posibilidad de una huida

La isla estaba habitada por seis perros provenientes de una larga estirpe que se remontaba a la época de los balleneros, diez personas repartidas en cuatro granjas, unas dos mil almas que se habían mudado al cementerio a lo largo de los siglos, y un número indeterminado de ovejas semisalvajes que vagaban libres y que parecían las verdaderas dueñas del lugar.
La última presencia en la isla era la mía y, al contrario que las otras, sí parecía responder a un propósito definido. Estaba allí como parte del fútil esfuerzo humano por imponer una lógica de ángulos sobre un territorio que se resistía a ser medido.
Un gobierno remoto, tras años de olvido, decidió de pronto que aquel rincón necesitaba un agrimensor que lo redujera a una dócil cuadrícula de coordenadas. Esa era mi sagrada misión, a eso se reducía mi trabajo: reunir el mundo y todo su contenido en un trozo de papel sobre el que un general pudiera clavar una chincheta para convertirlo en real.
Cargaba con el trípode y el teodolito de un extremo a otro, y mis pasos se cruzaban constantemente con los de las ovejas. Me observaban sin curiosidad, con esa mirada opaca de quien no ya espera nada. A veces se detenían en mitad del camino sin motivo aparente; otras, embestían el aire o se empujaban entre ellas con una violencia breve y sin consecuencias.
Parecían atrapadas en una rutina de la que no lograban escapar y que las llevaba, por la mañana, hacía el interior de la isla, al abrigo del viento y devorando los tallos verdes que crecían junto al lago, la única fuente de agua potable de toda la isla. Y al atardecer, como invocadas por una voluntad superior, las ovejitas trotaban casi alegres hasta el mar.
Fue a través de la lente de mi equipo, mientras intentaba fijar la línea de la costa, cuando empecé a notar su extraño patrón. Durante horas, arriba y abajo, patrullaban la orilla sin dejar de mirar al horizonte: esa línea azul pálido que apenas logra separar el cielo del mar. Algunas se detenían, balaban sin fuerza y seguían caminando; otras se quedaban rezagadas, como si dudaran, antes de volver a unirse, qué remedio, al grupo.
Tras observarlas durante varios días, me quedó claro que las ovejas querían escapar de la isla. Cada tarde se reunían en un mullido conciliábulo frente al agua, se acercaban decididas a las olas y retrocedían de golpe cuando el mar mordía sus pezuñas. Lo intentaban una y otra vez, siempre igual, siempre en el mismo orden, como si ensayaran una huida cuyo fracaso formase parte indisoluble de lo que eran.
A veces sólo necesitamos la posibilidad de una huida, no la huida real. Pensé que quizá aquellas ovejas no miraban el horizonte esperando marcharse, sino comprobando que aún estaba allí. Que bastaba con saber que existía algo al otro lado, un norte al que dirigirse aunque nunca fueran a alcanzarlo. Como si imaginar el salto que nunca darían fuera suficiente para soportar el peso inmóvil de aquella isla que se negaba a ser cartografiada.

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encuentros
30 Comments
BDEB
Tal como has descrito esa isla, no sé yo si de habitar en ella hubiera querido huir. Mirar al horizonte y saber que hay más al otro lado sí pero seguramente allí estaría mejor.
Un abrazo querido Beauseant.
CatBallou
Me ha encantado. Excelente historia. Gracias.
Mónica Frau
Hermosa historia. Pobres ovejas. Hace falta más que sueños para animarse a dar el salto y dejar el rebaño. Un abrazo
Joselu
Beauséant, este relato podría hacer las delicias de un agrimensor con vocación de metafísico y la desesperación de cualquier oveja con ambiciones existenciales. El narrador, pobre funcionario del orden geométrico, llega a la isla con su teodolito como si fuera una cruz en busca de su Cristo, dispuesto a redimir el caos natural en un mapa de coordenadas y chinchetas militares. Pero la tierra, como los viejos dioses, no se deja cuadrar. Mientras él mide ángulos, las ovejas ensayan —con admirable terquedad— su ópera inútil: una fuga imposible hacia un horizonte que se confunde con el cielo, el espejismo exacto de la libertad.
En el fondo, todos somos un poco esas ovejas: repetimos nuestros rituales, acariciamos la idea de escapar y retrocedemos justo cuando el mar nos lame las pezuñas. El agrimensor las observa con piedad científica, hasta descubrir que su misión es tan absurda como la de ellas. Ni el hombre puede domesticar la isla, ni las ovejas pueden abandonarla. Solo queda el consuelo de mirar el horizonte, esa última ficción útil. Porque medir el mundo —o soñarlo— tal vez sea lo mismo: una forma elegante de ignorar que nadie se escapa del todo.
Saludos
Beauséant
Yo tengo alma de ovejita, BDEB, así que entiendo perfectamente esa sensación. Creo que si me abriesen la puerta de la jaula no saldría por ella… mejor contemplar el horizonte y pensar: sí, puedo irme cuando quiera 🙂
Muchas gracias, CatBallou, por tus palabras y por tu visita.
Tener sueños es muy bonito, Mónica Frau, pero tienes razón, hace falta mucha valentía -o desesperación- para intentar cumplirlos.
Mil gracias por esa precisión que te caracteriza, Joselu, en el fondo era la misma historia contada desde dos puntos de vista. La del sufrido agrimensor, qué bonita imagen la de cristo cargando con la cruz, y las de las ovejitas que sueñan con algo que saben que sólo es un sueño… Los viejos rituales son los que nos dan algo de sentido, por eso nos aferramos ellos, saltamos por las losas pares de la acera, nos abrochamos los botones en orden. Creemos que si los repetimos, que si de verdad creemos en ellos, la vida tendrá sentido… pero, claro, la vida no se deja definir en los márgenes, ¿verdad?
Dalianegra
Entre la esperanza, la imposibilidad y la resignación…ovejas y humanos…
Un beso***
Eva
Me gusta pensar en un territorio que se niega a ser cartografiado. Más aún el adjetivo semisalvaje aplicado a una oveja, no sé Beauseant, yo creo que algún día darán el paso, justo cuando el agrimensor haya terminado la cuadrícula esa.
Sería un buen final ¿no?
Alfred Comerma Prat
Todos los gregarios creemos que podemos llegar allá donde se pone el sol, pero luego comprobamos que sale otra vez, y nos quedamos más tranquilos.
José A. García
En un principio pensé que hablabas de las islas Malvinas, después me di cuenta que era algo más grande, más intenso, más inabarcable, como la vida misma.
Saludos,
J.
t&e
¡Es que sería un sacrilegio cartografiar algo así!
Se, que me dirían a mí, ente extraño donde los haya entre los humanos, que una vez se casó con la hija de un pastor de aquellos que subían cada año con el rebaño a los Picos de Europa.
Citu
Lindas cabras y bonita isla. Te mando un beso
Ángeles
Estupendísimo texto que me ha hecho pensar en el origen de las religiones: esa necesidad de trascendencia, de esperanza, de saber que hay algo más allá de nuestra humilde existencia y que le da sentido.
Y al principio también me ha hecho pensar en una película que te recomiendo si no la has visto: Midiendo el mundo (sobre Alexander Humboldt).
Y por último, me ha encantado especialmente el “mullido conciliábulo”. Fantástica imagen!
Saludos!
Toro Salvaje
Hubo un tiempo en que yo soñaba con escapar a muchos lugares y futuros.
Después fui renunciando.
Después dejé de soñar.
Ahora sobrevivo.
Hasta esas ovejas me dan envidia.
Juvenal Nunes
Acredito que nos sintamos isolados numa ilha. Mas a possibilidade de sairmos, se assim quisermos, dá-nos uma indispensável confiança e segurança.
Abraço de amizade.
Juvenal Nunes
Doctor Krapp
Es un texto fascinante para una foto de excelsa hermosura.
Un agrimensor cuadriculando en un mundo poblado de ovejas y rocas que niegan los ángulos como quizás la propia isla. Unas ovejas que quizás sueñan con un mundo que les aleje de de la curvatura infame de sus vidas, a fin de cuentas el horizonte es un espacio recto. La negación de lo cercano como esperanza de cambio.
Beauséant
Tan diferentes, y tan parecidos, ¿verdad?, Dalianegra, todos atrapados en sus sueños, en sus ideales, esa perpetua lucha entre lo que somos y lo que anhelamos ser. Pobres ovejitas, pobres humanos.
Un final perfecto, Eva, no lo había pensado, pero imagino al sufrido agrimensor en el barco de regreso con todas las ovejitas metidas en la bodega intentando no ponerse a balar por miedo 🙂
Creo que acabas de definir mi personalidad con una claridad que me asusta un poco, Alfred Comerma Prat, me alegra no saberme en soledad.
Las islas pueden ser una metáfora estupenda de la vida, ¿verdad? ,José A. García, todas las personas somos naufragas en islas desconocidas. A veces te encuentras caníbales, a veces un bonito atardecer.
Perdería su magia, ¿verdad?, t&e, de repente, ese territorio desconocido e inabarcable, sometido a unas curvas de nivel.. Es mejor los mapas de los pastores, esos que sólo ellos guardan en sus cabezas. Una bonita historia la tuya, creo que alguna vez nos la has contado, ¿verdad?
Muchas gracias, Citu, las ovejitas siempre son bonitas, ¿no te parece?
La huida como religión, Ángeles, sí, sería un concepto interesante. En vez de un cielo o un infierno, la recompensa es la propia huida. Se puede desarrollar todo un sistema de ahí, ¿verdad? No he visto la película, pero creo que conozco su historia.. tomo nota.
La frase fue un encuentro casual, pensaba cómo podrían conspirar unas ovejas, y vino esa imagen a mi mente, reconozco que me encantó. Me alegra que te hayas fijado.
Dejar de soñar es morir un poco, Toro Salvaje, creo que ya lo sabes, pero creo que no has dejado de hacerlo, hay mucha imaginación en lo que escribes para pensar que ya has dejado de hacerlo. Otra cosa es que nuestros sueños se hayan recluido en las fantasías, pero no dejan de ser sueños…
Reducir el mundo, Doctor Krapp, intentar convertirlo en lo que queremos que sea, un vano intento de no sentirnos tan perdidos, sospecho. “La negación de lo cercano como esperanza de cambio.” hay mucha profundidad en esa frase, sí
Milena
Pues sí, en el fondo somos como esas ovejas que describes… a veces aspirando a alcanzar lo inalcanzable… otras, soñando plácidamente dios sabe qué… En extraño mundo estamos… y más leyéndote, eh?… Las fotografías, magníficas.
el Fantasma
¡Bahh! No te preocupes, solo son cosas de viejo.
Carlos Perrotti
Tal vez “conscientes” de su karma, al menos a través de cierta intuición o de rumiar en sus conciliábulos alguna estrategia o explicación, la huida sería un intento de dejar de ser, de evolucionar o manifestar otra condición… Por qué no?
elrefugiodelasceta
Me da la sensación de haber sido una de esas ovejas, comprobando el horizonte como con esperanza y sin ella. Es como saber que puedes escapar y, al mismo tiempo, procrastinar la huida porque, “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Seamos honestos, ya les va bien así como están, pues, en caso contrario, la oveja negra ya se hubiese arrojado al mar.
Joiel
Si las ovejas acaban por convertirse en isla, ¿por qué no en lo que hay más allá del azul? El hoy y el mañana pueden compartir pasos, aun llevando a distintos lugares. Por suerte, la curiosidad da nombre a los horizontes.
Manuela Fernández
Esas ovejas me hicieron pensar en nuestras propias fronteras invisibles. Buen relato.
SAludos.
Beauséant
Los de arriba, los lobos, no hacen más que decirnos que somos estúpidas por querer ser ovejitas, Milena, pero yo me he cansado de tanta pelea, tan mediocridad… me gusta ser una ovejita y contemplar el mar con ojos serenos… El mudo se ha vuelto un lugar demasiado extraño, ¿no te parece? Muchas gracias por tus bonitas palabras 🙂
Casi todo lo que aparece por aquí, el Fantasma, son historias de viejo. Creo que en su momento yo compartí la mía también, durante una gran parte de mi adolescencia tuve la compañía de un cabrero, un poco loco, muy mentiroso, pero una fuente inagotable de historias, reales o inventadas, ahí entendí que lo importante no era la verdad, era la historia 🙂
Una huida interior, entonces, Carlos Perrotti, ¿verdad? Negarse a ser lobos, a pelear, a conquistar, ser sólo ovejitas.. una idea revolucionaria, sin duda.
A veces evolucionar es no evolucionar, elrefugiodelasceta, como Sartre, cuando nos decía que no tomar una decisión es ya una decisión en sí misma. Esas ovejitas saben mucho de filosofía, sin duda 🙂
Qué comentario más bonito, Joiel, sobre todo la última frase. Un pie delante del otro, sin pausa, pero sin prisa, así conquistan las ovejitas su territorio.
Muchas gracias, Manuela Fernández, los limites que nadie nos puso, pero aceptamos, ¿verdad? Esa sombra que llevamos en nuestro interior.
MJ
¡Qué relato más bonito! Esa isla, tierra ignota, que se niega a ser cartografiada, esos pocos habitantes, y ese cementerio superpoblado (lo cuentas de tal manera que no parece tan terrible como es).
Me encanta la imagen de esas ovejas mirando al horizonte, creyendo que un salto las puede llevar más allá de donde alcanza la vista. Y es que detrás de los horizontes se esconden cosas desconocidas, a veces muy buenas. Aunque no siempre se atreve uno, porque sabes que no alcanzaras con un salto, y si lo intentas caminado o corriendo, en cuanto el agua llegue más arriba de la cintura te acobardas y vuelves a la seguridad de la isla. Por suerte hay gente que se atreve a saltar, sino no habríamos conocido el mundo ni las estrellas…
¡Al diablo la cuadrícula, la chincheta y el general! No, no, cartografiar tierras para generales, no. Si acaso para naturalistas. Coge el barco, mete a las ovejas y llévalas más allá del horizonte… Pero ¿te lo agradecerán o echaran de menos su isla?
evavill
La esperanza ovejil es lo último que se pierde 🙂
Me ha gustado mucho el relato, la figura del agrimensor, cómo describes el entorno y la palabra “teodolito”. No sé qué es, pero me gusta.
Cabrónidas
Creo, sin embargo, que hemos conseguido ponerle límites a toda la Tierra y no queda ya zona virgen por cartografiar. Al menos me consuela saber que jamás el humano arribará a superfices extraterrestres, por suerte para ese planeta. ¿O sí llegará?
Beauséant
No es malo ser ovejita, si así te lo pide el cuerpo, MJ, a veces nos sirve con eso, con la posibilidad de la huida, con contemplar ese horizonte sabiendo que podríamos estar del otro lado, que estamos así de cerca de lograrlo… Hay gente que ha nacido con otro gente, hablé de ellas por aquí hace tiempo (https://www.elartistadelalambre.net/los-viajes-de-mandarina/) Es gracias a esas personas, las que no se conforman y siempre quieren llegar más lejos, que se escriben los libros de historia. Pero hay también mucha valentía en las que se quedan y llevan una vida pacífica.
Creo que mis ovejitas no serían felices lejos de su isla, tienes razón.. Muchas gracias por tan bonitas palabras.
Muchas gracias, evavill, son criaturas tan mullidas para poder recibir todos los inconvenientes que el mundo les envía sin sufrir demasiado daño… Teodolito es una palabra demasiado bonita para lo que es, aunque, bueno, es un instrumento que sirve para medir el mundo, ahí es nada.
Dicen que el universo se expande, que cada vez estamos más solos y más lejos de todo, Cabrónidas, pero el ser humano es increíblemente bueno superando obstáculos… No apostaría yo por ellos, pero nunca se sabe… pobres extraterrestres, ¿verdad?
Etienne
Más que huir, creo que las ovejas quieren asegurarse de que el agua siga allí, como barrera húmeda, no para que ellas no puedan escapar sino para que impida el ingreso masivo a la isla de algo que ellas consideran malvenido.
Salute!
Diego
Yo creo que esas ovejas son herederas de las que utilizó Odiseo (Ulises) para escapar de la cueva donde Polifemo lo tenía recluido, junto a sus hombres. Quizás esperan que alguien, en agradecimiento, las saque a ellas de esa prisión que (piensan) es la isla. No saben cómo anda de revuelto el mundo, con tanto salvapatrias suelto. Si lo supieran, preferirían quedarse pastando allí para siempre…
Beauséant
Bien pensado, Etienne, la llegada de un agrimensor no puede traer nada bueno, ¿verdad? Primero acotas el mundo, y luego levantas muros… así empieza todo.
Eso pasa mucho, Diego, sospecho, incluso, que le ocurrió a Odiseo, que salió en busca de aventuras y gloria y volvió asqueado de todo lo que había visto. Pero, claro, llevamos en la sangre esa necesidad de ver las cosas con nuestros propios ojos, ¿verdad?