última noche en la ciudad


ultima noche en la ciudad
La última noche en la ciudad los teléfonos no dejaban de comunicar y no había nadie en ninguna parte, las calles estaban vacías, los coches parados. Todos escondidos, esperando algo que no acababa de llegar.

Y todo era extraño porque la noche anterior había soñado contigo y me decías que todo saldría bien justo antes de despertar.

La última noche en la ciudad la pasé en un hotel lleno de grifos que goteaban y cañerías que se desperezaban en medio de la noche con un ruido infernal. Yo estaba en medio de una cama enorme tapándome la cabeza con las sábanas y fingía que ya nada podría asustarme.

Hubo un incendio en alguna parte, eso lo recuerdo, con gente gritando y miles de luces de colores rompiendo la oscuridad. Desde mi ventana vi un edifico en llamas y pensé que eso debía ser una señal de algo cuya existencia desconocía pero que era muy importante.

Si hubieses estado aquí sé que me lo habrías explicado, como siempre hacías. Pero para entonces eras poco más que un recuerdo.

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ya no engañamos a nadie

Siempre he sabido que mi últimos días los pasaré en un asilo, solo, un poco tronado y siendo maltratado por robustas enfermeras con acento polaco. Y no hicieron falta adivinos ni sortílego alguno para armar semejante conclusión, es el espejo que cada mañana devuelve mi reflejo el que ha terminado por delatarse.

Con ese destino ya marcado en todas las cartas de navegación decidí no tenerle miedo a los cambios. Pensaba, no sin cierta ingenuidad, que cualquier deriva en el rumbo no me llevaría a ningún sitio peor y es que, al contrario de lo que cantaban los clásicos, es en la asunción de la derrota donde somos realmente libres.

A estas alturas poco importa, pero he empleado mucho tiempo repasando los mapas de mi existencia, atrapando cada instante vivido en una moviola cósmica para desentrañar el punto exacto donde todo comenzó a torcerse. Tan perdido estaba que he llegado a pensar si mis padres, con sus consejos desgranados a lo largo de los años y envueltos con el engañoso papel de la experiencia, no tendrían gran parte de razón. Como si el hacernos más viejos nos otorgase algún tipo de inteligencia superior que nos estuviese vedada hasta entonces.

Así de perdido estaba.

Y cuando una persona se siente perdida siempre vuelve sus pasos hacia algún punto de referencia conocido. Ese mágico e impreciso instante donde todo era más sencillo y podías levantarte de la cama sin sentir clavado entre los hombros el peso de los días. La palabra que buscamos es cansancio pero, silencio, nunca la digas en voz alta: si la conjuras avanzas hacia la derrota y después, un poco más lejos, te das de frente con la tristeza. Y ese ya es un punto de no retorno; conviene marcarlo en todos nuestros atlas con un montón de señales de peligro y algunos dragones y serpientes de dientes afilados.

A mi alrededor he sentido la muerte y la decadencia que a todos nos espera, y he visto la vida abriéndose paso entre todos los ángulos muertos como un ladrón huyendo en medio de la noche. En todos estos años nacieron y se rompieron parejas, conjugamos tequieros que olían a niebla y cansancio, se hicieron promesas que nunca pensamos que nos harían cumplir y no hemos dejado de buscar ese algo que empezamos a sospechar quizás no exista. A falta de un milagro, una revelación que nos arrase por dentro y nos tire del caballo, muchos acabaron pensando que ese algo debía ser tener hijos, pero la verdad, la única que cuenta, es que no hay más respuestas que las que podamos inventarnos. Los soñadores simplemente dejaron de soñar, los buscadores se agachan y dicen haber encontrado aquello que ansiaban justo en la punta de sus zapatos y otros componen la melodía y el resto vamos bailando como si nos fuese la vida en ello aunque no hayamos entendido nada.

Al principio me sabía al comienzo de algo, ahora me intuyo justo al final. Y esa es una diferencia fundamental.

Y duele.

Y entre tanto levantar simulacros de vida en los que siempre acababa faltando algo, todos acabaron por entender las instrucciones a la perfección. Yo, que me creía mucho mejor que todos ellos, he acabado haciendo exactamente lo mismo, pero con la fe del converso, sin poder creer realmente en ello.

No siempre es así, claro. A veces hay breves instantes en los que siento que encajo y creo que todo irá bien, que no podrán conmigo, pero no dejo de pensar que en cualquier momento alguien me arrancará la máscara y descubrirá la terrible realidad.

Y la terrible verdad es que cada día soy más pequeño e invisible. Pierdo dos o tres contactos de la agenda del teléfono cada mes y empiezo a buscar excusas para hacer llamadas que nadie quiere recibir.

En algún momento simplemente desapareceré.

Siempre he creído en la magia de la palabra escrita como un conjuro contra el olvido, contra ese constante hacernos trampas a nosotros mismos. La escritura es para mi una inmensa oujia llena de frases inconexas que, si apunto con cuidado, lograrán dar un poco de sentido a todo esto. Todo un rastro de letras, palabras, puntos y comas que he ido poniendo en papel como una barricada contra la desmemoria.

Por un instante quiero pensar que estos librillos que voy componiendo son algo que me define algo, porqué no decirlo, que me hace mejor, más digno. ¿Más digno de qué? No hay forma de saberlo.

Así de perdido estoy que ya voy buscando excusas por anticipado.

El resumen de este año, que ha sido un poco mayor que doce meses, lo he dejado en la trastienda.

En formato PDF, aquí, y en formato “libro” en este otro aquí.


ya no engañamos a nadie

Para Mónica. L que puso el título, y otras muchas cosas..

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desaparecer


desaparecer

En cada ser humano mirando fijamente campos inmensos de cereal hay un escapista. Un primate con ínfulas que sueña y busca versiones alternativas de sí mismo lejos de la oficina, de los atascos y de los rituales pegajosos de esa rutina impostada que devinimos en sucia metáfora de realidad.

desaparecer
desaparecer

Dejar una vida, dinamitar todo. No, no todo: dinamitar el metro cuadrado que uno ocupaba entre la gente. Más bien: dejar sillas vacías en las mesas que se compartían con las amistades, no a modo de metáfora, sino en verdad, dejar una silla, volverse un hueco para los amigos, permitir que el círculo de silencio en torno a uno se ensanche y se llene de especulaciones. Lo que pocos entienden es que no dejas una vida para empezar otra.
Los ingrávidos (Valeria Luiselli)

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magia


magia
Hay algo de magia incomprensible en que un niño te haga entrega de alguna de sus posesiones. Es un gesto tan abisal, tan lleno de absoluto desprendimiento que, sea cual sea el objeto entregado, el adulto que lo recibe tiene la imperiosa necesidad de exhibirlo como un trofeo de caza.

Ese gesto de desprendimiento apenas tiene algo que ver con el mundo de los adultos donde cada acto de entrega, cada gesto altruista, espera su contrapartida. En el caso de los niños ellos no esperan nada, es un simple gesto de adoración.

Él, a pesar de todas sus limitaciones emocionales, debe haberlo comprendido porque lleva ese pequeño origami con la forma de un elefante siempre encima. Es una figurita de color rojo, la favorita de su vástago, que me encuentro a cada instante: en los hoteles donde pasamos horas intentando construir algo que no existe y se nos escapa a toda velocidad, en las reuniones donde hace aburridas presentaciones, o agazapado en su cartera cada vez que adopta su pose favorita al hacerse cargo de la cuenta de la cena.

Cuando algún conocido, de esos que te acaban de presentar y te encuentra con los pies descalzos, una copa en la mano y demasiado cansada para buscar replicas ingeniosas, descubre que no tengo hijos deja de mirarme a los ojos para fijarse en algún punto situado justo encima de la frente. Un lugar donde parece haberme brotado una especie de contador en cuenta regresiva, y pasan el resto de la conversación haciendo complejos cálculos mentales del tiempo que aún me quedaría para tener un par de ellos. Enseguida engendran alguna explicación para algo que encuentran extraordinario, algún trauma pasado o dolencias de todo tipo son las explicaciones más habituales.

En cada hotel, en cada breve escapada que hacemos juntos, en cada ocasión en que intentamos fingir un futuro, esa pequeña figura me recuerda que no existe nada parecido a un nosotros.

Ese pequeño elefante de papel es una bandera que ondea con orgullo. Algo, la prueba palpable de que a pesar de la mierda de padre que ha sido, su hijo decidió rescatarlo al entregarle el que era su origami favorito. Pero ese puñado de papel es algo más, es una frontera, una barrera que me cierra el paso a un lugar al que estoy vetada.

Es una forma mezquina y egoísta de hacerme saber que él es mejor que yo, que su vida ha sido más completa, mas digna de ser vivida que la mía.

Ahora, al darme la vuelta esa figura me observa desde lo alto de la mesilla de noche y me impide dormir. Doy vueltas hasta levantarme en esa imprecisa hora en que la palabra nosotros se me antoja una fantasía inabarcable.

Somos como esos dos relojes que hemos dejado al lado del elefantito. Uno estropeado, con las manecillas sujetas a un punto fijo y el otro funcionando, siempre girando inmarcesible, con un propósito aunque sea absurdo y circular. Dos veces al día esos dos relojes darán la misma hora en perfecta sintonía, pero eso no será más que una fantasía de normalidad. Un acimut donde todo parece posible para, apenas un instante más tarde, venirse abajo a toda velocidad.

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