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Gran vía

Todas las ciudades que pudo ver a lo largo de su vida tenían en algún lugar del callejero una calle llamada Gran Vía. Incluso su pueblo, que nunca tuvo nadie que le dedicase mapa alguno, lucía un pequeño paseo con ese nombre: una calle ancha y sin asfaltar por donde llevaban los toros en las fiestas patronales, y que ante la presencia de aquel nervio de cemento y hormigón que parecía cortar Madrid en dos parecía una broma de mal gusto.

Había llegado hasta Madrid para asistir al entierro de un perfecto desconocido al que llamaba padre y que había tenido el absurdo capricho de morir a cientos de kilómetros del lugar donde le nacieron. Estaba allí porque eso es lo que se esperaba de él como primogénito, la obediencia ciega a un ritual que había empezado mucho antes de su nacimiento y que debía ser acatado sin oposición.

A veces, el vivir sólo es continuar sin saberlo el quehacer emprendido por otros.

Para una raza destinada a escarbar la tierra y vivir mirando al cielo con el miedo atávico de un animal doméstico la única esperanza, la certeza inamovible que no dependía de los caprichos de un ser omnipotente, era ese vínculo de la sangre que te evitaba morir solo en una ciudad desconocida. Su padre lo sabía cuando había huido del pueblo, del olor a estiércol pegado a las ropas y de vivir escudriñando el beneplácito de los dioses en los pequeños gestos de cada día.

Su padre, uno de tantos que no había vivido lo suficiente para volver la vista atrás con la indulgencia que nos da el tiempo pasado sobre nuestros actos.

Sólo otro más que contemplo exhausto el eterno deglutir del ganado, y decidió que otro amanecer atrapado en el mismo lugar no sería muy diferente de la muerte.

A veces, las cosas más complicadas, las que deciden una vida entera, sólo necesitan un pequeño punto de partida.

Llevaba tiempo parado en esa esquina. Escondido entre las manos, aferrado con miedo, una dirección escrita en un papel ajado. Parecía imposible encontrar una calle concreta entre ese océano de señoras cargadas con paquetes que veían satisfechas su reflejo en los escaparates, y hombres fugaces con sombreros grises y un eterno cigarrillo en la comisura de la boca. Todos parecían ignorarle o, peor aún, ni tan siquiera parecían conscientes de ignorarle.

Quizás fue entonces cuando decidió, si tales cosas pueden decidirse, que odiaría para siempre esa ciudad.

No tenía forma de saber entonces que su destino estaba unido de forma indisoluble a aquella ciudad. Que en algún momento sus pasos, como lo fueron los de su padre, no serían los de un extraño en medio de ese paisaje urbano de prisas y desencanto.

A veces, sólo vivimos para continuar sin saberlo el quehacer emprendido por otros.

13 Comments

  • cristal

    Me ha conmovido tu historia. Está muy bien escrita y refleja muy bien la impresión que produce una ciudad desconocida.

    Saludos.

  • Beauseant

    Gracias, Isa, sospecho que sí, que las vidas muchas veces se resumen a eso, pero por suerte no lo vemos, o no lo queremos ver. Parafraseando a la Duquesa de Katmandu por la inconsciencia hacia la felicidad.

    Jop, gracias de nuevo, Cristal, siempre que viajo me pregunto que se siente cuando te encuentras en esos sitos por obligación, no por turismo. Me alegra haberlo transmitido bien.

    Esa es muy buena Viuda Dehombrepez. Avenida M30 suena a cosa grande y esperpéntica, será cuestión de exportar el nombre. Le he cogido el gusto a repetir frases en los textos, me gusta el ritmo que dan, aunque supongo que siempre existe el riesgo de pasarse.

    Lo jodido Adolfo-Denavegantes es que tampoco tenemos que subir mucho para ver lo pequeños que somos. Pero, por suerte o por desgracia, nuestra raza nunca mira atrás, despreciamos lo viejo con la misma fuerza que ignoramos el pasado.

    Y es un placer tenerte de visitante en ellas, Shiraz

  • Vanessa

    Hay quien en ciudades grandes se sienten pequeños, y quien en pequeños pueblos se sienten grandes; también hay quien se agobia en pequeños pueblos, y quien se agobia en ciudades grandes. Sólo hay que buscar la medida exacta para nosotros, siempre y cuando el destino no ponga ese punto de partida del que hablas en el lugar equivocado.
    Besoss!

  • Beauseant

    La verdad, doctorvitamorte que el texto era una vulgar excusa para poder poner la moto. Le tengo cariño a esa foto, ya ves.

    Gracias, Virgi. Eslabones, cierto, pero además reemplazables. En el fondo somos tan poquita cosa que nadie se fija en nosotros. Y, a veces, eso es bueno, podemos hacer lo que queramos.

    Eso es cierto, Vanessa, pero uno nunca puede saber si ese destino estaba, o no, en lugar correcto. Todos los pasos que damos, todo lo que somos, sería distinto si ese punto hubiese estado en otro lugar, pero nunca podremos saber si eso era mejor o peor. Y quizás sea mejor así 😉

    Y cuando nos hacemos la gran pregunta nos quedamos un poco jodidos, ¿verdad, Merce? 😉

  • dsd

    Es que la foto es preciosa y los colores de la vespa espectaculares.
    Madrid siempre me pareció una ciudad perfecta para no volver, ciudad gris del desencanto. Pero mucho tiene que ver con las circunstancias del viaje. La última vez, sin embargo, Madrid fue una ciudad enorme y acogedora, demasiado dulce y mágica como para perdérsela.

    Una historia para leer muy de mañana, para empezar el día. La contraposición pueblo-gran ciudad es genial.

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