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el banco de la plaza

Todos los bancos de las plazas tienen sus pequeñas historias grabadas entre sus tablones. Biografías, casi todas ellas, desconocidas y anodinas excepto para sus actores, que se creyeron únicos e irrepetibles al ser sus protagonistas.

La de este banco es la historia de un inmigrante argelino al que una noche los defensores de unas ideas peregrinas sobre la raza dieron una paliza. Eran muchos, entre cinco y seis, pero lo golpearon con prisa, casi con desgana. Como si sólo quisieran tener algo que contar cuando se reuniesen en el bar en aquella noche de Viernes. Por eso el inmigrante acabo medio muerto en el hospital y no muerto del todo en el tanatorio.

El informe médico estaba plagado de profusas descripciones sobre las fracturas y lesiones, pero no decía nada de los insultos, las risas dementes y la orina aria mezclándose con su sangre. La letra oficial no servía de nada para describir esa mezcla que cubría el aire, mitad miedo y rabia, mitad tristeza.

Para conocer esos detalles hacía falta hablar con la víctima, y eso es algo que hizo muy poca gente.

Mi amigo trabajaba de plumilla en la sección local de un periódico nacional. Era, como siempre me decía con sorna, el becario mejor pagado de toda la plantilla. Aquella tarde se encontraba en el hospital cubriendo otra noticia y, con ese instinto de periodista que nunca le ha abandonado a pesar de los años de carrera y prácticas sin cobrar, decidió pasarse por la habitación del inmigrante, y ver si su jefe quería llenar un hueco en la edición del día siguiente.

Cuando apareció en la habitación se encontró con la representación de un extraño claroscuro: un cristo crucificado y apaleado en medio de la cama con la cabeza y el torso cubierto de vendajes, los labios amoratados y una pierna en alto. Al lado, con gesto indiferente, una chiquilla de pelo recogido en forma de coleta y vestida con uno de esos horribles trajes de color gris que se ponen algunas mujeres cuando quieren parecer eficientes. Para completar el belén, a los pies de la cama, una mujer mayor con una colección extravagante de bisutería en el cuello y una falda de cuadros alrededor de su rollizo cuerpo.

Como único testigo de la escena estaba mi amigo y otro plumilla que parecía estar allí para tomar nota del evento, y al que saludó con la cabeza. No lo conocía de nada, pero es fácil reconocer a otro compañero de fatigas.

Justo cuando mi amigo llegaba la mujer se acaba de lanzar a un discurso que era puntualmente traducido al francés por el traje gris y que, sin la prosopopeya habitual, era algo como: querido inmigrante, sentimos mucho la golpilza que te has llevado por atreverte a vivir en uno de los jardines de nuestra gran ciudad. También lamentamos los dos años que llevas malviviendo en la calle y por eso, como tus sueños no se han cumplido, mi asociación. Aquí la señora se presento como la presidenta de una oenege con muchas siglas. Ha decidido entregarte este billete de avión y algo de dinero, para que puedas pagarte un viaje de regreso a tu país y empezar de nuevo en mejores condiciones. Por supuesto, concluyó, los culpables de la paliza serán perseguidos y castigados.

Ignoraba, quizás sin mala fe, que seis figuras borrosas y un inmigrante apaleado camino de su país eran una mala combinación para que la Señora justicia se arremangase sus impolutas faldas y se pusiese a trabajar.

Había soltado el discurso con el apuro de alguien no muy acostumbrado a verse en esas lides, y sonreía estoica mientras sus palabras eran traducidas al bulto de la cama que lo recibió en absoluto silencio. Un minuto, o veinte, no puede saberse en esas circunstancias, pero justo cuando la mujer se encontraba a punto de decir algo que rompiese la calma, el inmigrante de la cama comenzó, para sorpresa de todos, a hablar en español. Un español extraño, arrastrado con dificultad a través de palabras y giros antiguos. Parecía que el tipo lo hubiese aprendido leyendo el Quijote.

Con exquisita educación agradeció que, tras dos años en la calle, una institución se acordase de su persona. Mi amigo no sabe si eso lo dijo con sorna, porque entre su forma de expresarse y el rostro cubierto de vendas no había forma de saber en que andaba metido, pero el caso es que todo en él era muy digno. Como si fuese un emperador recibiendo a los emisarios de un país desconocido, algo parecido a verse metido en un jodida novela de Julio Verne, me contaba mi amigo. El caso, concluyó el tipo de la cama, es que no podía aceptar tan generosa oferta por más que sabía que estaba hecha con toda buena voluntad. De nuevo, sin rastro de sarcasmo.

Aquí la señora empezó a flaquear un poco y se giro para ver si mi amigo y el otro plumilla podían ayudar en el asunto. Pero ellos, firmes como mercenarios, se limitaban a contemplar la escabechina levantando puntual acta de lo acontecido con ojo de notario. Al no encontrar ayuda por ese lado la mujer, viendo que la cosa transitaba por caminos complicados, intentó explicar que aquello no tenía sentido, que sus posibilidades de salir adelante eran nulas en este país en el que había agotado todas las vías y llamado a todas las puertas. Lo único que lograría de seguir sería llevarse otra paliza o, quizás, algo peor.

El tipo recibió aquello con lo que parecía un encogimiento de hombros y respondió que no importaba. Que uno no elige su destino, pero que ya puestos a jugar las cartas tanto daba si estaban marcadas. En su aldea natal, en la otra esquina del mundo, debía caminar cuatro horas para poder llevarse a la boca un agua sucia y marrón que nosotros no  usaríamos ni para lavar el coche y en cambio, en el parque donde dormía, había una fuente con un agua inmaculada justo al lado. Lo de la paliza era algo para poner en el lado del debe a la hora del balance, cierto, pero al menos ahora ya sabía que si le tocaba otra en la rifa le dejarían estar unos días en un hospital en vez de agonizando en medio del desierto.

La historia no fue publicada. Su vida siguió siendo la vida de nadie. Sólo una anécdota más de otro jirón borroso de los muchos que se acumulan bajo los puentes compartiendo esa mezcla de alcohol, necesidad y hambre que nosotros rechazamos como si fuesen invisibles, y que sólo saltan a primera plana cuando mueren por cientos, a ser posible, en lugares lejanos.

Ya lo dijo el viejo general: no se vive, se sobrevive.

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