tan grande como el mayor de tus miedos

tan grande como el mayor de tus miedos

Crecí demasiado solo en medio de bosques enormes que aún no habían probado el acero y la furia de nuestras máquinas de supervivencia. Los bosques llegaban casi hasta los patios de nuestras casas y era fácil perderse entre ellos; con apenas cerrar una puerta a tus espaldas ya te encontrabas en medio de un mundo distinto, con sus propios ruidos y olores.

A mi me aterraban, pero no era el miedo, era algo que viajaba aún más rápido que el propio miedo.

Era joven y aún pensaba que los temores son algo a lo que te enfrentas, no algo de lo que huyes a todo velocidad. Por eso me obligaba cada día a llegar un poco más lejos en su interior. A veces en mi recorrdio veía un viejo molino o un resto de pisadas y sabía que no era el primero en pasar por allí, pero cuando todo quedaba en silencio era fácil creer que no había ni una sola persona en todo el mundo.

Deje de tener miedo a aquellas inmensas murallas de vegetación cuando empecé a entrar en ellas con una cámara de fotos entre las manos. Me sentía protegido por aquella pequeña caja llena de luz y magia que dotaba de un objetivo a mis excursiones.

Las imágenes, las palabras siempre han sido para mi un arma, pequeña y débil pero necesaria para enfrentarme a todo aquello que no he logrado entender en la vida.

Si consigues conjugar con palabras el mayor de tus miedos lo acabas convirtiendo en algo real, algo palpable a lo que puedes enfrentarte. Quizás sin éxito, claro, pero la vida es simplemente pelea, el éxito o el fracaso es algo secundario.

Al fin al cabo mis palabras y mis imágenes nunca han sido tan grandes como el mayor de mis miedos.

tan grande como el mayor de tus miedostan grande como el mayor de tus miedos
8 me han valorado con 5.00 sobre 5..¿qué opinas?

sometimes…

jte

Un hombre durmiendo postrado a los pies de un cajero automático es el reflejo perfecto de esa ambigua modernidad en la que hemos elegido vivir.

Esa y no otra debería ser la imagen que sustituyese a la música clásica y los complejos problemas matemáticos en la próxima sonda espacial. Así, si una inteligencia extraterrestre tuviese la desgracia de chocar contra ella, sabría perfectamente hacia la mierda de mundo al que se encaminan sus pasos.

9 me han valorado con 4.79 sobre 5..¿qué opinas?

cuatro tumbas

cuatro tumbas

Cavaron cuatro tumbas al filo de la madrugada. Dos grandes, otras dos pequeñas, quizás demasiado. Alguien tan pequeño no tendría que tener una tumba con su nombre, debieron pensar cuando las terminaban de cavar.

Habría sido mucho más sencillo, y ellos eran conscientes, cavar un único agujero más grande y amontonar sin orden ni concierto los cuerpos en su interior, pero ambos sabían que de todos los errores que habían engendrado a lo largo de su vida ese sería uno al que no podrían enfrentarse.

Era una noche fría de Septiembre, había llovido durante todo el día anterior y la tierra salía suelta, con facilidad, pero al poco de empezar gruesas gotas de sudor corrían sobre sus rostros mientras trabajaban envueltos entre volutas de vapor que dibujaban espirales al escapar de sus cuerpos.

Cavaron en silencio durante un buen rato, oyendo apenas el sonido de la gravilla y los vaivenes de las palas al hendirse en la tierra mientras eran iluminados por las dos luces de los coches que, colocados en diagonal, dibujaban un tenue Caravaggio sobre la escena.

Al final de la tercera tumba sus ojos, que llevaban toda la noche rehuyéndose, debieron cruzarse para descubrir a dos hombres aterrados. Ellos, que habían hecho del miedo una forma de vida, habían encontrado un horror mucho más profundo que aquel que llevaban toda una vida alimentado.

Enseguida bajaron la cabeza y siguieron encerrados en un perpetuo silencio; no era el momento ni el lugar para empezar a tener dudas. Llenaron las tumbas con cal que sacaron de los maleteros y apartaron a un lado la bolsa con la ropa y las pocas pertenencias de los cadáveres que en breve serían quemadas junto a los coches y sus propias vestimentas. Eran dos profesionales y podían realizar todas aquellas tareas sin apenas ser conscientes de ellas.

Acabaron tarde, en las primeras luces del alba. Se miraron una última vez y se conjugaron para no volver a hablar de aquella noche.

Al mayor de los dos le conocí cerca de la costa, en uno de esos hoteles enormes que son pequeños ínsulas enclavadas entre penínsulas de miseria. Llevaba años construyendo una vida nueva y cada noche servía copas a turistas despreocupados que no parecían muy contentos de estar allí.

A su compañero de aquella noche le balearon a la salida de un bar. Cuando se lo recuerdo se limita a encogerse de hombros resumiendo en ese gesto que la muerte es apenas una pequeña parte del balance total. Eran tiempos un poco extraños, se limita a decir, y tiene razón: el país entero era una locura, con el dictador agonizando y toda su caterva de cachorros devenidos en fieras salvajes dispuestas a lanzarse sobre los restos de un imperio levantado con tanto empeño y tanto dolor. Había oportunidades, trabajo y dinero para aquellas personas que fuesen capaces de asumirlo. Nadie paga tanto dinero por hacer algo sencillo, me dice a modo de conclusión.

Una época cubierta de niebla de la que conserva una cicatriz asomando en la base del cuello como una serpiente y un tatuaje de un ángel negro, con las manos extendidas hacia delante y una expresión triste en el rostro que, sin apenas darse cuenta, se frota constantemente cuando trata de recordar.

El sigue vivo y su compañero muerto, pero es difícil saber quién tuvo mejor suerte. A su compañero le habían baleado hacía cinco años a la salida de un bar donde tocaba una orquesta todos los jueves. El último baile se lo concedió a una belleza rubia que por aquel entonces estaba liada con un mafioso local. Y, desde ahí, marchando hacía atrás había un montón de deudas sin pagar y una lista interminable de agravios. Pudo ser cualquiera y a nadie le importó demasiado, una vida rápida, un deseo constante de olvidar, de quemarse en medio de una llamarada enorme de luz y sonido. La anomalía era seguir vivo; después de aquella noche él ya había muerto y sólo restaba saber cuando vendría la negra a cobrar la factura.

Conseguí hablar con él un par semanas antes de todo aquello, le digo intentando ganar tiempo. Así es como he logrado encontrarte. Por un instante deja de ordenar las copas y los vasos tras la barra y me mira con la mandíbula apretada y quieto, muy quieto, decidiendo su próximo gesto con una paciencia infinita. Era un tipo pequeño, sigo hablando a través de la brecha que he logrado abrir, podría haberse ganado la vida en el boxeo, ¿verdad? Pero le gustaban más las artes marciales y más que eso las mujeres. Eso me lo dijo el primer día que nos conocimos.

Imitaba todas las voces y las poses de los tipos duros de las películas. Se notaba que había pasado horas delante del espejo hasta lograr el gesto y el tono exacto de sus héroes. También me hablo de ti, me dijo que sería fácil encontrarte, que tenías el aspecto y la constancia de una pieza de acero prefabricada. Quizás los tipos que os contrataron pensaron que eso sería una buena idea, ¿no? Ya sabes, que de alguna forma os empujarías mutuamente hasta lograr acabar el trabajo.

Sé lo que estoy haciendo, y es peligroso. Estoy empujándole, llevándole a un sitio al que no quiere ir, pero estoy demasiado cansado para apelar a cualquier tipo de prudencia.

Cuando pongo las dos fotos encima de la barra sus ojos se convierten en unos puntos negros y abisales. Nos quedamos mirándonos en un tiempo inerte y justo cuando comprendo que es un gesto inútil, que nunca completará la historia y pongo las manos encima de las viejas fotografías para recogerlas, él asiente levemente con la cabeza. Se muerde las labios hasta hacerse sangre y veo dos gruesas lágrimas deslizarse, gordas y perezosas por las mejillas. Las lágrimas de un asesino.

Quizás sea cierto lo que me dijo su compañero y exista un código de los asesinos. Un conjunto de reglas que ellos mismos aceptan cumplir para no caer en la locura.

Si eso fuese cierto ellos, aquella noche, rompieron todas y cada una de esas reglas para asomarse a un abismo de horror. El espejo ante el que tendrían que mirarse cada día después de aquella noche.

9 me han valorado con 4.89 sobre 5..¿qué opinas?

mininos viajeros

angustia existencial

Los gatos no viajamos, nos viajan. En cuanto vemos a nuestro humano acumular bolsos y mochilas corremos raudos a meternos en su interior para, simplemente, dejarnos llevar.

Los gatos conservamos intacta la capacidad de ilusionarnos y cualquier sitio que llevemos dos días sin ver nos parece tan nuevo e interesante como un regalo recién desenvuelto.

Los humanos no: necesitan constantemente trazar complejos planes y proyectos para, dicen, encontrarse. Ubicar en algún punto preciso del tiempo y el espacio la persona que nunca fueron pero creyeron ser. Como si el idiota que les mira todos los días al otro lado del espejo y el desastre que atesora no tuviese nada que ver con ellos.

En realidad lo que anhelan los humanos es escaparse de sí mismos. Pero es un esfuerzo inútil, nunca son lo suficientemente rápidos. En cuanto llegan a un nuevo sitio creyéndose otros su viejo yo, que lleva horas en ese lugar, les espera sentado en el sofá con una sonrisa cruel para recordarles de manera despiadada que no hay huida posible.

Las vidas y los errores humanos son trayectorias circulares, por eso son tan tristes sus existencias. Basta que intenten escapar con todas tus fuerzas de algo para acabar dándose de bruces justo con aquello de lo que trataban de huir.

9 me han valorado con 4.88 sobre 5..¿qué opinas?