los viajes de Mandarina
El mundo de Mandarina es un lugar de una pequeñez asfixiante. Un triángulo de franjas verdes, ocres y rojizas con dos fronteras inamovibles: en un extremo, inaccesibles montañas de cumbres veladas por nubes de donde desciende un manantial apresurado que da vida a la aldea; en el otro, un bosque espeso, tejido de raíces y troncos que roban la luz del sol.
El bosque es un lugar prohibido, y quizá por eso Mandarina lo visita tantas veces. Cuando camina en su interior cree avanzar siempre en línea recta, pero cada vez acaba regresando al mismo punto de partida, y lo hace con la sensación de haber pasado mucho más tiempo dentro de lo que indican sus pasos, como si entre la aldea y el bosque hubiera una distancia que no se mide en los pasos dados, sino en voluntades.

Los ancianos hablan del mundo “más allá del bosque” como de un lugar oscuro y lleno de peligros. Lo cuentan al calor del fuego en noches sin luna, con los niños acurrucados en primera fila y los ojos abiertos de espanto. Narran fábulas acompañadas de la moraleja inevitable: el niño desobediente, la niña que ayudó a un extraño, la bruja que subió a las montañas y regresó convertida en oveja. Porque ese parece el precio de la desobediencia: perderse y volver transformado en una de las muchas ovejas que tejen somnolencias en los pastos alrededor de la aldea.
Pero Mandarina no siente miedo. Dentro de ella arde un fueguito sin llama que ni las historias de los ancianos ni los castigos paternos consiguen apagar.
Tiene “el mal del viajero”, diagnostica el hechicero mientras mueve la cabeza apesumbrado. Y los padres de Mandarina bajan los hombros y lloran en silencio. Recuerdan entonces la herencia maldita de un primo lejano, aquejado de ese mal, que se perdió en el bosque y del que solo encontraron un sombrero verde que hoy fabrica telarañas en el perchero de la entrada.
Los viajeros son raros en la aldea, pero siempre que aparecen lo hacen rodeados de una gran conmoción. Llegan guiados por los ancianos que siguen mapas cubiertos de verdín que sólo ellos saben descifrar y bajo una norma estricta: jamás hablar del exterior con nadie ajeno del círculo de ancianos.
Cuando aparece un viajero, Mandarina hace todo lo posible por remolonear alrededor de la enorme tienda comunal donde se reúnen los ancianos. Se ofrece voluntaria para cualquier de tarea que le permita entrar en su interior, pero todo es vano. Cada vez que cruza el umbral, cae un silencio denso que sólo se rompe cuando, tras dejar lo que lleva, abandona la tienda.
Pero no todos los extraños cumplen las normas. Algunos reconocen un fueguito compartido en los ojos de Mandarina. Por eso se demoran al recibir un cuenco con agua, ajustan sus extraños zapatos llenos de cuerdas con deliberada lentitud… en esos segundos robados hablan de edificios que tocan el cielo, de máquinas que enseñan estrellas, de objetos con funciones indistinguibles de la magia.

Uno de ellos le entregó el que acabaría siendo el tesoro más preciado de Mandarina: un pequeño libro escrito por el extraño donde narra sus maravillosos viajes. Mandarina ha borrado casi una frase de tanto acariciarla con el dedo, un lema para enfrentarse a civilizaciones desconocidas: “Llega descalzo, desarmado, y aprende a decir en su idioma: vengo a disfrutar del aire puro de vuestras montañas (*)”.
Ese libro convirtió su amaestrado fueguito en un incendio sin control. Ahora Mandarina sabe cuán grande es el mundo y cuán pequeña la mentira de su vida domesticada. Una vez descubierto el truco del decorado, ya no es posible seguir actuando. Sólo queda romperlo con manos furiosas y salir a descubrir la verdad que el mundo esconde.
Por fortuna, Mandarina ignora que su admirado autor —un antropólogo francés— terminó años después convertido en plato principal durante la celebración del solsticio de invierno de una tribu olvidada en un recóndito lugar del mundo.
Aunque, seamos sinceros: aun sabiendo cada peligro que acecha en el mundo exterior, Mandarina partiría igual. El mal del viajero habita en su sangre, y ella sabe que ninguna aventura que merezca ser contada está libre de la posibilidad de perder la vida persiguiéndola.
Aunque tarde, cumplo con la deuda contraída con @menticuchi y sus fantabulosas criaturas. Espero haber estado a la altura.
(*) Antoine d’Abbadie

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24 Comments
Miquel
Veremos que nuevas aventuras nos aporta Mandarina, ya que por lo que se ve tiene el mal del viajero.
Será interesante.
Salut
Mento
La madre que parió al pato negro!!! Y no al que pasa por aquí comentando🤦🏼♀️😂😂.
Primero me quedo sin palabras y no comento.
Luego vuelvo y lo consigo hacer. Te comentaba que siento algo de celos de Mandarina porque desearía ser ella, jejeje, lo que no se descubra observando desde detrás de un objetivo… Quisiera ser como ella, pufff y con lo que cuesta admitirlo, a tomar porculo el comentario 😂
Porque entonces al enviarlo, éste se pierde por esos infinitos mundos digitales. Manda huevos!
Lo confieso. Ahora siento celos por dobles de Mandarina. Jejeje.
BDEB
Ahora, una vez leído con calma, me encanta.
Es triste que en ocasiones no nos dejen ver más allá ni nos lo permitan, que nos infundan miedo para que no “investiguemos” más allá de donde otros quieran.
Mandarina me da a mí que va a hacer caso omiso y se lanzará a la aventura y yo estoy deseando hacer el viaje con ella.
Preciosa Mandarina, las imágenes ni te cuento, consigues captar hasta esos pequeños gestos que tiene su carita.
¿Mandarina será cómo ésas ovejitas? Bueno, no lo desveles, quedo a la espera (impaciente)
Un fuerte abrazo.
Cabrónidas
Espero que Mandarina haga las amistades adecuadas para que no se desvíe del camino correcto. 🙂
Joselu
Los viajeros verdaderos son escasos y cada vez lo tienen más difícil porque el mundo es parecido en todas partes -lleno de las mismas franquicias y modas, con gentes semejantes-, y, además ahora los turistas documentan todo en whatsapp, X o Instagram de modo que pueden estar en el lugar más remoto del mundo y enviar cada días fotos de su viaje, de tal manera que en el viaje no se desconecta del lugar de origen. Yo tuve la ocasión de viajar en solitario cuando no había tecnología y era otra cosa. Mandarina es una viajera de estos tiempos, así que llevará su móvil para contarnos a todos lo que ha hecho cada día. He llegado a la conclusión de que detesto viajar, el viaje es para muy pocos, y la mayoría tienen experiencias ligeras de cambio de lugar, latitud y comidas. Viajar es una experiencia compleja y difícil que no está al alcance de la mayoría y menos en un mundo plano y con prisa.
Beauséant
Lo que ocurre con las maldiciones, Miquel, es que no siempre son unas maldiciones, depende del lugar donde te hayan nacido… pero sí, veremos que nos va contando 😉
Mandarina es tan pequeña, Mento, que no le queda más remedio que ser valiente. Podría haberse quedado en la aldea, seguro que habría sido feliz, o al menos dueña de ese tipo de felicidad que se encuentra en la rutina. Pero cuando tienes el mal del viajero, los pies son los que mandan… A mi también me da un poco de envidia, creo que desaproveché demasiadas ocasiones de escapar de mi aldea y, a veces, siento mi mundo muy pequeño. Me alegra haber formado parte de los viajes de Mandarina 😉
Y, tienes razón detrás de un objetivo el mundo es diferente. No diré mejor, ni peor, pero se aprecian cosas que caminando no se ven.
A veces lo hacen por “nuestro” bien, BDEB, pero en el fondo hacen mucho daño. El mundo es un lugar inmenso, deberíamos aprovechar cada oportunidad de recorrerlo aunque regresemos a la seguridad de nuestra aldea cuando nos cansemos de hacerlo.
Muy buen ojo con lo de las ovejitas. En el texto inicial esas ovejitas eran otras que también tienen el mal del viajero, y que ya salieron por aquí hace tiempo: https://www.elartistadelalambre.net/nadie-recordara-nuestro-nombre/ , y que estuvieron por Irlanda: https://www.elartistadelalambre.net/tag/irlanda/page/4/ Las ovejitas y Mandarina entablaron una conversación sobre sus viajes, pero el texto quedó demasiado confuso, no supe escribirlo, y al final lo descarté…Me gustaría saber escribir las cosas que tengo en mi cabeza, pero….
El problema, Cabrónidas, es que no sabemos si el camino es correcto hasta que lo hemos tomado y, entonces, puede ser demasiado tarde para cambiarlo. Digamos que hay caminos, el resto ya es azar, ¿no?
Tengo esas dudas, Joselu, cuando viajo, y creo que lo de llevar una cámara, no un móvil, para hacer las fotos, tiene un poco que ver con esa necesidad de “marcar distancias”, no publicarlo todo de inmediato, no tener que decir a cada momento, “estoy aquí”. Cuando viajo apenas uso las redes sociales ni miro mucho el móvil.. además me gusta andar sin rumbo… antes los viajes los afrontaba como una lista de tareas: hay que ver x, debemos comer en y, imprescindible visitar tal museo… ahora hago un boceto general y dejo parte al azar, muchas veces los lugares que más recuerdas no estaban en la guía… Espero que Mandarina entiendo esa forma de viajar, un poco más “clásica”.. tienes razón, la tecnología facilita las cosas, pero no siempre eso es algo bueno, antes subirte al tren correcto era algo maravilloso, y ahora ha perdido todo su encanto, miras el móvil, anden 3 en cinco minutos, pues vaya…
Juvenal Nunes
Mandarina vive com um incomensurável desejo de conhecer mundo, o que se aceita porque é natural.
Abraço de amizade.
Juvenal Nunes
María
¡Qué mona MANDARINA! Parece que está de pucheros, sobre todo en la última fotografia ahí subidita 😊 seguramente está harta de tantos miedos e impedimentos como parece le imponen. El caso es que, Al comenzar tu relato, me pareció que describías una aldea Sami, hasta creo que me viene a la mente una peli en la que se desarrolla una historia parecida a la que cuentas. Un enorme bosque rodeaba la aldea y los fundadores para impedir que los jóvenes la abandonan se inventaban toda serie de leyendas e incluso monstruos espeluznantes .. no recuerdo si al final consiguió irse la protagonista, creo que sí, creo que llegó a una carretera, encontró a alguien que la ayudó y por fin voló lejos..
Debo confesarte q a mi no me gusta viajar, los viajes me agotan más q. sda en el mundo, mu abuelo me decía q no valía para la exportación y es verdad, los llevo mal desde que nací. Me gusta conocer lugares, gentes, culturas diferentes.. eso meeencanta, pero sin pasar por el viaje ( lo cual es complicado, lo sé) Hubo una época en la que soñaba con el teletransportador de Star Trek, hubiera dado lo que fuera por poder teletransportarme: ) Desde luego a ti te apasionan, porque -ya sabes q no puedo aguantar mi curiosidad- y como aquí has dado muchas pistas, he visto que te has llevado a MANDARINA nada menos que a unas islas de ¡Noruega! Ese cartel señala un lugar al que por una escaleras con muchísima pendiente se llega a lo alto de las islas, con unas vistas espectaculares según he leído. Espero que otro día nos las muestres, seguro que en tus fotografías serán el doble de bonitas que al natural. Eso sí, creo que MENTO debe tejerle un abrigo enseguida a MANDARINA, la pobre así tan hipie y veraniega va a morirse de frío ahí, incluso en verano, seguro que pela la ventisca.. En fin, que MENTO, MADARINA y tú seáis muy felices donde quiera que voléis, un beso BEAU!
Manuela Fernández
Los aldeanos protegen a Mandarina ocultándole lo extenso que es el mundo, cortándole la libertad, pero ella ha nacido para ser libre, sea el que sea el destino que le espere.
Bellísimo texto además de bueno.
SAludos.
BDEB
A esas mismas ovejitas me refería yo, creo que ellas fueron “las culpables” de que me terminara de enganchar a este rincón tuyo, ahora hay mucho más.
Estoy segura que ese lío que a veces se enreda en nuestras cabezas al final termina escrito de una forma u otra.
A veces cuesta un poquito más, parece que se escondan las palabras que necesitamos pero finalmente salen.
Citu
Me gusto conocer Mandarina y sus viajes. te mando un beso.
Toro Salvaje
Ay los viajeros de ahora…. qué mundo tan difícil para visitar fuera de amontonamientos y muchedumbres.
Casi mejor viajar dentro de grandes libros de viajes de siglos pasados… ahí todavía no ha llegado la globalización.
Beauséant
Es natural, ¿verdad?, Juvenal Nunes, el anhelar conocer el mundo, un mundo inmenso y unas vidas tan pequeñas.
Es verdad, María, la pobre siempre parece que anda haciendo pucheritos, pero si la conoces un poco, verás que es una criatura llena de alegría. Tienes razón, es una descripción típica de ciertos pueblos pequeños, los Samis, los cuaqueros o los que viven en el pueblo de esa película que comentas, que ví, pero tampoco recuerdo el título. Los ancianos de la aldea siempre quieren evitar que los jóvenes se escapen.
Lo del teletransporete de startrek lo he pensado siempre, odio en lo que se han convertido lo aeropuertos, la búsqueda de alojamientos, el leerme las condiciones, ¿te imaginas?, pulsas un botón en el salón de tu casa, y apareces en la otra esquina del mundo, zas, maravilloso 🙂 Noruega, sí, unas islitas a la izquierda del mapa llamadas Lofoten, un lugar de postal y con escaleras, muchas escaleras, ¿has visto las patitas que tiene la pobre Mandarina?, pues imagina subir todos esos escalones… Sobre la ropa, es verdad que iba un poco fresca, la pobre no había viajado nunca en avión y le daba miedo pasarse con el peso de la maleta, y tampoco tenía muy claro la ropa necesaria.. pero, no te preocupes, nadie se constipo en el viaje.
Algunos pájaros, Manuela Fernández, cuando les abren la puerta de la jaula, vuelven raudos a la comodidad de su prisión. Otros son salvajes, languidecen y mueren en una jaula. Mandarina es de esos, no ha nacido para vivir en un mundo pequeño.
Muchas gracias por tus palabras.
Me alegra mucho que te acuerdes de las ovejitas, les tengo un gran cariño, BDEB, son primas lejanas de Mandarina, ¿verdad? Una larga estirpe de aventureros, la raza de los que dibujan los mapas, los que no aceptan un misterio sin resolver. En mi cabeza he ganado el premio Pulitzer cuatro veces 🙂 cuando tengo que enfrentarme al puñetero folio en blanco empiezan las dudas y balbuceos… Casi todo lo que escribo tiene más longitud de la que finalmente publico, para mi, publicar es un proceso de poda, de intentar simplificar y aclarar el ovillo que tengo en la cabeza.
Gracias por estar
Muchas gracias, Citu, seguro que ella también ha disfrutado de estar aquí.
Aunque es complicado, Toro Salvaje, creo que aún es posible encontrar algo de disfrute en los viajes. Creo que lo mejor es escapar de los lugares marcados como obligatorios en las redes sociales. En los siglos pasados el mundo estaba a oscuras, así que todo nos sorprendía aunque, claro, viajar también implicaba muchas veces jugarse la vida…
evavill
Qué monísima es Mandarina!!
“Las ovejas tejiendo somnolencias…”, es muy buena esa frase.
Hizo bien Mandarina en rebelarse, pero también te digo que el mal del viajero se ha extendido tanto que no vendría mal que unos cuantos se quedaran en sus casas.
carlos
Impactado tras varias relecturas me quedo ante tu gran cuento, inicio de una gran saga (tienes personaje e historias que despuntan en tu depurado texto) o argumento para un gran guión cinematográfico…? Una vez más sinceras felicitaciones!!
Lincol Martín
Es un texto muy imaginativo y envolvente, que construye un mundo lleno de magia, límites y misterios. Es un relato que celebra la curiosidad, el coraje y la necesidad humana de buscar algo más allá de lo que nos enseñan.
Saludos cordiales.
Milena
Grande la frase de d’Abbadie “Llega descalzo, desarmado, y aprende a decir en su idioma: vengo a disfrutar del aire puro de vuestras montañas”… Me pasa lo contrario que a Mandarina, habiendo viajado tantísimo desde demasiado pequeña, sólo quisiera estar en casa… supongo que a Mandarina le queda mucho por explorar, y con esa carita tan dulce de pucheritos diría que también por remontar, por enfrentar… Suerte pues para esta tierna muñequita.
tonYerik
Cada vez me cuesta mas salir de aquí. Será la edad. Luego una vez en marcha ¡pssee! el gusanillo vuelve, pero cada vez menos. Me imagino, sabiendo de las aficiones de Mento, que Mandarina tiene que haberle robado un pedacito de corazón.
Salud.
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Beauséant
Es un relato de otros tiempos, evavill, ahora lo raro sería “el mal de quedarse en casa aunque tengas dinero para salir”, tienes razón 🙂 Las ovejitas siempre me parece que hacen eso, tejer somnolencias, ¿no te parece?
He publicado la siguiente entrega justo hace un rato, carlos, pero creo que Mandarina no persigue la fama y no creo que se extienda mucho más. Son criaturas modestas, aunque agradece infinitamente tus palabras.
Lo has descrito muy bien, Lincol Martín, muchas gracias. Creo que las personas somos mejores cuando retamos las cosas escritas, los “esto es así porque siempre ha sido así”. A veces no logras nada, pero aprendes, intentas pensar de otra manera, y eso siempre es positivo.
Si algo aprendimos de los clásicos, Milena, es que es posible viajar sin salir de casa, los libros son una ventana maravillosa a otros mundos… y, hoy en día, tenemos internet, podemos, literalmente, pasear por casi cualquier calle del mundo… lo importante es tener la mente abierta y no perder la capacidad de sorprendernos.
Entiendo esa sensación, tonYerik, para mi, el momento de ponerme en marcha es el peor, luego vuelve esa emoción. Con el tiempo, supongo, la iré perdiendo por eso intento aprovechar todo lo que pueda… Me gusto mucho ir con Mandarina en el viaje, espero que Mento, aunque en la distancia, lo haya disfrutado un poquito también.
Joiel
Los bosques cambian los horizontes que observan los viajeros, Mandarina hace otro tanto con las ideas. Perderse para aprender y sentir el hechizo de la curiosidad insaciable.
Beauséant
Por eso, Joiel, tenemos que viajar con la mente abierta, para dar una posibilidad al cambio, a la transformación. Es triste viajar y volver igual que partiste, ¿no te parece?
Neuriwoman
Pues no conocía esa cita del señor Antoine d’Abbadie, en realidad tampoco sabía nada de él hasta que me he puesto a indagar y he subido al observatorio. Te ha quedado una historia deliciosa con esa otra viajera de nombre cítrico y una maravillosa colección de coloreados trajecitos en crochet que he visitado en Instagram. Un saludo
Beauséant
Un viajero de otros tiempos, Neuriwoman, con la ingenuidad necesaria para enfrentarse a un mundo que aún dejaba muchos huecos por descubrir. Mandarina es fiel seguidora de esos pasos, y creo que necesitamos personas así, ¿no te parece?