Pobres locos

– Pobres locos, aún creen en la revolución. Murmura parapetado tras unos gruesos prismáticos de campaña. Sus hombres, encogidos en el fondo de la trinchera, intercambian miradas extrañadas sin despegar los labios ateridos. Si no fuese porque lo que hay al otro lado de la trinchera son los cabrones que llevan machacando desde hace cuatro días, aquellos hombres habrían creído percibir algo parecido a la piedad posado en el fondo de aquellas palabras: pobres locos, aún creen en la revolución.

Muchos motines, y no pocas rebeliones, empezaron con algo así de sencillo: dos soldados sucios y cubiertos de inmundicia intercambiando miradas llenas de dudas en una trinchera. Pero hoy no es ese día, ellos son profesionales, lo que llevado a términos militares significa actuar rápido y sin esas incomodas preguntas creadas para corroer el alma de los meros mortales: ¿quiénes somos?; ¿qué es ese ruido cariño?; ¿qué haces, Hamlet?, apuestas por el caballo ganador, o te llenas de mierda hasta las orejas. En fin, filosofía pura, ustedes ya entienden.

La corneta oxidada de los vencedores deja caer su manto sobre el campo de batalla, y todos los hombres agazapados se desperezan y comienzan a moverse formando una marea humana en perfecta formación. Él deja los prismáticos, y besa una pequeña foto guardada en lo más profundo de su bolsillo, mientras murmura una olvidada oración a un Dios en el que dejo de creer hace muchos años. Toda una vida cumpliendo ordenes, siendo una PiezaUtil, engrasando el motor de la patria y las banderas con su obediencia ciega, y ahora, justo ahora, tras casi treinta años de servicio impecable, una vieja foto le dice que ha sido otro idiota en ese sucio negocio de la guerra, ni mejor ni peor, ni más guapo ni más feo que los desgraciados a los que en breve habrán masacrado sin piedad. Pero claro, vete ahora viejo con historias, je, je, veras cuando os lo cuente, resulta que todos esos muertos de ahí, y estos de aquí, toda es badana que nos hemos estado dado era una boludez, y al final tú eres más hermano mio que el capullo estirado que me daba las ordenes en un sobre lacrado. Y además se lo dices así, viejo, en verso, seguro que aplauden antes de descerrjarte un tiro en la azotea. Eso si no acabas ante un pelotón formado por tus propios hombres, que empiezan a ponerse nerviosos al no recibir la orden de avance.

A la mierda, murmura finalmente, mientras deja caer la mano hacia adelante y es sobrepasado por sus hombres cargados de armas y gritos de ánimo. Ordenes son ordenes, que diría su padre, otro capullo PiezaUtilDelSistema, al menos hasta su muerte en soledad, alcoholizado, y rodeado de fantasmas sedientos de venganza esperando verlo caer.

Texto aparecido originalmente aquí.

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