desaparecer


desaparecer

En cada ser humano mirando fijamente campos inmensos de cereal hay un escapista. Un primate con ínfulas que sueña y busca versiones alternativas de sí mismo lejos de la oficina, de los atascos y de los rituales pegajosos de esa rutina impostada que devinimos en sucia metáfora de realidad.

desaparecer
desaparecer

Dejar una vida, dinamitar todo. No, no todo: dinamitar el metro cuadrado que uno ocupaba entre la gente. Más bien: dejar sillas vacías en las mesas que se compartían con las amistades, no a modo de metáfora, sino en verdad, dejar una silla, volverse un hueco para los amigos, permitir que el círculo de silencio en torno a uno se ensanche y se llene de especulaciones. Lo que pocos entienden es que no dejas una vida para empezar otra.
Los ingrávidos (Valeria Luiselli)

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magia


magia
Hay algo de magia incomprensible en que un niño te haga entrega de alguna de sus posesiones. Es un gesto tan abisal, tan lleno de absoluto desprendimiento que, sea cual sea el objeto entregado, el adulto que lo recibe tiene la imperiosa necesidad de exhibirlo como un trofeo de caza.

Ese gesto de desprendimiento apenas tiene algo que ver con el mundo de los adultos donde cada acto de entrega, cada gesto altruista, espera su contrapartida. En el caso de los niños ellos no esperan nada, es un simple gesto de adoración.

Él, a pesar de todas sus limitaciones emocionales, debe haberlo comprendido porque lleva ese pequeño origami con la forma de un elefante siempre encima. Es una figurita de color rojo, la favorita de su vástago, que me encuentro a cada instante: en los hoteles donde pasamos horas intentando construir algo que no existe y se nos escapa a toda velocidad, en las reuniones donde hace aburridas presentaciones, o agazapado en su cartera cada vez que adopta su pose favorita al hacerse cargo de la cuenta de la cena.

Cuando algún conocido, de esos que te acaban de presentar y te encuentra con los pies descalzos, una copa en la mano y demasiado cansada para buscar replicas ingeniosas, descubre que no tengo hijos deja de mirarme a los ojos para fijarse en algún punto situado justo encima de la frente. Un lugar donde parece haberme brotado una especie de contador en cuenta regresiva, y pasan el resto de la conversación haciendo complejos cálculos mentales del tiempo que aún me quedaría para tener un par de ellos. Enseguida engendran alguna explicación para algo que encuentran extraordinario, algún trauma pasado o dolencias de todo tipo son las explicaciones más habituales.

En cada hotel, en cada breve escapada que hacemos juntos, en cada ocasión en que intentamos fingir un futuro, esa pequeña figura me recuerda que no existe nada parecido a un nosotros.

Ese pequeño elefante de papel es una bandera que ondea con orgullo. Algo, la prueba palpable de que a pesar de la mierda de padre que ha sido, su hijo decidió rescatarlo al entregarle el que era su origami favorito. Pero ese puñado de papel es algo más, es una frontera, una barrera que me cierra el paso a un lugar al que estoy vetada.

Es una forma mezquina y egoísta de hacerme saber que él es mejor que yo, que su vida ha sido más completa, mas digna de ser vivida que la mía.

Ahora, al darme la vuelta esa figura me observa desde lo alto de la mesilla de noche y me impide dormir. Doy vueltas hasta levantarme en esa imprecisa hora en que la palabra nosotros se me antoja una fantasía inabarcable.

Somos como esos dos relojes que hemos dejado al lado del elefantito. Uno estropeado, con las manecillas sujetas a un punto fijo y el otro funcionando, siempre girando inmarcesible, con un propósito aunque sea absurdo y circular. Dos veces al día esos dos relojes darán la misma hora en perfecta sintonía, pero eso no será más que una fantasía de normalidad. Un acimut donde todo parece posible para, apenas un instante más tarde, venirse abajo a toda velocidad.

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la memoria de las cosas


la memoria de las cosas

Hemos llegado al pueblo poco antes del atardecer. Según todos los folletos se trata de una Arcadía fuera de los mapas en la que apareces tras un vuelo eterno y una discusión no mucho menor hasta lograr un coche, pequeño y rojo, que una vez en la carretera apenas es un diminuto coleóptero cruzando campos inmensos de cereal.

Justo antes de llegar a nuestro destino hemos salido del vehículo, rotos y contrahechos, para contemplar desde una playa casi desierta los últimos instantes de la puesta de sol. El mar estaba totalmente calmado y el sol comenzaba a hundirse al otro lado del mar dibujando una bonita postal que en cualquier otro lugar habría reunido a cientos cámaras en alto intentando atesorar el momento.

En la arena, un viejo totalmente hemingwaiano que arrastraba con aspecto de molusco una barca enorme por la arena, se ha parado ante nosotros y ha comenzado a ordenar las redes y aparejos. Cuando lo ha dejado todo colocado se ha erguido, y mirando justo a la línea donde el sol comenzaba a ocultarse, ha empezado a recitar la historia de su vida.

Quizás a nosotros, quizás al sol que agonizaba.

De como rescato a un perro de tres patas de una muerte segura, de una cicatriz que recorre su pecho como una trinchera de alguna batalla perdida y de un hijo que perdió justo allí, dice señalando un punto sin retorno del horizonte. Los tres hemos vuelto la cabeza hacia ese punto exacto como esperando ver resurgir de entre las aguas al hijo perdido. Una nueva deidad, podrida y cubierta de algas, mucho más acorde a estos tiempos confusos y miserables.

Le he ofrecido una cerveza fría que habíamos comprado a uno de los chicos que correteaba medio desnudo por la playa arrastrando pesadas neveras de color azul. Él la ha aceptado con un gesto de cabeza a modo de agradecimiento y los tres, en silencio, hemos contemplado el espectáculo de ver morir el sol para resurgir, en el siguiente giro del universo, por el otro extremo.

Los niños de la playa, toda la aldea, viven en un tiempo detenido, un instante idílico del que no son conscientes. Sin apenas electricidad ni satélites sobrevolando sus cabezas han logrado esconderse de una realidad implacable. Han construido una Itaca donde siempre te reconocen entre un viaje y el siguiente porque todo transcurre a otra velocidad y el momento de tu partida y el de tu regreso no ha sido invadido por los ruidos de cosas que parecían más importantes.

Ellos conservan la memoria de las cosas. Son el recordatorio constante del punto exacto donde nosotros y nuestra modernidad lo complicamos todo, y ahora ese mundo al que nunca quisieron pertenecer se hunde y no lo hará en silencio: de alguna forma lograremos arrastrarlos en nuestra caída.

Los mensajes de la oficina se acumulan en un viejo contestador de cinta y la televisión sólo muestra imágenes y voces en un idioma que no entendemos de gente asustada e índices bursátiles cayendo en picado. Hoy, a la hora de la comida, hemos visto un carro de combate con insignias de estrellas rojas paseando por las tranquilas avenidas de una ciudad europea. El tanque recorría las calles desiertas y de vez en cuando paraba y giraba la torreta como olfateando el aire en busca alguna presa concreta que le hubiese hecho emprender un largo camino por medio mundo para llegar justo allí, en medio de aquella ciudad en ruinas. Después parecía rendirse y seguía su lento caminar mientras a su alrededor se arremolinaban papeles y cenizas de edificios en llamas.

En la playa, el viejo de la barca sigue pescando mientras el mundo se derrumba y no parece asustado. Quizás su mundo, el mundo que le importaba, se hundió hace muchos años sin que nadie le prestase atención y ahora él nos devuelve su desprecio como pago.

Los niños de la playa siguen con su rutina: juegan al fútbol en la playa y paran de vez en cuando para vender refrescos y bocadillos a los pocos turistas que quedamos y que formamos grupos de pingüinos que miran el suelo y se saludan con la cabeza.

Nosotros contemplamos ese tiempo detenido como si fuese una vieja fotografía de un lugar que no conocimos y no dejamos de soñar con la idea de estar atrapados en esta burbuja de irrealidad. Con suerte, para siempre.

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la hora de la siesta


la hora de la siesta

Un punto a favor de compartir vida con un gato: la hora de la siesta se convierte en una dura competición por alcanzar el bostezo más escandaloso, la mayor permanencia bajo las sábanas y, mi disciplina favorita, lograr estirarse con el mayor ruido de vértebras colocándose.

No es por presumir, pero de momento voy ganando de largo.

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