurze zeit

El redactor jefe de esta página me ha recordado que ya va para tres meses que me pagaron las dietas del último viaje y aún no he entregado ninguna crónica sobre el mismo. ¿O acaso os creías, hijos míos, que este derroche de literatura y buen gusto lo hacíamos gratis? No señor, nada de eso, gracias a estas y similares líneas me pago con holgura los cacahuetes que me como a escondidas debajo de mi mesa, mientras intento escaparme de entregar este trabajo.

Hacer un relato sobre un viaje es algo sencillo: coges una guía de viajes, robas unas cuantas fotos de Internet, y reciclas alguna vieja historia para adaptarla a la ciudad en cuestión; ni tan siquiera hace falta estar allí. Pero en este caso el montar una historia es una tarea complicada. Veréis, cuando uno llega a una ciudad sólo le lleva tres minutos saber si se encuentra en una ciudad con mar. Será por los numerosos carteles que te abocan sin remedio a la arena, por la profusión de monumentos desparramados a lo largo del paseo marítimo, o por el adolescente licenciado en drogas duras que se pasea con elegantes bermudas y el torso desnudo en cualquier lado y fecha del año. Desconozco el motivo, pero es casi imposible no vararse en la arena mirando a esa cosa azul e incomprensible, la Thalatha añorada por los griegos, porque todo los pasos dados te acaban llevando precisamente ahí.

Con Barcelona no es así, lo único que te habla del mar es una mancha azulada al fondo del mapa turístico que te regalan cuando te ven cara de estar perdido. El resto de la ciudad vive de espaldas al mar. Sus monumentos, las calles con sus peatones, la pátina de pose bohemia con el que han disfrazado muchas zonas… Todo parece diseñado para obviar el salitre y los rudos aparejos de pescadores. Quizás porque Colón, subido ahí en su alto pedestal, nos recuerda ese cruel momento de la historia en que las reglas sencillas y comprensibles para entender nuestro mundo dejaron de tener sentido.

En el curso de dos horas que me dieron ante de empezar este trabajo me explicaron que este tipo de afirmaciones deben ser demostradas. Pero no me ha sido posible, querido jefe, porque encontrar un Barcelonés autentico en Barcelona es casi tan complicado como encontrar un Madrileño de verdad en Madrid.

Además me han pedido que ponga algunas fotos con edificios de Dalí (supongo que será Gaudí), algunas bicis y esas chorradas que mi cámara se empeña en sacar viaje tras viaje. Aquí las dejo, si pulsan sobre ellas crecen hasta límites insospechados (quizás un poco menos)…

¿Qué tal, mi amado jefe? ¿me he ganado mi bolsa de cacahuetes?

Enero

Nado contrareloj. Sumerjo el mar en mi garganta. Se hace el silencio… el más grande y desconocido. Todo silencio. Soy silencio y unos ojos que miran sin querer ver… Todo puede olvidarse, decía, la memoria ha muerto… y sobre su espalda cayó, fulminante, la memoria… Enero, dulce enero… con su batita blanca y sus años recién cumplidos. Sopla las velas y la luz se plaga de sombras, y los murmullos siguen murmurando, y el paso impasible de las horas se convierte en una dulce venganza que deja amarga la boca y seco el corazón… Enero, dulce enero… la importancia de una miniatura… el azul mutando a negro… o el tiempo que no tenemos… Mi silencio devoró las esperanzas que sembraste… A modo de recordatorio, escríbeme en la puerta de algún w.c. público que te debo un sentimiento…

Los buenos soldados

Los buenos soldadosDetrás de cada niño aplastado contra el suelo, de cada ciudad hundida bajo las bombas, hay un buen soldado que creía formar parte de algo mucho más grande que le obligaba a cumplir órdenes sin entenderlas. Por eso fusilaron a tu abuelo, porque no era un buen soldado. Sus dedos deformados como garras recorren las viejas fotografías contagiando sus manos con las manchas del tiempo. Personas de otra época, atrapadas en un papel cada vez más borroso en plena huida hacia un pasado inalcanzable. Alguna vez lograran llegar, y en su lugar sólo quedará un recuadro blanco de cartón. Entonces ya no quedará nada para recodarles. Habrán muerto de verdad.

Tu abuelo era incapaz de hacer las cosas sin entendenderlas. Siempre haciendo preguntas, sin maldad, sólo intentando comprender. Era noble y valiente, pero no era un buen soldado. Mueve la cabeza a un lado y a otro sin mirarme. Nunca fue uno de ellos.

Se queda mirando al frente, y se que necesita la soledad de sus viejos recuerdos; retiro sin resistencia el álbum de sus manos ajadas, y poso un beso rutinario mientras emprendo la huida.

Apago la luz que agoniza intermitente, y forcejeo contra la puerta de la entrada. Siento como la casa se desmorona poco a poco, huyendo hacía un fundido en blanco, como sus viejas fotografías. Sin ganas de vivir, como ella. Estoy a gusto aquí, me dijo una vez, y aquí es donde quiero morir, porque así tu abuelo sabrá donde encontrarme.

Huí entonces como lo hago ahora, demasiado cobarde para reconocer que esa persona de las fotografías no era mi abuelo, y que los muertos nunca encuentran el camino de vuelta a casa.

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