camuflaje

Los gatos son unas de las criaturas más díficiles de fotografíar debido a su habilidad para adquirir otras formas y colores. Es algo que poca gente conoce, pero esa es la explicación para que cuando creemos tenerlos perfectamente encajados en el visor de la cámara y disparamos la foto descubramos costernados que no aparece felino alguno en el resultado final.

En su lugar vemos una boca de incendios, una papelera, un buzón de correos o una niña triste que mira con rostro inexcrutable un globo rojo que sostiene en lo alto.

No son los únicos animales con esa habilidad: eso que ven en la foto no es un gato, es un cordoveyo, otra extraordinaria criatura experta en camuflaje.

camuflaje

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El síndrome del perro guardián

perro guardian

 

Todos los animales de mi infancia fueron animales domésticos. Estúpidas y sucias gallinas llenando de mierda blanca los patios de piedra, vacas humilladas y explotadas hasta la extenuación y cientos de ovejas convertidas en jirones de niebla cuando salían en tropel de los corrales.

Por encima de todos ellos, situados en un orden superior, estaban los perros guardianes. Chuchos grises y fieros que lucían con orgullo sus orejas rotas y sus cicatrices obtenidas en desiguales combates con los lobos y jabalíes, las menos de las veces y entre ellos, casi siempre, pero que corrían sumisos cuando el amo les silbaba desde la lejanía.

Con el tiempo los lobos y los jabalíes se fueron alejando del valle para refugiarse en la espesura de los bosques y en la memoria de los más ancianos hasta que ya no hizo falta tanta fuerza para proteger el ganado. Los perros se fueron volviendo más pequeños y maleables, igual de sumisos y obedientes ante sus dueños, pero más pacíficos. Al gusto de unos hombres que, a veces, veían algo demasiado primitivo aleteando en el brillo de los ojos, una fuerza primigenia que les daba pánico porque sabían que una vez desatada no podrían dominar.

Cuando esos canes se iban haciendo viejos obtenían, si tenían suerte, el privilegio de envejecer y holgazanear paseando sus cuerpos tullidos por la puerta de las casas o, si los amos no los consideraban dignos de tal honor, eran sacrificados y sus pieles acababan convertidas en el forro que cubría el yugo de los bueyes.

Puede parecer cruel, y lo era, pero aquella tierra imponía implacable sus usos y costumbres y entre ellos no existía lugar para la nostalgia ni la clemencia. Ni los humanos ni sus bestias la daban ni tampoco la esperaban.

Los animales sólo eran herramientas, y el único aprecio que se les podía tener era el mismo que podía sentirse por un buen serrucho o una escopeta bien engrasada descansando en el quicio de la puerta.

Aquellos canes, en su lento peregrinar, deberían haber aprendido esa valiosa lección: que eran perfectamente sustituibles. Pero sus cerebros tan sumisos, tan sumamente pequeños, apenas les permitían comprender su verdadero lugar en el mundo. Ellos, en su infinita estupidez daban sus vidas por defender el ganado y las posesiones de sus amos porque creían que eran suyas. Que en la ruleta de la supervivencia ellos, precisamente ellos, las más viles y mezquinas criaturas, ocupaban un lugar especial, justo al lado de aquellos humanos a los que habían jurado defender.

Cuando los humanos les dejaban dormir en sus camas, lamer sus manos o comer los restos de la mesa, lo hacían henchidos de de un orgullo ridículo. Se sentían superiores en el orden del universo y se pavoneaban orgullosos ante el resto de animales mientras caminaban por las que creían eran sus posesiones. No sabían ni intuían nada del desprecio que engendraban alrededor.

Empiezo a comprender que los cuerpos y fuerzas de seguridad de esta mentira que algunos seguimos llamando España, porque de alguna forma debemos nombrar a nuestras pesadillas, tienen el síndrome del perro guardián, pero sus pequeños y acomodados cerebros les hacen pensar que son diferentes, mejores que la chusma a la que reprimen en nombre de una ambigua legalidad que poco o nada tiene que ver con la justicia.

Se creen únicos y especiales, sacramentados por un orden superior que les otorga una superioridad moral que nosotros nunca tendremos. Ellos viven a nuestro lado en barrios de la periferia, viajan en los mismos transportes atestados, pagan hipotecas y sobreviven como pueden, exactamente igual que todos, pero cuando se ponen el uniforme se olvidan de la tozuda realidad y por un instante creen que pertenecen a la misma clase que aquellos que los usan y los humillan sin piedad.

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aún podemos escuchar el mar


el mar
El mar
es un viejo poeta de la naturaleza
que murió de un ataque al corazón
dentro de una letrina pública.

Su fantasma aún
acecha los urinarios.

De noche se le puede
escuchar caminar
descalzo
en la oscuridad.

Alguien robó
sus zapatos.

(Richard Brautigan).

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última noche en la ciudad


ultima noche en la ciudad
La última noche en la ciudad los teléfonos no dejaban de comunicar y no había nadie en ninguna parte, las calles estaban vacías, los coches parados. Todos escondidos, esperando algo que no acababa de llegar.

Y todo era extraño porque la noche anterior había soñado contigo y me decías que todo saldría bien justo antes de despertar.

La última noche en la ciudad la pasé en un hotel lleno de grifos que goteaban y cañerías que se desperezaban en medio de la noche con un ruido infernal. Yo estaba en medio de una cama enorme tapándome la cabeza con las sábanas y fingía que ya nada podría asustarme.

Hubo un incendio en alguna parte, eso lo recuerdo, con gente gritando y miles de luces de colores rompiendo la oscuridad. Desde mi ventana vi un edifico en llamas y pensé que eso debía ser una señal de algo cuya existencia desconocía pero que era muy importante.

Si hubieses estado aquí sé que me lo habrías explicado, como siempre hacías. Pero para entonces eras poco más que un recuerdo.

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