tristeza

Como cuando dices que sólo estas cansada porque no te atreves a confesar que te sientes triste. Como si el meter la palabra tristeza en la ecuación significase confesar una verdad que prefieres dejar oculta.

Las palabras flotan etéreas, se enredan y desperezan en el aire un instante antes de explotar como estrellas fugaces. Sois un perfecto grupo de gente normal hablando en una preciosa noche de viernes, pero cuando es la palabra tristeza quien aterriza en la mesa las conversaciones agonizan en un carraspeo incomodo hasta detenerse por completo. Ante su presencia todos enmudecen y luchan por encontrar el conjuro que haga desaparecer esa palabra tan sucia y desagradable como una mosca defecando sobre un mantel de lino.

Míralos, observa sus caras: tienen miedo de enfrentar sus vidas ante el espejo de la tristeza, porque intuyen, quizás, que bajo las risas y las palabras amables que sirven de coraza palpite desagradable esa palabra

tristeza.

El engaño como mecanismo último de supervivencia. No les digas, ni se te ocurra mencionar que vagas por la vida como quien recorre las alas de un hospital vacío cuyos habitantes, los locos y los cuerdos, huyen de tu presencia porque ven palpitar tras tus ojos un abismo sin nombre ni apellidos pero tan viejo como el propio tiempo.

Cómo confesar que cuando sales del trabajo, donde apenas has cruzado un par de monosílabos con personas que son casi desconocidas, sólo quieres refugiarte en el gimnasio, clavar la vista en la pared de la máquina de correr y subir la música a todo volumen hasta que todo el cuerpo sea puro dolor.

Y llega ese día en que incluso eso deja de funcionar, por encima del ruido, más fuerte que el dolor, la tristeza encuentra el camino de vuelta. Y en esa huida a ciegas por escapar de ella te descubres una noche de tantas sujetando una copa sin saber como ha llegado a tus manos, y terminas convirtiendo en ritual el ingerir una pequeña dosis de alcohol que te cobije en un sueño sin sueños.

Un sueño que te deje náufraga en un orilla sin recuerdos ni reproches.

Sabes que deberías pedir ayuda, pero te aterrar descubrir que la salvación se encuentre tras alguna de esas puertas que lleva a las celdas acolchadas. A las mentiras autocomplacientes donde somos víctimas y nunca verdugos.

Y el médico del trabajo, puntual en su cita anual, te pregunta y tú unicamente dices: sólo estoy cansada. Y lo dices con la fe de un chiquillo antes de navidad, esperando que suene como un grito de auxilio de quien se ahoga y no encuentra la salida. Un intento inútil y desesperado para que olvide sus putos papeles y te convierta en persona, pero el feo desconocido de la bata blanca no aparta sus gafas del formulario y sonríe al decirte:

Será por el tiempo.

Y tú, que haces siglos que no sabes nada del mes en que mes vives, que cuentas los días y olvidas las noches, sonríes y asientes en una caricatura de ti misma.

Sí, es cierto, será por el cambio de estación.

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