leer

Manifiesto de dispersión

Fue una señal. Todas las fotos de aquel verano salieron movidas. Todas menos aquella en la que aparezco con la cabeza cortada. Fue una señal pero… yo nunca fui buena interpretando señales, adivinando los motivos por los cuales siempre circulábamos por autopistas, como si tuviésemos prisa por acabar con aquello. Sentido de la economía, decías tú. Después vino todo lo demás. Yo, cantando por Camarón “sol del Caribe dame en la cara que quiero que volvamos morenos a España”. Tú. Tus arrebatos de trascendencia hablando del sentido de la vida y de un montón de estupideces que yo nunca lograba entender… no sé bien si por los excesos de alcohol, por el volumen de la música o porque, hablemos claro… en tu puta vida te has explicado como un libro abierto… Del último hotel, el más caro, nos fuimos sin abonar la cuenta. Aquello también debió de ser una señal. El principio del sinsentido del final. Como cuando te fuiste de casa y le dejaste las llaves al mendigo de la esquina. El sinsentido. Tu última postal. Desde París, claro. Deberías de quedarte allí para siempre. Para no verme obligada nunca más a escribir sobre el amor. Que el amor es simple, me contó Chavela. Y a las cosas simples, querido,  las devora el tiempo.

13 Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published.