Feb
01.
olvidado en: leer

En cada esquina acecha el barullo de todo lo que debo echarme a la espalda y todo lo que me convendría olvidar. Mi capacidad para distinguir ha menguado vertiginosamente con los años. Eso y todo lo demás. No hay tiempo. Ya no, querido. El reloj me mira con cara de pocos amigos. Me doy al rimel y a los milagros en frasco antiedad, y me voy mimetizando con el ácido relumbre de una bonita mentira que se contempla en el espejo. Mi perro mira desde el balcón hacia la otra orilla de la tarde. No espero a nadie. 1940. Ya no espero a nadie. Hago pruebas para televisión donde buscan a gente joven y guapa…ya sabes, por el placer de decirles NO. Ya puedo vivir sola. Puedo enviarme un correo y prepararme una romántica cena. Soy la única superviviente. La única exiliada en mi paraíso demente.

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Jan
24.
olvidado en: leer

Marilyn se ha suicidado; sujeta el teléfono ente sus manos y sus ojos miran mudos hacía el techo, quizás en busca de una señal superviviente entre las manchas de pintura. Todo en su figura parece rígido y estático como el movimiento congelado que proyectan los cuadros de los museos. Un perfecto Rembrandt en el que la oscuridad del fondo es acuchillada por los destellos deformados de la lámpara sobre la mesilla, dejándonos vislumbrar a medias el cuerpo tirado en la cama. Una macabra escena de la caverna donde sólo si vencemos el miedo primigenio y nos acercamos al tálamo podemos ver la muerte tomando posesión del cuerpo. Borrando lentamente el color mientras el cuerpo se abandona a lo inevitable y los músculos se rinden, por fin, dejándonos a la vista unos diminutos incisivos con una mueca burlona para recordarnos que nada hay de noble en el negocio de morir. Hay algo de macabro y absurdo, un poso de tristeza flotando en la escena, pero no puedo evitar que este lienzo me siga pareciendo hermoso a su manera rota y vencida.

Al otro lado el Negro permanece firme con la elegancia de un bloque de hormigón. Menea su enorme cabezota y se pasa la mano por una mejilla que siempre parece a medio afeitar. Se encuentra fuera de lugar y todo en su cuerpo lucha por estar lejos de aquí. El Negro es de esas personas que han nacido para pasar por la vida como una bala de cañón.

Nos miramos incómodos cada uno en su orilla de la cama, y tras un rato a jugar a sostenernos la mirada veo como se encoje de hombros recogiendo en ese simple gesto la inevitabilidad de todo aquello. Como si el ser llamados para velar el cadáver de una prostituta fuese algo normal en el orden inmutable del Universo.

Al final deja su posición de feo ángel guardián junto al cabecero y le veo moverse con cuidado por el diminuto apartamento. Abriendo y cerrando cajones, husmeando entre los papeles de la mesa. Ten cuidado, Negro, le digo, andas dejando tus huellas por todas partes. Pero no me hace caso y se limita a abrir los brazos proclamando su inocencia. Tiene la fe ciega en la justicia de quien siempre ha sido condenado con toda razón en todas y cada una de las veces que le ha tocado ponerse ante un juez.

Cuando le veo recoger el bolso intento detenerle porque no es elegante robar el bolso a una mujer muerta, y menos aún si has compartido el lecho con ella. Pero antes de decir nada me entrega una tarjeta de identificación a nombre de Marisol Remedios. Le miro y el me espera con una ceja levantada. No jodas, Negro. ¿De verdad pensabas que se llamaba Marilyn? El sonríe y vuelve a encogerse de hombros. Quizás no se lo hubiese preguntado nunca.

Marisol Remedios, oriunda de un pueblo de Plasencia pequeño y miserable. La enfermedad del viajero creciendo en tus entrañas, esa absurda seguridad de que más allá de los límites del pueblo existe un paraíso, el kibutz soñado. Un novio alto y guapo en la capital que te promete el cielo, y te pone en la calle cuando se cansa de ti. Esa pequeña mentira de la felicidad brillando en lo alto como un faro inalcanzable, hasta que bajas los brazos y dejas de soñar, simplemente sobrevives entre días que se despiertan idénticos. Una historia tan poco original que harían falta los nombres de mil protagonistas para escribirla. Tantas como personas que cada año son tragados por esta ciudad para no volver a ser vistas jamás.

Empiezo a comprender porque estamos aquí, en su funeral, en el último y definitivo paso. Ese que ella no se atrevía a dar en solitario por más que la vida nos haya enseñado de manera tozuda que lo estamos, inevitablemente solos. Ella necesitaba la presencia de sus dos últimos amantes para velar su cuerpo, para despedirnos o incluso, pienso de manera absurda, para avisarnos sobre el devenir de nuestras vidas. El cuerpo de la cama como señal de aviso. El espíritu de las Navidades futuras que te pilla con los pantalones bajados dispuesto a celebrar en solitario la llegada del nuevo año. Una botella en medio del océano avisando a navegantes y aventureros del futuro que les espera.

Me giro y veo al Negro mirando extrañado mi figura inmóvil. Quizás deberíamos largarnos de aquí, digo volviendo de mi letargo. Ir a una cabina, llamar y dejar que la policía lo invada todo. Me mira sin decir nada y dudo si me habrá escuchado, pero le veo mover su fea cabeza llena de cicatrices y golpes. No, dice finalmente, nunca en mi puta vida he hecho nada noble ni valiente, y no pienso empezar ahora, pero si ella. Aquí señala hacia la cama. Quería que estuviésemos aquí, aquí nos quedamos hasta que venga quien tenga que venir. Para reafirmar su discurso se deja caer en el sofá que suelta un S.O.S en forma de nubes de polvo mientras cruje al límite de su resistencia. Noto que ha hablado en plural, pero no es una amenaza, es el acta fundacional de una sociedad que acabamos de fundar esta misma noche.  Decido imitarle y me encojo de hombros sintiendo al hacerlo como la noche y el cansancio golpean mi cuerpo vacío. Me hago un hueco a su lado en el sofá y entre los pliegues de la chaqueta busco el teléfono móvil, marco los tres dígitos de emergencias y se lo paso:

Habla tú, Negro, que ya te conocen y tienes más confianza.

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Jan
18.
olvidado en: leer, mirar

Cuando llegan estas fechas y el mercurio decide suicidarse en sus tubos de cristal mi mundo se llena de gente gris caminando por calles atestadas, niños en el parque patinando sobre superficies de plata, y miles de crisálidas refugiadas al fondo de los armarios esperando el momento de su revolución.

En la oficina los radiadores renquean y tosen intentando acercarnos algo del fuego primigenio tras despertar de un descanso geológico. Ella se pone montones absurdos de ropa y se pasea entre las mesas enfada, golpeando tuberías y frotándose las manos. Maldice al clima, a los dioses y, por encima de todo, a su jefe, que le ha prohibido el calefactor que escondía bajo la mesa tras dos descuidos que acabaron con los bomberos atravesando las puertas con sus hachas y toda su masculinidad.

Es pequeña, casi etérea, de esas personas que parecen estar siempre rumbo a un sitio distinto donde nadie se extrañe de su tristeza. Cuando se cansa de maldecir viene a mi sitio y me abraza buscando algo de calor. Esconde la cabeza bajo mis brazos y noto el olor a vegetación y madera podrida de su pelo mientras me dice que tiene frío, que siempre tiene frío y ya casi no puede recordar el calor del Verano. Entonces cierro la hoja de datos de la pantalla y busco todas las fotos que hice hace meses: niños, playas, el sol en lo alto… ella me lo agradece con un beso en la mejilla que es roto por una tos violenta que parece a punto de partirla en dos.

A veces ella te dice que nunca hace nada bueno, que el mundo será un gran lugar cuando gente como ella desaparezca, y entonces sientes que ya eres dueño de toda esa tristeza que no tiene nombre ni apellido, pero que aceptas desde ese instante como algo tuyo de lo que ya no te puedes desprender.

Y nunca sé que decir cuando la veo cada vez más pequeña, cuando viene los Lunes con el alma rota y los ojos escondidos en fosas abisales y noto su cuerpo temblar entre gente en mangas de camisa, o cuando su pulso es incapaz de acercarle un cigarrillo a los labios secos y partidos. Porque en el fondo estamos en esa difusa línea que nos permite preguntar por el fin de semana, compartir algún café o recordar el cumpleaños, pero no nos acerca lo suficiente para mostrar el flanco débil de nuestras vidas.

Y sólo tengo un puñado de fotos ondeando a modo de bandera para decirte que estoy aquí, a tu lado.

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Jan
11.

… el último baile…

Ella es la promesa de una vida amable y sencilla. Ha encontrado su pequeño rincón en medio de esta gran broma, y lo defiende con la dignidad de quien no tiene otro asidero y corre el riesgo de despeñarse si mira hacía abajo. Y es bonita, y me mira con ojos tristes mientras me agarra y me lleva hasta el centro del salón. Nos movemos con torpeza entre otros muchos como dementes relojes de cuerda, cada uno con su ritmo, sus horarios y sus razones, pero de alguna manera felices, con esa felicidad ingenua que es mitad felicidad mitad mentira sostenida por el armazón de los días y el loctite de la rutina.

Ella me mira y me susurra un tonight will be fine, y quiero creerlo con todas mis fuerzas. Agarrarse a ese suave NoPensar y abandonar por un instante esa enorme cacería que es la vida con las fauces de la desidia siempre a dos centímetros de rasgar la carne. Huyendo, buscando a tientas una puerta con alma de salida y un back to the eden en lo alto con enormes letras de neón. Un dulce cerrar los ojos y abandonar la Búsqueda de un norte que quizás no exista, o buscarlo en la filosofía y sus sencillas recetas de living room. Philosophia biu kybernetes, que no es plan de estropear las cosas por mucho pensarlas. Mejor dejarse mecer por esta suave música de ascensor y enterrar mi cara entre su pelo. Si, así todo estará bien, tonight will be fine.

Y, cuando ya casi te has convencido y has hecho tuyas todas las frases de otro. Cuando ya, por fin, eres capaz de decir lo que quieres pero no te atreves a decirlo. Ahora que eres un chico bueno y entregas tu mano a los mayores, ahora, justo ahora, aparece la duda, esa vieja prostituta vestida con sus mejores galas, y te besa con unos labios rotos de carmín y tabaco, y todo tu cuerpo tiembla porque sabe que ahora le perteneces, que no hay vuelta atrás y tu camino desde ahora será el camino de los que dudan, de los que caminan sin dejar de mirar atrás pero no por eso cesan en su caminar… back to the eden.

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El artista del alambre no hubiese sido posible sin los chicos de Wordpress, la música de los cero, las plumas Waterman y los lapices de colores Alpino...

La presentación en pantalla es una modificación de la obra de FrederikM.de, que es una modificación de blueblog_DE Theme.. ¿No es genial el código libre? 02/09/10