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Románico (segunda parte)

Acabamos la visita y salimos al exterior de la iglesia por una pequeña puerta que desemboca en un cementerio de lápidas vencidas y coronadas por esa pátina verdosa que da el paso del tiempo y el abandono. Me alejo del grupo desperdigado por la entrada y recorro los montículos, leyendo distraído los nombres y las fechas que hablan de un mundo más pequeño y manejable. Un mundo donde los mapas acababan en abismos.

– ¿Busca a alguien? Algún antepasado, ¿quizás? Al girarme veo un párroco enorme embutido a duras penas dentro de un traje perteneciente a alguna de la miríada de religiones nacidas entre los escombros de las últimas guerras.

Le contesto lo poco probable que es eso. Y, para evitar el silencio que hemos creado, le tiendo un cigarrillo que acepta y complementa con un anticuado mechero de piedra decorado con un logotipo en relieve que reconozco al instante. – Vaya – le señalo el dibujo – estuvo usted allí. Él sigue mi mirada hasta el encendedor y sonríe. – Si, división aerotransportada. Primeros en saltar… – … últimos en marchar – concluyo sin esfuerzo recordando de golpe todos mis saltos en medio de la noche volando fuera del radar.

El levanta la cabeza sorprendido y nos miramos sin decir nada. Quizás porque no haya nada que decir, o porque es más sencillo refugiarnos en nuestros recuerdos mientras elevamos la vista hacía los acantilados devorados por el mar. – Joder, sí que es pequeño el mundo – murmura al fin.

Da igual donde vayamos o en lo que nos convirtamos. Siempre hay algún trozo de nuestro pasado dispuesto a perseguirnos.

Pero eso no se lo digo a él. Sólo lo digo en voz alta.

Aunque quizás, de todos los agujeros que hay en el mundo, este no sea un mal sito para encontrar a Dios.

Y nada más decirlo pienso si será cierto que puede existir un Dios o alguien con algo parecido a un plan. Un maestro relojero con una libreta sucia llena de fechas y tachones que son nuestras vidas, y que cada mañana se encarga de revisar y reescribir para adoptarlo a un inmenso guión que es mitad broma mitad tragedia llamado Universo.

Él mira por encima de mi hombro, lejos, elevándose por encima del cementerio y sus muertos anclados a tierra – Allí encontré un montón de respuestas y aquí intento encontrar las preguntas. Así de sencillo – Al decir allí señala al exterior, hacía el mundo real: Nuevo Méjico, Haití o cualquier otro lugar donde le ordenase luchar el honor, la patria. El Semper fi que parece posesión exclusiva de cualquier ejército del mundo. Cuando dice aquí lo hace tocándose el sobrecuello que cuelga arrugado y sin fuerzas sobre su camisa.

Parece querer añadir algo pero nos interrumpe el disparo a bocajarro del flash. Era una buena foto, dice ella a modo de justificación. Estamos a pleno sol y no es necesario disparar con luz artificial, pero ella parece feliz de usarlo. Observo divertido como se miran desde la distancia como animales sorprendidos en la misma jaula. Al final, el párroco decide presentarse y le tiende una mano enorme que podría partirla por la mitad. Desde mi posición puedo ver como ella flexiona ligeramente las piernas hacia atrás preparándose para placar el golpe, pero en el último instante parece recordar donde se encuentra y entrega su mano que desaparece entre las del cura junto una sonrisa forzada. Ha sido un momento de comunión del que todos hemos sido conscientes pero del cual preferimos no decir nada.

Cuando vamos hacía el autobús enciendo el AP y reviso las últimas entradas. Casi todos son avisos del hotel anunciando las actividades de mañana junto a los extractos de las tarjetas. El último no; el último es un aviso de la central que intenta sonar desenfadada a pesar del lenguaje burocrático y la ausencia de firma:

10 días para regresar. Os esperamos.

No se puede discutir con una máquina, pienso al guardarlo en el fondo de mi bolsillo. Aunque no estoy seguro de si ella opinará lo mismo.

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