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El día que desaparecí

El día que desaparecí, el mercurio explotaba en sus jaulas de cristal y la ciudad era una mala acuarela a la que hubiesen olvidado pintar las sombras.

El día que desaparecí, toda la calle era una procesión de bolsas de basura abandonadas palpitando por la combustión de los gases y el calor de su interior. A veces, de forma aleatoria, explotaban y desperdigaban con un sonido obsceno las cáscaras de fruta y los papeles sucios sobre las aceras. Los pocos niños que quedaban en la ciudad lo celebraban como fuegos de artificio, y saltaban descalzos sobre la acera levantando un polvillo ocre que se pegaba a la piel y la ropa hasta formar parte indistinguible de la vida en aquella ciudad.

Escuadrones de la muerte recorrían la ciudad y ellos, los desheredados, los hijos de nadie, danzaban descalzos e indiferentes entre los restos de la basura. Aquella ciudad se había sumergido en la locura definitiva y contemplaba gozosa la caída de un rey que marchaba rumbo al retiro dorado del dictador. Mientras, alrededor de la ciudad, los buitres luchaban por hacerse con los restos humeantes del imperio.

El resto de nosotros sólo erámos restos de stock, malos actores secundarios esperando en un tiempo suspendido que no presagiaba nada bueno.

Compartíamos el bloque de apartamentos con hechiceros y adivinos que prometían consuelo a nuestro mal de amores, o pronta solución si de dinero se trataba. Cuando ella leyó los floridos y rimbombantes nombres de los buzones y sus vanas promesas no quiso seguir mirando ningún otro sitio. Esas diminutas tarjetas de letras curvas eran para ella la preclara señal de que estábamos, por fin, en el lugar correcto.

El lugar correcto es aquello que encuentras cuando te has cansado de buscar.

Lo que ella llamaba apartamento era apenas un chiscón que a base de telas, alfombras y una cantidad absurda de muebles, tenía cierta apariencia de hogar. Unos pocos metros cuadrados compartidos, pared con pared y techo contra suelo, con una colección de inmigrantes a la espera de su gran oportunidad, estudiantes en busca de un futuro, y nuestros nigromantes y adivinos que entre semana paseaban sus ropajes estrafalarios llenos de símbolos rituales, pero que los sábados eran indistinguibles del resto de rostros anónimos que bajaban a comprar el pan o ver la pasar la vida en las plazuelas.

El día que desaparecí, uno de los niños eternamente descalzo me hablo de dos extranjeros que habían preguntado por nosotros en los bares, y yo empecé a resumir mi vida en una maleta encontrada por casualidad en el altillo del baño mientras los teléfonos no dejaban de sonar.

… y una voz, pequeña e insidiosa en mi cabeza, no dejaba de susurrarme que ya estabas muerta y que no habría hechizos ni pócimas, tablas ouija ni posos en el té que pudiesen marcarme el rumbo ni traerme de vuelta tus palabras.

como cuando me decías que nunca podrían con nosotros…
… que nadie debería dejar nada tras de sí al marchar…
… que todas las vidas deberían caber en una maleta.

12 Comments

  • Hoba W

    “El lugar correcto es aquello que encuentras cuando te has cansado de buscar.”

    Creo que aquí ha sido cuando se me ha cortado la respiración..

    Maravillosa entrada, Beauseant, repleta de esa melancolía tan adictiva (para mí)

    Un beso

  • virgi

    Mira que tienes capacidad para situarte en un paisaje desolado y gris. Muchas veces que te leo, pienso en Jeremiah (tal vez ya te lo he dicho), el personaje genial del cómic.
    Besitos

  • Isa

    “como cuando me decías que nunca podrían con nosotros…” http://www.youtube.com/watch?v=FPqQyY-ibdw

    “y yo empecé a resumir mi vida en una maleta” Siempre me he preguntado si yo sería capaz de hacerlo.

    Genial el texto. Enhorabuena por saber escribir así de bien y millones de gracias por compartirlo con nosotros.

    Saludos.

  • Beauseant

    En el fondo eso es lo que importa, Adolfo el no dejar de buscar, el poder siempre levantarse, abrir la pequeña maleta, y volver a empezar. Hay personas, tristancio que llevan siempre un trozo de Apocalipsis en sus bolsillos y, allí donde vayan, las cosas siempre parece ir un poquito a peor.

    Nos gusta la melancolía, Hoba W. 24 horas de simple felicidad al día podrían acabar con culaquiera 😉

    No recuerdo, virgi si me lo habías dicho o no, pero si que es verdad que me encantaría saber dibujar las historias en vez de sólo intentar narrarlas, pero me temo que en dibujo es aún más complicado intentar explicar las cosas y, por supuesto, hay que dibujarlas.

    Que te lean con Quique González de fondo, Isa es algo grande, muy grande. Gracias 😉

    Gracias, Merce (Filoabpuerto) Me gusta dar datos sin darlos, es complicado de explicar, pero cuando empiezo con descripciones largas me acabo agotando y perdiendo…

  • Beauseant

    Esa es una buena idea, Vanessa, pero dificulta enormemente el movimiento y, claro, también las huidas 😉 Y, por supuesto, lo que dice Shiraz, que siempre tenemos cosas que no caben en maleta alguna.
    Marvel Girl, Jordi m.novas Vuestros deseos son ordenes 🙂 Quizás, no lo sé, con un poco de retraso, pero es complicado compatibilizar todas las vidas.

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