colores

La naturaleza cifra sus mensajes a través de los colores. Algunos representan una oportunidad, otros vienen en forma de una amenaza o un aviso: ahí tienes una fruta es comestible, esa flor es la que debes polinizar o, mírame, soy un insecto muy peligroso, ten cuidado conmigo.

Todos los animales entienden y respetan el código. Saben que les va la vida en ese aprendizaje y comprenden que en la naturaleza todo tiene un sentido. Un significado fruto de miles de años de prueba y de error, de callejones sin salida y de extrañas carambolas evolutivas de las que dependen la supervivencia de miles de especies.

Pero no todos los animales parecen dispuestos a seguir esas reglas tan sencillas. Con los humanos, la naturaleza se ha encontrado con unos alumnos torpes y un poco engreídos que nunca prestan atención a nada de lo que se les diga.

Siendo honestos, ni tan siquiera entendemos nuestras propias señales. Las pirámides de Egipto tenían todo tipo de avisos y maldiciones para quién osase cruzar sus sagrados umbrales y no hemos dejado ni la pintura de las paredes.

Y lo mismo pasará dentro de mil años, alguien descubrirá un almacén lleno de residuos nucleares repletos con pictogramas y señales de peligro en todos los idiomas posibles y, ¿qué hará?: abrir los bidones con el mismo entusiasmo que un niño los regalos el día de navidad pensando que ese descubrimiento le otorgará un lugar privilegiado en los libros de historia.

Sospecho que la naturaleza ya nos ha dejado por imposibles y que, si pudiese, nos habría puesto una señal luminosa en la frente para que todos los bichos se alejasen de nuestro lado a la mayor velocidad posible.

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