volviendo al sur

Otra mañana de despertarme con un nudo en el estómago. Una duda, una anticipación de algo que espero y nunca llega aunque no sepa lo que es. Otra mañana de despertarme con un puñado de lágrimas, firmes y ansiosas como disciplinados paracaidistas esperando la orden para saltar desde la cornisa de mis ojos.
Me concentro en no dejarlas salir. Pulso todos los botones y palancas a mi alcance en el panel de control hasta activar el piloto automático: rumbo a la ducha, al café frío, al trabajo que se acumula inclemente e indiferente ante mis dudas.
Otra mañana con el estómago revuelto. Con ganas de estar en otra parte. De ser otra persona a la que todo le resulte indiferente.
Ahí estás. A la salida del trabajo pasas a buscarme, todo puntualidad. Llevas puesto un traje que te acompañé a comprar en esa otra vida que ahora parece algo distante, la vida de otra persona.
Qué pequeño me pareces siempre disfrazado en esos trajes corporativos.
Nos saludamos sin saber qué hacer con nuestros cuerpos y me das las gracias con una sonrisa tímida. No tenías a nadie más a quién pedírselo, me dices. Y no sé si eso es un halago o una ofensa… quizás sólo sea la verdad. Nos hemos convertido en esas personas que se dicen la verdad.

El paisaje vuela feroz desde el coche. Campos de trigo que llenan de oro la luz del atardecer, maquinaria pesada que horada el terreno en busca de la promesa de un gran tesoro y, entre medias, los árboles que levantan sus ramitas como si se estuviesen despidiendo.
Y mi estómago, y mis lágrimas, y ese algo que siento en el interior y al que no quiero ponerle un nombre, porque mientras no lo tenga, no me dará miedo.
Vuelves a darme las gracias, vuelve tu sonrisa tímida. Yo miro por la ventana. Hace veinte años que no regresas al lugar al que nos dirigimos y siento tu miedo como un acompañante silencioso en el asiento trasero que espera su momento para asustarnos y sacarnos de la carretera.
En el fondo te entiendo, te entiendo perfectamente: nos definen más las cosas de las que huimos que aquellas a las que nos enfrentamos. Nunca fuiste una persona valiente, y creo que eso es lo más sabio que puede decirse de una persona. No sirve de nada la valentía, sólo para hacer bonitos cadáveres.
Te toca volver allí, a lo que fuiste, recoger los restos de una vida y cerrar aquella casa para siempre que ahora es territorio de fantasmas. Y yo, y mis lágrimas y mi nudo en el estómago somos tu única ayuda. Una pobre compañía para enfrentar unos miedos que son también los míos y que acabaron siendo más grandes que nuestros sueños. Porque, ahora lo entiendo, nos unieron nuestros miedos y la remota, vana posibilidad, de poder vencerlos juntos.
Llega un momento de la vida donde sólo puedes aceptar su extrañeza. No intentar colocar cada pieza en su lugar porque las piezas, tú, yo, el lugar donde naciste, lo que estuvimos a punto de construir, no son más que cristalistos rotos que cambian en cada giro del caleidoscopio y que, con algo de suerte, formarán algo bonito y digno de ser conservado.
Me miras desde tu lado del volante y pareces a punto de sonreír, una sonrisa relajada, honesta, y por un momento siento unas ganas inmensas de mentirnos y decirte que todo saldrá bien.

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