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Románico (primera parte)

El tablero mide alrededor de un metro de largo, y en su interior unas manos voluntariosas han grabado la silueta de un grupo de personas; casi todas hombres, todas de perfil y distintos tamaños, y todos portando instrumentos primitivos que elevan al cielo. Parecen los hinchas enervados de alguno de los equipos de fútbol cuyas imágenes nos llegan por satélite a la habitación del hotel.

Es Románico, nos saca de dudas el guía parapetado tras una serie de fechas lejanas que nos hacen sentir un poco más pequeños y extraños. Como si ese puñado de efemérides no fuesen más que piezas de un puzle incompleto cuyo único fin fuese representar algo que no hemos visto en su totalidad.

A mis espaldas siento el zumbido del motor eléctrico de su cámara en un empeño casi suicida por calibrar la foto. Nos han dicho que no podemos usar flash de ningún tipo, y la cámara parece sentir en lo más profundo de sus circuitos la imposibilidad de sacar una foto correcta en medio de la oscuridad de esta iglesia. A ella eso no parece importarle, y lanza fotos con despreocupación sin apenas mirar la pantalla. Son sólo recuerdos, diría si le preguntasen, y lo importante es lo que sientes cuando vuelves a verlos, no la precisión técnica del resultado.

Dejamos al retablo descansar en su inmutabilidad de siglos y nos desplazamos hacia un lateral, aún más oscuro, donde nuestros pasos retumban sobre lápidas grabadas en piedra. Caballeros templarios que obtuvieron el dudoso honor de ser enterrados aquí al volver de Tierra Santa a cambio de toda una vida de servicios sin hacer preguntas. El guía parece cansado y sostiene con desgana su peso meciéndolo sobre un pie y el contrario, pero sus ojos parecen animarse cuando nos dice lo afortunados que somos de estar aquí. Al parecer fantasmas con nombres de grandes corporaciones llevan siglos comprando la deuda de la vieja y postrada Europa que ya sólo puede pagar cediendo los derechos sobre sus iglesias y castillos. En unos años estos lugares serán parques temáticos donde millonarios y grandes directivos con oficios y ropajes de época, pero todas las comodidades, fingirán ser reyes y caballeros, prostitutas y condesas, quizás en un intento desesperado por escapar de sí mismos.

Dentro de poco la única visión que tendremos de esta iglesia serán las reproducciones en plásticos polimerizados fotoreactivos y cubiertos de hologramas, cortesía de Kodak, que reproducirán hasta la última grieta de la iglesia real que se encontrará a cientos de kilómetros. Es un proceso cada día un poco más irreversible, porque Europa sólo parece tener capacidad de generar más deuda y ahogarse en guerras provocadas por aquellos que dicen ser sus salvadores.

El guía jadea sin aire tras su arenga, y añade elevándose unos centímetros sobre sus talones, que toda esa modernidad jamás podrá reproducir esa sensación que nos oprime el corazón al cruzar la portalada, o el sonido de nuestros pasos sobre la roca desnuda ni, por supuesto, aquí abre los brazos para abarcar toda la superficie de la nave, esta luz que parece moverse con vida propia. Es obvio que nuestro timonel sabe poco de tecnología y menos aún sobre el conformismo de sus congéneres.

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